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Rosa, Rosae, Rosam…

Del latín a las lenguas vivas en la liturgia de la Iglesia.

 Rogelio Zelada

Cuenta la historia que el gran San Jerónimo, después de haber traducido al latín los Salmos de la Biblia, acometió el reto de hacer lo mismo con el resto del Antiguo Testamento.

Gracias a su excelente conocimiento del griego y el latín (lenguas vivas entonces) y a su formidable dominio del hebreo, los primeros textos del Libro de Samuel iban encontrando, en su traducción, una elegantísima forma latina, tal como le había enseñado en su juventud el mejor gramático de Roma.

Y cuenta la leyenda –que no la historia– que al instante y a toda prisa bajaron del cielo dos ángeles, al parecer con muy mala uva, y le dieron al santo padre de la Iglesia una muy soberana paliza, con la evidente insinuación de que la cosa no era para tantos refinamientos ciceronianos. San Jerónimo, a pesar de tener muy malas pulgas y una lengua muy afilada, bajó la cabeza, acató la voluntad divina, entendió de maravillas el doloroso mensaje celeste y nos dio la Vulgata, que permitió al pueblo, que entonces comenzaba a preferir el latín al griego, la oportunidad de leer los textos sagrados en un lenguaje sencillo, simple y al alcance de todos.

 San Jerónimo flagelado, por Francisco de Zurbarán. Monasterio de Guadalupe (Extremadura, España).

La Iglesia inició su andadura entre los pueblos gentiles predicando y orando en la lengua que le permitía hacerse entender por la mayoría de ellos: el griego.

En griego popular o koiné se escribió todo el Nuevo Testamento y se celebraron las pequeñas y las grandes synaxis, o reuniones eucarísticas de los cuatro primeros siglos de la Iglesia. En Siria y en griego se compuso el Gloria que cantamos en la misa; proclamamos los textos sagrados desde un ambón, celebramos la Epifanía, y hemos entonado el Kirie Eleyson; guardamos una notable cantidad de palabras y conceptos heredados de aquel tiempo: anamnesis, epiclesis, doxología, basílica, ecuménico, etc. Es imposible entender la liturgia romana y la historia de la fe cristiana sin sus orígenes, contenidos y reminiscencias griegas.

Sin embargo, la delicadeza pastoral de la Iglesia también alcanzaba a los cristianos que entonces no hablaban este idioma; no era rara la práctica del multilingüismo y la presencia de celebraciones completamente poliglotas, en las que se alternaba el uso de diferentes lenguas en las lecturas, las oraciones y en los cantos.

A partir de mediados del siglo IV, cuando gobernaba la Iglesia el Papa San Dámaso, se produce un progresivo retorno al uso del latín como lengua dominante.

Es el tiempo en que el que preside la liturgia, todavía la improvisa “según sus propias fuerzas”, es decir, según su elegancia, buen gusto, capacidad y buena teología.

Sin embargo, parece que mal andaba la cosa, porque desde el norte de África, San Agustín exige con urgencia y sensatez que sea el sínodo de los obispos quien controle y apruebe los formularios usados para la celebración de la eucaristía; para el Obispo de Hipona éstos deben ser cuidadosamente redactados y sus textos estables, para salvaguardar la ortodoxia de la oración, garantizar una celebración digna y evitar “la inútil palabrería de algunos charlatanes incompetentes”.

Los primeros textos litúrgicos se escribieron cuando el uso del latín ya se había hecho común en todo el imperio. En este período se compone el Pregón Pascual (Exultet) y se elabora lo que hoy conocemos como la Plegaria Eucarística I (Canon Romano) y aparece el uso de la palabra missa, que sólo quiere decir despedida.

En la primavera del año 410 los vándalos casi borran a Roma del mapa de Europa. La ciudad, que en el siglo I contaba con más de un millón de habitantes, apenas conservará entre sus muros en ruinas unos veinte mil sobrevivientes de la masacre y el saqueo de los bárbaros. La mezcla con las poblaciones bárbaras provocará una amalgama cuya consecuencia será que el pueblo entienda y use el latín cada vez menos.

En el siglo X, el latín ya no es comprendido por los fieles, y se produce la disociación total entre la lengua hablada por el pueblo y la del culto cristiano, y los que asisten a la sagrada liturgia no pueden entender la Palabra de Dios. A esto contribuye la antropología carolingia, que aupó la imagen del clérigo como único actor de la celebración de la eucaristía y de los sacramentos, y añadió un cierto sentido de misterio a los ritos litúrgicos, encerrándolos en un marco de silenciosos murmullos: el sacerdote comenzó a recitar en secreto, es decir, en voz muy baja, las oraciones y la plegaria eucarística.

Cuando, a partir del siglo XVI, las lenguas nacionales europeas dejaron de ser los dialectos populares que habían sido durante toda la Edad Media y alcanzaron una aceptable y reconocida madurez, la Iglesia, entendida entonces sólo como el estamento clerical, prefirió seguir con el uso del latín.

Para el Papa Pío XII, la liturgia debía ser “algo permanente y vivo al mismo tiempo”. Una realidad vital que no debía estancarse ni esclerotizarse. Tal como lo reconociera el Papa Juan XXIII: “La liturgia no debe ser un precioso objeto de museo, sino la oración viva de la Iglesia”, porque la verdadera tradición en las cosas fundamentales de la Iglesia, no es hacer lo que otros han hecho, sino encontrar el espíritu con que aquello se hizo; volver a encontrar el espíritu original.

La renovación litúrgica del Vaticano II fue la búsqueda urgente de ese sentido original. Un abrir las puerta y ventanas de la Iglesia, para que el viento del Espíritu Santo se llevara el polvo y el óxido que tantos siglos habían dejado sobre el rostro de la Esposa de Cristo. El concilio no dudó en decidirse por la introducción de las lenguas vernáculas y vivas en la liturgia, para facilitar el diálogo con Dios y enriquecer la comunicación en los ritos y sacramentos de la Iglesia. Así lo veía Pablo VI, haciéndose eco de las palabras de San Agustín: “Es preferible que nos critiquen los doctos, a que la liturgia continúe siendo ininteligible para el pueblo”.

El latín, como lengua oficial de la Iglesia, fue el idioma común de los obispos que participaron en el Concilio Vaticano II. Una práctica que, sin embargo, desde la primera sesión defraudó las expectativas de los organizadores del magno evento; porque alemanes, franceses, ingleses, españoles y americanos pronunciaban el latín de muy distinta manera; lo que hacía realmente difícil poder seguir y entender la lectura de las ponencias, sobre todo para aquellos prelados que no formaban parte del mismo grupo lingüístico. Tal vez, un buen número de los venerables padres conciliares intentaron entonces recordar sus viejos tiempos de seminario, cuando comenzaban a repetir, para aprender de memoria, la primera declinación latina: Rosa, Rosae, Rosam…