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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

¿Dónde encontramos a Cristo resucitado?

Mis queridos amigos:

Arzobispo John C. Favalora

En el segundo domingo de Pascua escuchamos el relato sobre Santo Tomás, “Tomás el incrédulo”, quien no estuvo presente durante la primera aparición de Jesús y rehusó creer en la Resurrección, “si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado”.

Santo Tomás tuvo la oportunidad única de quedar convencido una semana después, cuando Jesús se apareció nuevamente a los apóstoles, y le dijo: “acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”.

Lo que Jesús le dijo a Santo Tomás también es apropiado para nosotros: “Dichosos los que no han visto y han creído”.

Nosotros creemos, pero nuestro gozo durante la Pascua palidece en comparación con el de los apóstoles. Se nos hace difícil entender la Resurrección.

Al principio, a los apóstoles también se les hizo difícil. Cuando vieron la tumba vacía, no sabían qué creer. ¿Alguien se había robado el cuerpo? Y continuaron escondidos en el Cenáculo hasta que Cristo resucitado se apareció entre ellos.

Allí permanecieron, aún temerosos. Su acción evangelizadora ni siquiera se inició inmediatamente después de la confesión de fe de Santo Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. No sucedió gran cosa hasta que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en Pentecostés.

Si para los apóstoles fue tan difícil creer y luego actuar según su convencimiento, imagínense cuán difícil es para nosotros conservar el gozo de la Pascua, el convencimiento de que la Pascua es, en realidad, la Resurrección.

¿Cómo podemos “tocar” a Cristo resucitado cuando la duda nos abruma?

Los Evangelios narran otra historia que nos ayuda a creer: la de los discípulos que iban en camino hacia Emaús. Encontraron a Cristo, pero al principio no lo reconocieron.

Las palabras de Jesús abrieron sus mentes al significado de las Escrituras, y entendieron que era “necesario que el Mesías padeciera”. Admitieron que sus corazones estaban ardiendo dentro de ellos mientras Él hablaba, pero no le reconocieron como el Cristo resucitado hasta “la fracción del pan”.

En la eucaristía es donde nos encontramos cara a cara con Cristo resucitado. Como nos lo ha enseñado la Iglesia a través de los años, y como nos lo recuerda el Papa Benedicto XVI en su más reciente encíclica, Sacramentum Caritatis (“El sacramento de la caridad”), Cristo está verdaderamente presente en la eucaristía.

Como lo declara el Concilio de Trento, y se cita en el Catecismo de la Iglesia Católica, “En el santísimo sacramento de la eucaristía están ‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero’” (Catecismo, Núm. 1374).

Santo Tomás pudo tocar a Cristo resucitado. De la misma manera podemos hacerlo nosotros cuando recibimos la comunión. Los discípulos de Emaús lo reconocieron “al partir el pan”. Nosotros también, cuando celebramos la misa cada domingo, y diariamente, de ser posible.

Nuestro Señor nos dejó un regalo asombroso para que no seamos incrédulos, sino creyentes. Somos bendecidos cuando Él se nos da a conocer “en la fracción del pan” (Lc. 24:35).