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 Los “Relatos de la Infancia”
en el Evangelio de Lucas

 Rogelio Zelada

Lucas, evangelista del detalle y la delicadeza, nos ha regalado un relato de la infancia de Jesús lleno de sugerencias y evocaciones, donde los personajes resuenan como alegres ecos del misterio de Dios. Así Zacarías significa “Dios recuerda”; Isabel, “casa de Dios”; Juan, “Dios da su gracia”; Simeón, “el que escucha a Dios”. El nombre de Ana, la anciana profetisa que acude al templo a servir hasta el fin de sus días, no sólo quiere decir “dichosa”, sino que Lucas le ha añadido una inesperada genealogía, inusual para una mujer de aquel tiempo, que la presenta como hija de Fanuel (“rostro de Dios”) y de la tribu de Aser (“dicha”). Ana es ante todo el signo de toda persona a la que su perseverancia y su servicio a Dios le ha permitido tener la dicha de ver el rostro de Dios.

En boca de los actores del tiempo de la infancia de Jesús, se nos recuerda de manera solemne que Dios nos visita, nos redime, nos salva, nos acoge, nos premia y enaltece.

 “Estando allí, se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos
en el mesón.”

Lucas 1, 6-7

 

La Navidad, de Jaime Domínguez Montes. Cortesía de Rogelio Zelada

Ante la irrupción del Salvador nos debemos descubrir escuchados, mirados, colmados de su gracia, libres para siempre del temor, porque Él ha visitado, redimido, salvado a los que somos objeto de Su amor y favorecidos con Su paz. Es él quien nos arranca de las tinieblas y nos conduce con mano firme a Su luz maravillosa. Su Espíritu nos llena, e ilumina nuestros ojos para descubrir a Su Hijo y alcanzar una alegría que nadie nos podrá arrebatar.

Sólo es necesario querer estar en vela, bien despiertos y con los ojos abiertos, como los pastores que cuidaban sus rebaños al relente de la noche. O como los magos que, de tanto mirar las estrellas en el solitario silencio del firmamento, llegaron a ser capaces de reconocer una estrella única que los conmueve y los pone en el camino.

Es el tiempo de la constancia y de la persistencia; el tiempo del que permanece en paciente actitud de espera, como Simeón, que aguardaba la consolación de Israel, o como Ana, con sus miles de días y noches al servicio y disposición del Templo.

Se perfila así el retrato del creyente: aquel que es capaz de estar en vela en medio de la oscuridad de la noche de la vida, aguardando algún signo que la ilumine.

Alguien dispuesto a aguantar la duración de la ausencia, que escoge permanecer confiado y decide seguir esperando, aun cuando ya no parezca haber signos de respuesta.

Los personajes de los relatos de la infancia se mueven con un dinamismo imparable. María se pone enseguida en camino para visitar a Isabel, y el niño de ésta da saltos de júbilo en el vientre de la esposa de Zacarías. José y María van de Nazaret a Belén, de Belén a Jerusalén y de ahí a Nazaret. Raudos ángeles descienden del cielo hasta Jerusalén, Nazaret y Belén. Los pastores corren a toda prisa para encontrar al Niño; Simeón y Ana llegan al Templo al momento y la hora precisa. En el Evangelio de Mateo, los Magos no sólo emprenden un extenso camino para adorar al Niño Rey, sino que, prudentemente, deberán hacer un larguísimo rodeo para regresar a su tierra. Por el contrario, Herodes, los sacerdotes y los escribas aparecen inmóviles, anclados en su posición de poder.

Volviendo a Lucas, los relatos de la infancia poseen como una especie de muy buena banda sonora añadida. En el saludo de Gabriel resuenan los aires de una gran fanfarria, y la aclamación de Isabel exulta con música propia. La respuesta de María es un cántico de altos vuelos y Zacarías, después de nueve meses de mudez, rompe su forzado silencio y se pone a bendecir al Señor, improvisando un salmo agradecido. En las cercanías de Belén, un rumor de ángeles, como coro de conciertos, entona un himno en tono mayor, y su musicalidad exulta en las voces de los pastores, que regresan cantando y glorificando a Dios. Simeón, a pesar de ser muy viejo y de estar gastado por la vida, todavía tiene ánimo, gracia y entusiasmo para improvisar un hermosísimo cántico, que Ana se encarga de contárselo a todos.

La noticia que pasa de los ángeles a los pastores es tan buena y tan alegre noticia, que los transforma en personas capaces de alabar y bendecir a Dios.

En el camino de los “Relatos de la Infancia”, Lucas quiso insinuar o dibujar toda la trayectoria de nuestra fe. Para el evangelista no es suficiente el poder ver; también es necesario que la Palabra desvele el fondo y el sentido de todas las cosas, porque, detrás de las apariencias –la mayoría de las veces demasiado simples o sencillas–, se esconde el verdadero sentido, algo que sólo puede descubrir y percibir aquel que está dispuesto a escuchar, y a meditarlo todo en el corazón.

Dios, al hacerse uno de tantos, afrontó el peligro de no ser reconocido en su debilidad. Para llegar a encontrarlo hay que pasar por ese niño pobre e indefenso. Se impone tener la misma actitud de los pastores, que pudieron descubrir, bajo el signo de aquel niño en brazos de su madre, al que les fue anunciado como “grande e Hijo del Altísimo”. El seguimiento cristiano debe emprender un camino que hoy pasa por un pesebre y mañana tropezará con una cruz.

Lo podremos encontrar si somos como los pastores: soñadores y despiertos, visionarios, con los pies en el sendero, alegres, seguros y confiados en la Palabra de Dios, o, como los Magos, con mente y ojos atentos a los signos, con la mente siempre alerta, capaces de buscar, y de retomar con sensatez el mejor camino.

Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
mailto:zelada@miamiarch.org