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La tumba vacía

 Rogelio Zelada

Amparado en la ley romana que dice: “Hay que entregar los cadáveres de los enemigos a cualquiera que los pida en razón de darles sepultura”, el senador de Arimatea acude ante el prefecto Pilatos para solicitar el cuerpo de Jesús. Con rápida habilidad se ha adelantado a cualquier posible gestión de los que han tramado y conseguido su muerte y, por ello, quisieran para Jesús el destino de los ajusticiados, que era la fosa común, la maldición de no tener sepultura, lo que lo separaría para siempre de los Padres y de los justos y, por tanto, de la resurrección al final de los tiempos.

De esta manera, el evangelista subraya la inocencia de Jesús y lo identifica con el Siervo de Yavé, que “tuvo su tumba entre los ricos”. Con una clara referencia al profeta Isaías, se hace notar la verdadera identidad del crucificado y su misión: Jesús de Nazaret no es el “maldito de Dios”, como pretendían los jefes religiosos de Israel, sino su “Siervo” sufriente.

 Giotto, “Cristo Resucitado” (Noli me tangere)

Para entender las narraciones evangélicas sobre la sepultura de Jesús, hay que intentar ubicarse dentro de la idea de la muerte y del trato con los cuerpos de los difuntos en la cultura mediterránea del siglo I. En la nuestra, heredera de la romana, los ritos funerarios culminan con la sepultura, el día del entierro, cuando el cuerpo no se verá ya más. Sin embargo, en el Cercano Oriente la ruptura no era tan inmediata. Las tumbas eran una especie de “casas de muertos” excavadas siempre en la roca (o aprovechando una caverna natural), y situadas en las afueras de la ciudad.

 Reconstrucción del sitio tradicional del Calvario y de la tumba de Jesús. Distan el uno de la otra entre 35 y 40 metros. La parte sombreada reproduce más o menos el aspecto que tendría el lugar en la época de la crucifixion de Jesús. La zona en negro indica lo que quedó después que los arquitectos y constructores de Constantino prepararon el lugar para construir una basílica sobre el Calvario y la tumba (Cartografía de Gráficas Parrot).

Un lugar al que los familiares acudían con bastante frecuencia, los días siguientes a la deposición del cadáver, a pesar de que esto les acarreara una impureza legal pasajera, sancionada por la legislación judía.

Entre los judíos, sobre todo para el que podía pagarlo, los cuerpos de los difuntos eran parcialmente embalsamados a base de ungüentos y sustancias olorosas, que se iban depositando a medida que el cuerpo era cuidadosamente envuelto en lienzos. Embalsamamiento que podía completarse en los días posteriores al enterramiento.

 Puerta de entrada a la tumba.

Era perfectamente natural la idea de regresar al sepulcro y manipular el cadáver todo lo que fuera necesario. Las escenas en el sepulcro la mañana del domingo encajan perfectamente en este contexto. Las mujeres vienen preocupadas, pues deben entrar a la tumba y no han traído con ellas a nadie que pueda mover la pesada piedra redonda que bloqueaba el acceso.

Las sepulturas de los ricos y notables tenían una fachada exterior cerrada por una puerta de piedra rectangular o por una redonda (un poco menor que la usada en los molinos), que podía deslizarse por un carril labrado en la roca. Una vez dentro, el primer espacio es una pequeña sala, casi cuadrada, con un muro adosado a la manera de un banco corrido a todo su alrededor, tallado en la misma roca. Desde aquí, por un corto pasillo, se accede a las cámaras mortuorias, que se van excavando según sea necesario. Es en esta sala anterior a la tumba donde las mujeres, que han venido a embalsamar a Jesús, encuentran a un ángel sentado en uno de los bancos de piedra.

Los Evangelios afirman que en la tumba de Jesús “nadie había sido enterrado todavía”, lo que sugiere la existencia de un primer y único recinto funerario. En éste se encuentra una repisa excavada en la pared, rematada por un arco. Era el sitio donde se depositaba el cadáver; la cámara del arcosolio, donde Juan narra cómo María Magdalena vio a dos ángeles sentados, uno a la cabecera y otro a los pies de la repisa donde habían colocado el cuerpo de Jesús.

