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Adoptar
los planes de Dios
Hace casi cuatro años, en un altar frente a Dios, a mi esposo y
a 175 familiares y amistades, respondí “sí” a la pregunta:
“¿Estás dispuesta a recibir de Dios, responsable y amorosamente,
a los hijos?”
Hoy es cuando vengo a entender lo que verdaderamente quiere
decir este voto matrimonial. Hoy, 18 de abril de 2007, es cuando
recibí en el aeropuerto y conocí por primera vez a mi hijo
precioso de ocho meses de edad, nacido en Vietnam.
Cuando hice este voto, pensaba que se refería a mi
disponibilidad de tener hijos. Pero, cuando empezamos a
tratar de tener hijos, nos dimos cuenta de que sería cuando y
como Dios quisiera, y no cuando quisiéramos nosotros. Gracias a
una temporada de infertilidad –una experiencia que no fue fácil
de vivir, pero que tuvo un propósito muy especial– Dios nos
reveló sus planes para nuestra familia: Él quiso que nosotros
adoptáramos a un hijo.
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El
pequeño Emmanuel, junto a su padre de adopción, Richard López,
ve por primera vez, desde Vietnam, el rostro de su madre
adoptiva, Angelique Ruhi-López, a través de la pantalla de una
computadora.
Cortesía de la familia López |
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Nuestra jornada de adopción comenzó en agosto de 2006, cuando mi
esposo –Richard– y yo iniciamos un período de discernimiento,
durante el cual nos dimos cuenta de que nos sentíamos llamados a
adoptar. Después de investigar las diferentes opciones y países,
decidimos adoptar un bebé de Vietnam. Encontramos una agencia de
adopción; empezamos el proceso – el papeleo, las huellas
digitales, el estudio del hogar, realizado por un trabajador
social, etc.– y Dios nos sorprendió de nuevo: a finales de
septiembre, nos enteramos de que yo estaba en estado.
La noticia nos tomó de sorpresa, y sentimos temor frente la
posibilidad de tener dos bebitos pequeños a la vez; pero, de
nuevo, Dios nos llamó a no tener miedo, sino a confiar en sus
planes. Seguimos adelante y, en diciembre, pocos días antes de
la Navidad, la agencia de adopción nos envió la primera foto y
la información médica de nuestro hijo en Vietnam, al que le
pusimos el nombre de Emmanuel, ya que Dios verdaderamente ha
estado con nosotros. Y en enero de este año, nos
enteramos de que estábamos esperando otro varón, a quien
nombramos Sebastián, y que, Dios mediante, bendecirá con su
nacimiento a nuestra familia en junio.
Algunas personas, con las mejores intenciones, nos han dicho que
cuando abrimos nuestros corazones a la opción de la adopción,
Dios nos “premió” con un hijo biológico.
Pero los hijos no son premios, sino regalos de Dios, sean
adoptados o biológicos.
El Señor no nos da ni premios ni castigos por seguir o no seguir
sus planes. Su voluntad es sencillamente eso: la voluntad de un
Dios que sabe mucho más que nosotros y que nos ama
infinitamente. Estos fueron los planes de Dios para nuestra
familia, y Él nos está prestando estos hijos suyos –y cualquier
otro niño con el cual desee bendecir a nuestra familia– para
criarlos según las enseñanzas de su Iglesia, para amarlos
incondicionalmente, y para darles raíces y alas.
Emmanuel nació en Vietnam y Sebastián nacerá en Miami, pero las
verdaderas raíces de ambos están en el cielo.
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