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Los
nubarrones desaparecerán
Según cifras del periódico El Nuevo Herald, casi la mitad
de los inmigrantes llegados a Estados Unidos después del año
2000, unos 3.7 millones, son indocumentados.
Los datos del Departamento del Censo indican que entre 1995 y el
2000 llegaron al país 6.4 millones de inmigrantes.
En marzo de 2005 había en el país 35.2 millones de inmigrantes,
legales e ilegales.
En estos días me encontré con Isabel Luna, mujer ecuatoriana,
larga de cara, de frente fruncida, rostro amarillento, seca de
carnes, de mirada triste y opaca, de frente erguida y de caminar
firme.
Cuando me topé la primera vez con ella, la vi ágil de mente y de
cuerpo, un poco tensa, enflaquecida por los problemas, como
huyendo de algo que quería quitarse de encima. Barruntando el
viento y alerta el oído, vivía vigilante, como si presintiera un
peligro cercano o buscara algo vital para su existencia. ¡No era
para menos!
Isabel pertenece a esos 35 millones de inmigrantes que hay en
Estados Unidos. Es católica convencida y, además, practicante y
con un don de servicio muy marcado. Cree de verdad en el amor de
Dios, lo único que tiene y puede regalar. Me hablaba de cómo le
había impresionado la realidad del inmigrante y me contaba
algunas de sus vivencias.
¡Qué querencia, qué cariño tiene esta buena mujer a su tierra! A
veces cierra los ojos para recordar, para vivir, pues aquí
malvive.
Miraba con nostalgia cómo cambian los valores en este país,
inclusive hasta los religiosos. No comprendía que para ser
católica aquí se tuviera que apuntar para pertenecer a la
parroquia. No le caía en la cabeza que para hablar con el
sacerdote tuviera que pedir una cita, cuando ella los encontraba
a la mano, allá en su terruño.
Ella, que durmió por noches bajo la luz de la luna, recorrió
muchas parroquias pidiendo ayuda; al fin pudo encontrar una mano
amiga. Se encontró con un ser no mezquino, un hombre de un
profundo amor a Dios y a los seres humanos. Quedó muy
impresionada, pues a pesar de los pocos recursos que percibe
este hombre de Dios, siempre se le ve dispuesto a compartir, a
no preguntar nada, a no pedir nada a cambio… Al hablar con esta
persona se sentía como si estuviera hablando con su “amiguito”
Jesús.
Isabel me relataba cómo le había dejado el huracán Wilma. Se
quedó sin empleo, y el apartamento en que vivía vino a ser un
lugar inhabitable, con pésimas condiciones de salubridad y
seguridad.
Y se quedó en plena calle.
Viendo que Isabel volvía a quedar a la intemperie, le hablé de
la posibilidad de que fuera a algún albergue. Me dijo: “Le
agradezco la información; conozco esos lugares debido a mi
voluntariado, pero sé que hay personas más necesitadas. Mi
objetivo no es seguir como una gitana, sino organizarme; tengo
mucho que estudiar, y allí hay que entrar a las 4 de la tarde
después de hacer una larga fila, y el tiempo de estadía es muy
corto, y yo tengo clase en la noche y en la mañana a las 7 a. m.
En esa condiciones, no me van a recibir”, me explicó.
“El huracán tiene a mucha gente sin techo y debido a esto los
albergues están sin cupos. Seguiré luchando por buscar una
familia”, prosiguió. “Vuelvo al camino del calvario pero no me
importa, mi amiguito Jesús se cayó tres veces y se levantó por
mí; en estos momentos cojo mi cruz y sigo de la mano de él. Nos
seguiremos comunicando. Gracias por sus oraciones… Estoy segura
que todo se me va a arreglar”.
A esta pequeña mujer la gusta caminar firme y despacio, pero
espera que no se le cumpla el dicho: “Al pobre y al feo todo se
le van en deseos”. Confía en que Dios le envíe un ángel que vele
por ella en estos momentos difíciles. Esto también lo deseo y lo
espero yo para Isabel y para tantas personas buenas, inmigrantes
abandonados a su suerte y que parecen dejados a lo que el viento
quiera hacer de ellos.
La última vez que vi a Isabel, el cielo estaba triste y triste
la ciudad. Pero cuando terminamos de hablar, al caer el sol,
después de un día sofocante, el firmamento quedó de un cielo
azul. Así presentía el futuro para esta mujer ecuatoriana, un
futuro con esperanza, sin nubarrones y sobresaltos.
Siempre que me comunicaba con Isabel, ella me despedía con la
misma frase: “Que el Dios del amor me lo cuide mucho”.
¡Qué cosas tiene la vida! Quien necesitaba amor, cuidado, pedía
al buen Dios protección para mí. Y yo no puedo por menos de
pedir con toda mis fuerzas que el buen Dios haga brillar su luz
sobre ella y sobre todos los inmigrantes.
Que Él los cuide y los bendiga largamente.
mailto:eugona46@hotmail.com
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