Juan y Pedro encuentran que los lienzos que envolvieron el cuerpo de su Maestro han quedado allí. Agachados, los han visto desde la puerta, tirados en el suelo, y al entrar notan que el paño destinado a sujetar la barbilla había quedado sobre la repisa, y todavía conservaba la forma que tenía cuando estaba sujeto a la cabeza (en griego entetuligmenon), es decir, como “enrollado en hueco”.

Los cuatro evangelistas nos cuentan que era la tumba de un rico, seguramente amplia, como debía corresponder al senador José de Arimatea, y junto a ella había seguramente otras muchas. De éstas todavía se conservan dos dentro de la iglesia del Santo Sepulcro; una de ellas se halla en la sección que ocupa la comunidad siro-jacobita, y otra fue convertida en cisterna para satisfacer las necesidades de la gran basílica.

Realmente, poco queda de lo que fue el escenario de la sepultura de Jesús, pues en el siglo IV los arquitectos a los que Constantino encargó la construcción de la Basílica de la Anastasis, demolieron prácticamente casi todo el emplazamiento del monte para edificar el Santo Sepulcro. Los constructores cortaron y eliminaron toda la parte anterior a la tumba para aislar el espacio de ésta, con la intención de que pudiera quedar en el centro del majestuoso edificio.

La tumba de Cristo, y todo el templo que construyera Constantino, fueron saqueados y destruidos por un califa fatimita en el año 1009. Recuperada Jerusalén, los cruzados reconstruyeron la tumba y el templo, pero, cuando las fuerzas islámicas recuperaron el control de la Tierra Santa, el Santo Sepulcro, aunque no fue arrasado, quedó desposeído de su esplendor, y sus mármoles fueron robados para construir mezquitas y palacios.

Un incendio ocurrido en 1808 destruyó la estructura de la época de las cruzadas, y el espacio que ahora visitamos es un sepulcro de mármol del siglo XIX, levantado sobre el suelo de la tumba; sin embargo, la roca del Calvario, el sitio donde fue crucificado Jesús, ha permanecido intacta hasta hoy.

La gran cantidad de inscripciones funerarias de las tumbas de la época revelan que el nombre de Jesús era muy frecuente en el siglo primero de nuestra era. Además de Jesús, eran entonces nombres muy comunes: Simón, Juan, Marta, María, Lázaro (Eleazar), José, Judas, Matías, Salomé, Zacarías, Abba (Barrabás), Natanael, etc.

En 1873 se descubrió una tumba en Siloé, perteneciente a una familia cuyos miembros se llamaban Marta, María, Lázaro y Jesús. Otro Jesús, hallado en la misma tumba, aparece como padre de Simeón. En 1931 se encontró un osario con la inscripción: “Jesús, hijo de José”. Todos estos hallazgos causaron en su tiempo su correspondiente revuelo informativo, con una buena dosis de escándalo y confusión que la opinión y el análisis cuidadoso de los especialistas y los arqueólogos, casi todos ellos no cristianos, se ocuparon de desvanecer.

Ahora otra tumba, hallada en 1980 por el arqueólogo israelí Amós Kloner en un suburbio de Jerusalén, ha ocupado últimamente los planos del sensacionalismo comercial que desde hace unos años viene coincidiendo con el sagrado tiempo de Cuaresma.

Amós Kloner, judío, profesor de la Universidad Bar-Ilan y arqueólogo oficial del Distrito de Jerusalén, declaró, con su gran autoridad de experto, que la tumba “pertenecía a una familia de Jerusalén, de clase media, y no a una familia de Galilea, sin vínculos familiares en Jerusalén, como la de Jesús”, y que “los nombres inscritos en las tumbas eran muy comunes en la era del Segundo Templo y, por tanto, insuficientes como argumentos para concluir que ésa era la tumba de Jesús y su familia”.

La tumba de Jesús, abierta y vacía, no es la fuente de la fe en la Resurrección, sino sus apariciones; el encuentro narrado por los cuatro Evangelios, donde la iniciativa no es de los apóstoles, sino del Señor Resucitado. Una experiencia que no sucede en los discípulos, sino que les sucede a los discípulos; y es este encuentro, que han experimentado hasta lo más hondo de su realidad humana, lo que ha sido capaz de borrar radicalmente en ellos la desilusión, el miedo y el horror que habían sentido, dotándolos de una fuerza tal que los llevará hasta los confines del mundo, y que les dará el valor para dar la vida por Él.

Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
zelada@miamiarch.org