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Navidad:
Dos vivencias opuestas |
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P.
Eduardo M. Barrios, SJ |
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Cuando se acerca el 25 de diciembre, muchísimas personas se
aprestan a celebrar por todo lo alto tan señalado día del
calendario cristiano. Entre las diferentes maneras de festejar
la Navidad, vamos a presentar dos bien opuestas:
I. Luces vs. LUZ. Algunas familias pondrán énfasis excesivo en
la luz eléctrica para deleite de la
FPL,
que les pasará pingües facturas. Sus residencias se verán con
todos los árboles del jardín revestidos de incontables series de
luces multicolores. Hasta las casas mismas quedarán recubiertas
de lucecitas a granel por dentro y por fuera.
Pero, en cambio, no faltarán quienes enfaticen la LUZ con
mayúscula, la interior, la simbolizada en tantos textos
bíblicos. La narración del anuncio a los pastores dice: “La
gloria del Señor los envolvió con su luz” (Lc. 2,9). En Navidad
se trata de quedar iluminados por Aquel que, ya adulto, diría:
“Yo soy la Luz del mundo; el que me siga no caminará en
tinieblas” (Jn. 8, 12).
II. Regalos vs. DON. A muchas personas les aterroriza la
Navidad, pues se sienten obligadas a comprarles regalos a toda
la perentela y amistades, para regocijo de las tarjetas de
crédito y del comercio. No pocos compradores quedan endeudados.
Por supuesto que hay mucha “regaladera” interesada. Gastan
consolándose con la esperanza de la reciprocidad; regalan en son
de “doy para que me den”.
Otros, en cambio, captan que la Navidad consiste en acoger el
DON de Dios. “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo
Único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que
tenga vida eterna” (Jn. 3, 16).
Y ése es el regalo principal que hemos de compartir, según dice
la oración sobre las ofrendas de Epifanía: “Los dones de la
Iglesia no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo”.
No está mal algo de intercambio de regalos materiales, pero
hechos con amor, desinterés y como símbolos del
DON,
que es el mismo Jesús.
III. Adornos vs. MEMORIALES. Las calles, los comercios y los
hogares se verán recargados de ornamentación invernal. Todo se
reduce a lo nevado, a arbolitos con escarcha, a cervatillos,
alces y trineos al estilo Disney o Lladró. Adornos inocentes y
puros, sí, pero sin referencia específica a la Navidad.
Pero, afortunadamente, también habrá muchos lugares en los que
no faltarán los “nacimientos” o “belenes”, es decir, imágenes
que reproducen la escena de la llegada de Jesús al mundo. Esas
artísticas representaciones del Niño Jesús, la Virgen María, San
José, el ángel y los pastores con sus rebaños sirven de
memorial, pues recuerdan que se trata de celebrar la llegada del
Salvador. La escena del nacimiento histórico ayuda a que se viva
el prefacio de la solemnidad: “Para que conociendo a Dios
visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible”.
IV. Hartura y embriaguez vs. PLENITUD. Muchos identifican la
Navidad con la gastronomía. Se ponen como meta abarrotar las
despensas de comidas y bebidas exóticas para beneplácito de
supermercados y licoreras. Creen que no hay verdadera
celebración sin quedar bien hartos y pasados de tragos.
Pero otros recordarán las palabras del prólogo joánico: “De su
plenitud todos nosotros hemos recibido gracia en abundancia” (Jn.
1, 16). Y por eso los cristianos comprometidos darán la máxima
prioridad a la Misa de Medianoche (o de Gallo), el 24, o a la
del 25, pues la Liturgia comunica la gracia del misterio
celebrado.
No es que no se deba comer y beber mejor que otros días. No está
mal hornear pavo o pernil, descorchar alguna botella y
desenvolver turrones, pero con moderación y como símbolo del
alimento principal, que es Jesús mismo.
Sacerdote jesuita
mailto:Ebarriossj@aol.com
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