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Testigos
de esperanza
El Cardenal Francisco Xavier Nguyen Van Thuan predicó ante el
Santo Padre Juan Pablo II y la Curia Romana los ejercicios
espirituales en la cuaresma del año 2000. El tema fue: “Testigos
de esperanza”.
Francisco Xavier Nguyen Van Thuan cursó sus estudios en Roma.
Consagrado obispo de Nhatrang (Vietnam) en 1967, fue nombrado
posteriormente arzobispo coadjutor de Saigón (ahora Ciudad Ho
Chi Minh) en 1975. Pocos meses después (siendo perseguido por su
fe católica), fue arrestado y pasó trece años en la cárcel,
nueve de los cuales los sufrió en régimen de aislamiento. Fue
arrestado el 15 de agosto de 1975, solemnidad de la Asunción de
la Santísima Virgen María, y fue puesto en libertad el 21 de
noviembre de 1988, también en una fiesta mariana: la festividad
de la Presentación de María. Él mismo le pidió a la Virgen María
ser liberado en esa fecha.
Fue un hombre que experimentó el sufrimiento profundo y supo
ofrecerlo. En los últimos años de su vida, Juan Pablo II le
nombró cardenal de la Iglesia, y sirvió como presidente del
Consejo Pontificio de Justicia y Paz. Falleció en 2002.
Jesús, única esperanza
En la prisión, le preguntaban
cuál era la razón de su esperanza. Respondía con las palabras
del Evangelio y con un corazón ardiendo en amor. El Cardenal
Nguyen Van Thuan hablaba de los defectos de Jesús, por
amor a los hombres, por amor a los pecadores, por quienes “se
entregó hasta la muerte y muerte de cruz”. Jesús no tiene buena
memoria, nos dice el cardenal. En la cruz, durante su agonía,
Jesús oyó la voz del ladrón a su derecha: “Jesús, acuérdate de
mí cuando vengas en tu Reino” (Lc. 23, 42). Y continúa el
cardenal: Si hubiera sido yo, le habría contestado: ‘No te
olvidaré, pero tus crímenes tienen que ser expiados, al menos,
con 20 años de purgatorio’. Sin embargo, Jesús le responde: “Te
aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23, 43).
Jesús olvida todos los pecados de aquel hombre. ¿Y qué diremos
de la mujer pecadora? Jesús no le pregunta nada sobre su pasado
escandaloso, sino, simplemente, le perdona sus muchos pecados al
mostrar ella mucho amor. ¿Y qué diremos del hijo pródigo? Cuánta
alegría la de aquel padre “porque su hijo estaba muerto pero
volvió a la vida; se había perdido pero volvió a la casa de su
padre” (cf. Lc. 15, 22-24). Jesús no solamente “tiene mala
memoria”, dice el cardenal, sino que olvida incluso que ha
perdonado. Una vez que perdona, se olvida no sólo de nuestros
pecados, sino de cuántas veces le ofendimos. Él no es como
nosotros.
El amor auténtico no razona, no mide, no levanta barreras, no
calcula y no recuerda las ofensas, tal como se afirma en la
primera carta de San Pablo a los Corintios: “El amor es
paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es
jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no
se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la
injusticia. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo
lo soporta” (1 Cor. 13, 4-7).
Jesús nos ha traído un amor que llega –como dicen los Padres de
la Iglesia– a “la locura”, y que pone en crisis nuestras medidas
humanas. Sin embargo, tanto amor reclama amor, y por ello, Jesús
nos llama a la conversión. Se trata de una conversión de una
situación negativa o mediocre, a una realización más auténtica
del Evangelio. Se trata de abandonar las falsas esperanzas, para
poner toda nuestra esperanza en Cristo. Nuestra vida presente es
una peregrinación hacia Dios. No nos asuste nuestra debilidad.
No importa qué tan bajo hayamos caído en ciertos momentos de la
vida: el Señor nos tiende su mano para restaurarnos, y darnos
nueva vida. El Señor quiere elevarnos a la santidad. La única
condición que él requiere es que nos arrepintamos de todo
corazón de nuestros pecados, y él nos cubrirá con su
misericordia.
El pasado quedó atrás; no sabemos si llegará el futuro. Nuestra
riqueza es el presente, en el cual hemos de sembrar una vida de
esperanza, que tiene como fundamento el amor. El Evangelio, en
definitiva, nos desvela el sentido profundo de nuestra vida en
Dios. Éste fue el testimonio del Cardenal Nguyen Van Thuan
durante sus años de dolor.
“Elegir a Dios, no las obras de Dios”, recomienda el Cardenal
Van Thuan. “El Señor no tiene absoluta necesidad de nuestras
obras, sino de nuestro amor”. Él se ha quedado con nosotros
hasta el fin de los tiempos en la eucaristía, dándonos de su
cuerpo y sangre, alma y divinidad, para la transformación de
toda la humanidad. Vivamos en santidad todos los días de nuestra
vida y comuniquemos el amor de Dios a un mundo que está herido
por el mal, y hambriento de Dios. Esto fue lo que comunicó el
Cardenal Nguyen Van Thuan con su vida y sus obras, y
especialmente, en la profunda vivencia de la cruz. Ya en
diferentes ocasiones, María Santísima le había dicho en sus
visitas al santuario de Lourdes, cuando él era un joven
seminarista y, posteriormente, un joven sacerdote: “No te
prometo felicidad en esta tierra, sino en el cielo. En la tierra
tendrás sufrimientos y aflicciones”.
No nos inquieten estas palabras: Jesús, nuestra esperanza, nos
sostiene en sus brazos.
Posee una maestría en teología de Holy Apostles College and
Seminary.
mailto:pastoralservices@miamiarch.org
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