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Programa de cuidado vespertino necesita la ayuda de la comunidad
César J. Baldelomar
Corresponsal de The Florida Catholic
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María
Eugenia Pallais, maestra de artes y labores manuales, comparte
con sus estudiantes mientras éstos disfrutan del tiempo dedicado
a las artes.
César Baldelomar/TFC |
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Siete estudiantes están sentados ante la mesa de artes y
trabajos manuales, listos para lo que les enseñe su motivada
maestra, María Eugenia Pallis, cuya filosofía se centra en el
amor, la enseñanza y la felicidad.
Sus estudiantes han aprendido a hacer varias artesanías, y a
pintar imágenes de la naturaleza. Pallais también enfatiza la
necesidad de cuidar nuestro mundo a través del reciclaje y de
limitar los desperdicios.
“No botamos el papel ni los lápices de colores durante las
clases de arte”, explicó Pallais. “Todo se vuelve a utilizar”.
Bienvenidos al programa de cuidado vespertino de la parroquia
St. John Bosco, en la Pequeña Habana, el cual se encuentra en su
43er año de existencia. El programa ofrece a 63 niños, entre las
edades de 3 a 13 años, una sólida formación espiritual e
intelectual. Muchos de los niños vienen de familias inmigrantes
con escasos ingresos económicos, y la gran mayoría asiste a las
escuelas públicas de Miami.
“Nos sentimos orgullosos de ayudar a los estudiantes en sus
tareas de matemáticas y ciencias, así como en su educación
religiosa, la cual no reciben en las escuelas públicas”, expresó
Natalia Casamayor, una maestra con vasta experiencia en el
programa.
Otras seis maestras –la Hna. María A. Bojorge, religiosa del
Inmaculado Corazón de María, la Hna. dominica Isabel Rincón,
Vilma Ruiz, Mirta Bonet, Dolores Quintero y Pallais– dedican su
tiempo y sus esfuerzos a garantizar que los estudiantes no sólo
aprendan ciencia y religión, sino también arte, labores manuales,
dibujo y cultura hispana.
“Nuestras maestras son muy dedicadas, y no hay duda de que tanto
los niños como sus padres agradecen sus esfuerzos”, dijo el P.
Juan Carlos Paguaga, párroco de St. John Bosco.
El P. Paguaga llamó la atención sobre el hecho de que a muchos
padres se les hace difícil cuidar a sus hijos al final de la
jornada escolar diaria, porque la mayoría de ellos tienen dos y
hasta tres trabajos, sólo para cubrir el gasto del alquiler.
“Tratamos de ayudar a los padres al ofrecerles un ambiente de
amor y cuidado para sus niños”, dijo el sacerdote.
“Saber que mi hijo está bien atendido en el programa, me permite
trabajar unas cuatro horas adicionales al día”, dijo Rosa
Burgos, madre de un estudiante del programa.
Bajo costo
Una cuota mensual de $50 cubre los libros y el cuidado semanal
(de lunes a viernes) de los estudiantes al finalizar sus clases.
Juan Montoya, cuyo hijo está matriculado en el programa, dice
que “el costo no puede ser mejor. Conozco otros lugares donde
hay que pagar hasta $200 al mes”.
Debido a que en el año 2006 hubo pérdidas de $21,000, la cuota
mensual del programa podría aumentar a $100 próximamente.
“Para que las familias pobres puedan continuar enviando a sus
hijos a este programa, esperamos que las contribuciones de otras
personas lleguen hasta acá”, dijo el P. Paguaga, quien organiza
ventas de artículos usados un sábado al mes en su parroquia para
recaudar fondos.
“Como la cuota mensual es mínima, en realidad sobrevivimos
gracias a los donativos grandes”, añadió.
En el año 2006, estudiantes de escuela superior, parroquias,
grupos de laicos, y varias organizaciones y donantes anónimos
enviaron dinero para ayudar a que el programa pudiera adquirir
artículos escolares y pagar el salario de las maestras, además
de financiar la reparación de los daños al salón parroquial.
De los cuatro pisos del salón, el tercero sufrió el mayor daño
estructural durante el paso del huracán Katrina en 2005. En la
actualidad se encuentra clausurado, debido a que el techo,
aparte de albergar palomas e insectos, se encuentra cada vez más
agrietado. Los muebles podridos, el moho en las paredes a punto
del colapso, y los artículos escolares destruidos y regados por
el piso son recordatorio del daño ocasionado por el huracán
Katrina.
Deprimente
“Es muy deprimente subir aquí”, dijo el P. Paguaga, al admitir
que no había estado en el tercer piso desde diciembre de 2006.
Lo que quizás resulta más decepcionante para el sacerdote y las
maestras es que los estudiantes no pueden utilizar un
laboratorio de computadoras donado recientemente, porque se
encuentra localizado en el tercer piso.
“Nadie ha podido utilizar las computadoras porque no hay
electricidad en este piso, y porque subir hasta aquí es
peligroso”, indicó. El cuarto piso, donde se daban las clases de
ballet y danza, también ha sido clausurado.
“Ningún otro programa ofrece la educación religiosa de calidad
que se ofrece aquí”, dijo Nelly Martínez, cuyo hijo está
matriculado en el programa de St. John Bosco.
De la misma manera, María López, madre de dos niñas, expresó que
“este programa ofrece a mis hijas tres horas de crecimiento
intelectual y espiritual, ¡y es divertido! Yo no asistía a la
misa porque no sabía nada del catolicismo, pero ahora mi hija,
gracias a sus maestras, me ha enseñado muchas cosas sobre
nuestra fe”.
Sin embargo, los padres, los estudiantes y el P. Paguaga temen
que, sin contribuciones económicas considerables, el programa
completo se encuentre en peligro de desaparecer.
“Esperamos que haya almas generosas que reconozcan nuestra
necesidad económica”, dijo el sacerdote. “Este programa ha
servido a los más pobres de nuestra comunidad durante cuatro
décadas. Sería desgarrador que terminara de repente”.
Para ayudar al programa de St. John Bosco, en la Pequeña
Habana, envíe sus donativos a:
St. John Bosco After-School Program
1301 West Flagler Street
Miami, FL 33135
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