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De
la muerte a la vida
Con el itinerario cuaresmal, los católicos nos aprestamos a
celebrar la Pascua cristiana, es decir, nuestra primera y más
importante confesión de fe: la Resurrección de Nuestro Señor
Jesucristo y la nuestra, juntamente con Él (2 Tim 2:11).
Con dicha confesión de fe, los católicos celebramos, además:
·
El triunfo de Dios sobre el mal, sobre el odio, sobre el
egoísmo, sobre la injusticia, sobre el pecado y la muerte con la
que los enemigos de Jesús y su Buena Nueva quisieron
silenciarlo.
·
La reivindicación histórica del proyecto de vida de Jesús de
Nazaret, de su Buena Noticia, de sus hechos y palabras, con los
cuales propone a todo hombre un estilo de vida según el cual
ésta se gana cuando se pierde, es decir, que la vida vale la
pena de ser vivida si, recibida y aceptada como don de Dios, se
gasta en benficio de los demás, especialmente de los más
necesitados del testimonio del amor de Dios (Lc 9:24).
·
Los inicios de la tarea evangelizadora y el nacimiento de la
Iglesia.
Pero sobre todo, lo que celebramos cada año en la solemnidad y
tiempo de Pascua es la histórica transformación de unos primeros
hombres y mujeres a los que el Crucificado les cambió sus vidas,
cambio o transformación en hombres “nuevos” (Mt 9:17; Ef 4:24)
por los cuales confiesan que Aquel al que colgaron del madero (Hc
10:39) de la cruz, es el Viviente, ha resucitado y está en medio
de ellos y nosotros, alentando nuestras vidas y nuestra historia
personal y comunitaria.
Vida nueva y abundante, nueva creación que es a imagen y
semejanza de la vivida y enseñada por el mismo Jesús, según la
cual podemos llamar a Dios Padre (Rom 8,15) y, por tanto, vivir
y convivir en el amor con todos como hermanos, e ir construyendo
de esa manera relaciones, comunidades y un mundo más humano, más
solidario, más justo y en paz.
No faltan hoy, como ayer, quienes, buscando protagonismos,
publicidad o dinero a costa de lo que sea, quisieran borrar a
Cristo y su Evangelio del mapa de la humanidad, atacando para
ello la fuente de nuestra fe, de nuestra existencia histórica
como creyentes y como comunidad eclesial: la certeza de la
presencia y vida de Cristo en medio de nosotros.
No pretendo en la brevedad de este artículo adentrarme en largas
discusiones o argumentaciones cristológicas, de exégesis y
hermenéutica bíblica. Baste decir que a los católicos nos hace
falta formarnos en nuestra fe para que, en una lectura
inteligente de la Biblia, sepamos distinguir los datos
históricos de las confesiones de fe; confesiones de fe que,
expresadas en formas escritas, exponen dichos datos y se
sustentan en ellos.
La carta, el poema, la canción del enamorado son expresiones
literarias (confesiones de fe) que no agotan en sí mismas el
dato histórico: la experiencia indescriptible de saberse
enamorado. Así, los géneros y las figuras literarias con los que
los primeros creyentes cristianos, desde su mentalidad y su
cultura, expresaron la experiencia transformadora de sus vidas
(la tumba vacía, los relatos de las apariciones de Jesucristo)
no constituyen por sí mismos la prueba del dato histórico (la
presencia viva y transformadora de Cristo en la vida de los
creyentes y de la comunidad), sino vehículos literarios mediante
los cuales confiesan la experiencia histórica fundamental,
inenarrable e inefable: la de saberse hombres y mujeres
transformados, “nuevos”, y acompañados de una manera nueva, en
la nueva empresa de ser y de hacer Iglesia, por el mismo que fue
crucificado, y al que ahora proclaman y confiesan Viviente,
porque les transformó las vidas.
Por ello, la vida mediocre, tibia, gris, monótona, rutinaria,
sin mayores compromisos y llena de cumplimientos rituales de
tantos católicos, poco o nada dice de la irrupción tempestuosa
del Espíritu (Hc 2:2ss) del Crucificado como Viviente y
Resucitado en medio de la Iglesia y del mundo.
Mientras que, al correr de los siglos, la mejor prueba de la
vida de Cristo en medio de nosotros, es decir, de la
Resurrección del Crucificado en nuestras vidas, está en las
vidas viejas (2 cor 5:17; Rom 5:4) que en el encuentro con
Cristo, por Él y en Él, se tornan nuevas, constructoras de la
soberanía de la voluntad de Dios en el mundo.
Pascua es vocablo hebreo que significa “paso”. Nos corresponde
hoy preguntarnos si hemos pasado de la muerte a la vida, y ello
se prueba, según San Juan, si nos amamos, con obras, los unos a
los otros. (1 Jn 3:14). ¡Por nuestros frutos nos conocerán!
Director de Hispanic American Market, Merrill Lynch.
mailto:Mario_paredes@ml.com
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