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Mi
pueblo sufre
En la última Cuaresma, en Semana Santa, ni corto ni perezoso, me
fui a dar una vuelta, a respirar un poco de aire puro, a
encontrarme con alguna persona que pudiera sentir su alma, sus
alegrías y tristezas. Después me acerqué a una charla que había
en una iglesia, a la que me había invitado mi amigo José. Me
encontré con alguna gente joven y no tan joven, con algunos
padres e hijos, con blancos y negros, con personas procedentes
de toda Latinoamérica, con muchos hombres y un sinfín de mujeres.
Comenzó el encuentro. El buen hombre que hizo la introducción
habló del tema del momento: de los inmigrantes, de su vida, de
sus aficiones y ficciones, de sus críticas, de sus logros y
fracasos, de sus raíces y sufrimientos al dejar todo lo pasado.
Era una gran realidad, un gran espejo en el que todos podíamos
vernos, en el que cada uno podía decir: ése soy yo. Luego había
unos cuantos hombres y mujeres que nos hablaron de sus países,
de la terrible realidad de sufrimiento por la que pasaron y
siguen pasando muchos seres humanos.
Y tomó la palabra mi amigo José. Conocí a José Grullón hace algo
más de 25 años, cuando estuve en Dominicana. José acababa de
llegar a Miami y por esas cosas del destino, lo invitaron a
hablar de su país. Él lo conocía de maravilla y, como “bien
pateado” que lo tenía, empezó a hablar.
“Durante las últimas dos semanas”, decía, “los medios de
comunicación social, más que buenas noticias, sólo comunican los
homicidios y suicidios de mi gente. Lentamente la violencia, los
celos, el orgullo y el poder, se hacen los reyes de mi pueblo.
Tal parece que la pasión de Jesús se hace más cruda y dramática
y su sangre se sigue derramando en las calles de mi vecindario”.
“La gente deambula por las calles sin amarse, sin mirarse”,
explicó, “y lo que es tan simple e importante se ha olvidado: el
saludo. Parecen autómatas, sumergidos en sus problemas, y se
olvidan de mirar a su lado e implorar a Dios. El malhumor y las
palabras hirientes son el pan nuestro de cada día. Mi pueblo
sufre y Jesús con ellos”, afirmó José.
La miseria, la basura y las aguas residuales forman parte del
menú que hace que las enfermedades toquen a las puertas de los
pobres de los barrios marginados de Dominicana, y no sólo de
ellos, pues la contaminación ha llegado hasta las ciudades. José
no sólo habló de esa contaminación, sino de la indiferencia
entre los humanos. También habló de la contaminación de la
corrupción, de las falsas promesas de los políticos a quienes
sólo les interesa llenarse su bolsillo vaciando su alma de amor
y respeto a las personas. “Para mi gente, trenzan una corona con
lágrimas amargas de hambre, sangre y desnutrición. El clamor de
madres desesperadas por la desaparición de sus hijos se une al
dolor de nuestra Madre María que mira a su Hijo clavado en el
madero”.
Niños y adolescentes metidos en robos, atracos, presos o
asesinados por la policía o por una supuesta bala perdida,
víctimas de la incomprensión y del rechazo de sus padres. Niñas
que se han convertido en producto que se vende por unos
centavos. Jóvenes sin horizontes claros, sin trabajo, aturdiendo
sus sentidos con la droga y el alcohol. Violencia, desunión y
maltratos en los hogares, el amor se ha ido, no hay respeto
entre esposos, padres e hijos.
A los ancianos no se les toma en cuenta; ya no pueden opinar; se
les trata como una carga pesada que hay que tirar. Lo que cuenta
es la productividad, la tecnología, lo nuevo, lo fácil.
No hay seguridad en las calles, no hay libertad de expresión.
“Así vive mi pueblo”, resumió José: “agobiado por tantos males,
con las armas en las manos, metidos en su caparazón,
revolviéndose en el polvo y la sangre de su dolor. Se olvidan de
Dios. No buscan la paz y su fuerza en Él; la esperanza ha
perdido su color, se ha vuelto gris y la tristeza invade los
corazones”.
“En el largo camino de la pasión de mi pueblo”, dice José, “se
van abriendo cada vez más abismos de desesperación, ahogándonos
en el polvo de nuestra propia miseria interior. Pero aquellos
que viven con los ojos puestos en volver a ver un nuevo amanecer
con un radiante sol, suplican a Dios por un día mejor”.
Y terminó José de hablar. Me acerqué y lo abracé. Me resultó la
reflexión más realista que he escuchado, porque era tocar la
vida dura, difícil, sangrante. Y mientras volvía a casa, venía
pensando en todas las personas que, como José, tienen que
abandonar sus raíces y lanzarse a una nueva aventura. Y prometí,
una vez más, orar por ellos y echarles una mano.
Sacerdote carmelita descalzo
eugona46@hotmail.com
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