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Relaciones
fraternales entre judíos y cristianos
La invitación de la Comunidad Judía de Miami a la celebración
del 20º aniversario de la visita de Juan Pablo II a la Sinagoga
de Roma nos llena de alegría y gratitud como cristianos.
Ante todo porque nos recuerda nuestro común origen en el Dios de
la Biblia, que escogiendo a Abraham, padre común de los
creyentes, comenzó la historia sagrada en la cual caminamos
ambos pueblos. Hoy también los que seguimos a Jesús de Nazaret,
nos podemos contar entre la realización del mensaje profético de
que de Abraham aparecería un pueblo numeroso como las estrellas
del cielo y como la arena de las playas (Gen. 22, 17).
Aquella visita del papa, en 1986, ha quedado viva en el corazón
de la comunidad judía y de la comunidad cristiana, porque abrió
la puerta de la fraternidad no sólo para los judíos y
cristianos, sino porque dio un ejemplo para todos los pueblos de
cómo es posible que, sembrando la semilla de la amistad, se
cosechara el árbol de la paz, que con sus flores perfumaría y
con sus frutos alimentaría este mundo de todos, en que vivimos.
La descripción que podemos leer en L’obsservatore Romano
del 20 de abril de 1986, nos hace saborear el encuentro a pesar
de haber transcurrido dos décadas de la misma. Nos dice que el
presidente de la comunidad judía de Roma, Guocomo Sabore en
aquel momento, en el jardín de la sinagoga, recibió, saludó y
presentó al pontífice y sus acompañantes, los representantes de
las comunidades judías de Italia.
Al entrar en el templo el rabino jefe con el papa, un prolongado
aplauso de los cientos de asistentes los recibía. Seguidamente
se sentaron en dos sillas colocadas en el Teva (corazón del
templo, así como el presbiterio en las iglesias cristianas).
Entonces resonó la música con el canto del Salmo 150.
El papa leyó su histórica alocución comenzando con las palabras:
“Queridos hermanos y amigos judíos y cristianos”. Estas palabras
fueron acogidas con otro caluroso aplauso.
El pontífice comentó la declaración de los obispos del mundo en
el Concilio Vaticano II, que lleva por nombre, en latín,
Nostra Aetate, en la cual se tratan las relaciones entre
judíos y cristianos y en la cual se lee: “La Iglesia de Cristo
descubre su relación con el Judaísmo escrutando su propio
misterio. La religión judía no nos es extrínseca, sino que en
cierto modo es intrínseca a nuestra religión. Son ustedes
hermanos predilectos y en cierto modo se podría decir nuestros
hermanos mayores”, dijo Juan Pablo II.
El papa deploró, según la declaración mencionada, los odios, las
persecuciones y todas las manifestaciones de antisemitismo
contra los judíos en todo tiempo, y por quien hubiera sido.
El papa condenó fuertemente el genocidio decretado durante la
última guerra contra el pueblo judío, y que llevó al holocausto
de millones de víctimas inocentes.
Recordó también Juan Pablo II las numerosas audiencias
concedidas en el pasado a hermanos judíos por sus predecesores
Pablo VI, Juan XXIII y Pío XII, en las cuales se estrecharon
grandes lazos de amistad.
Este encuentro se repitió en febrero 13 de 2003, al visitar el
papa al nuevo rabino jefe de Roma tras su elección, ocasión en
la cual Juan Pablo II pedía al Señor que les hiciera conductores
de paz, siendo conscientes de que, cuandolos hombres trabajaran
unidos, serían capaces de mejorar el mundo.
Al acercanos a la sinagoga Emanu-El tendremos la oportunidad de
compartir con la comunidad judía de Miami las presentaciones del
Arzobispo John C. Favalora, el Imán Nasir Ahmad y el Rabino Fred
Klein.
Encuentros como éste nos hacen soñar que no está lejos el día en
que el canto de los ángeles en Belén se hará realidad: la gloria
de Dios desde el cielo iluminará la tierra y los hombres
gozaremos de la tan deseada paz.
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