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 La problemática de los eclesiásticos laxos

 P. Eduardo M. Barrios, SJ

En muchos países, especialmente en Estados Unidos, la Iglesia Católica ha sufrido no poco por los escándalos de ciertos ministros acusados de inmoralidad sexual con menores.

La gente se pregunta por qué tales clérigos no fueron separados de su ministerio en cuanto se produjo la primera denuncia. Frecuentemente los superiores optaron por trasladarlos de sitio, manteniendo reserva en cuanto a la falta cometida.

¿Se puede acusar a las autoridades eclesiásticas de complicidad al encubrir las faltas cometidas? No necesariamente.

¿Qué ha sucedido, pues? Vamos a aventurar dos hipótesis. Primera, el excesivo optimismo sobre la capacidad de conversión y regeneración de los humanos. Segunda, la preferencia del fuero eclesiástico al civil, y la confusión entre fueros interno y externo.

Si, por ejemplo, el obispo del lugar llama a capítulo a un sacerdote acusado de mala conducta, es muy probable que el reo se muestre arrepentido y diga que se trató de una debilidad pasajera, añadiendo firme promesa de que eso nunca jamás se repetirá.

No es improbable que el obispo crea en su sincero arrepentimiento y decida darle una oportunidad para enmendarse sin imponerle sanción alguna. Como la Iglesia predica tanto la misericordia de Dios, hay propensión a mostrar compasión hacia todo aquél que se diga arrepentido. De hecho, la praxis penitencial de ahora es mucho menos onerosa que en los primeros siglos de cristianismo. Entonces los feligreses que habían caído en pecados graves como adulterio, homicidio y apostasía, sólo eran readmitidos a la comunión tras larga penitencia pública. Actualmente llegan al confesionario penitentes con materias gravísimas, y el confesor los absuelve indicándoles la penitencia de rezar cinco Padrenuestros y cinco Avemarías. Se puede fundadamente dudar de que muchas confesiones llenen el requisito de la verdadera contrición unida al firme propósito de enmienda.

Además, las diócesis no andan sobradas de sacerdotes. De ahí que pueda influir el viejo refrán: “Con estos bueyes hay que arar”…

Pasemos al punto de los fueros. A la Iglesia, como a toda familia, siempre le ha gustado lavar los trapitos sucios en casa. En tiempos de prevalente cristiandad, tiempos idos, era muy común el privilegio del fuero, mediante el cual los clérigos se consideraban exentos del fuero civil y se acogían al tribunal eclesiástico en caso de delitos. Pero los tiempos han cambiado.

Aún más, el desacierto mayor podría haber sido tratar en el fuero interno lo que pertenecía al fuero externo.

El fuero externo mira la esfera de la vida social, a la que sólo pertenecen los actos externos. Si ciertos malos comportamientos llegan a oídos de las autoridades por denuncia de las víctimas, parece que el caso pertenece al fuero externo.

Pero si el acusado se presenta a sus mayores en son de confidencias de conciencia y en búsqueda de consejería espiritual, hay peligro de comenzar a tratar el asunto como si perteneciese al fuero interno, o sea, a la esfera de la vida personal o de la conciencia. Posiblemente por ahí haya venido mucho mal manejo de los casos.

Si a todo lo dicho se añaden las consideraciones de la buena fama de los implicados, del buen nombre de la Iglesia y del temor al daño que pueda sufrir una feligresía confiada en la santidad de sus pastores, entonces se explica que hayan quedado ocultas faltas que debieron haber salido a la luz.

Esperemos haber aprendido la lección de confiar más en el poder de la verdad. Anime este versículo neotestamentario: “Si permanecen fieles a mi palabra, ustedes serán verdaderamente mis discípulos; así conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn. 8, 31-32).

 Sacerdote jesuita
mailto:Ebarriossj@aol.com