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El sacramento del Amor
Un Misterio para creer, celebrar y vivir…
Eudes de Sully, obispo de
París, era un hombre de profunda sabiduría y enorme intuición
pastoral. Su talento creativo y observador le permitía
sintonizar con la sensibilidad religiosa de sus fieles y
entender a su pueblo. Es el comienzo del siglo XIII y corren
entonces tiempos de rigor, en los que un extendido sentimiento
de indignidad ha apartado a los cristianos de la recepción de la
eucaristía.
Es
la época en que el gran San Luis, rey de Francia, asombraba a
todos por su frecuentísima práctica de comulgar nada menos que
cinco o seis veces al año. La recepción del Cuerpo de Cristo era
una práctica tan rara y tan poco usual que el IV Concilio de
Letrán, en 1215, debió imponer a toda la Iglesia la comunión
pascual como un requisito de grave obligación y cumplimiento.
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El
Tabernáculo de Pared. Basílica de San Clemente, RomaFotos:
Cortesía de Rogelio Zelada. |
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Los
fieles substituyeron la práctica de comulgar por el ardiente
deseo de ver la sagrada hostia. La costumbre, heredada del siglo
IX, había desplazado la comunión a otro momento y otro lugar de
la celebración litúrgica; la eucaristía se distribuía después de
la misa y en un altar lateral, distinto al de su celebración; un
uso que pervivió, aún a pesar de su prohibición por el Concilio
de Trento en el siglo XVI, gracias al indulto del misal de Paulo
V, lo que permitió, incluso hasta mediados del siglo XX, que la
comunión se diera en algunos lugares antes, durante y después de
la celebración de la misa.
Eudes de Sully ha recorrido los templos de su diócesis y en
todas partes ha visto que ocurren tumultos y graves desórdenes
en el momento de la consagración del pan. Junto al santuario,
entonces encerrado y protegido por elevados muros, el pueblo
inquietamente devoto se agolpa en las rejas que dan paso al
altar; esa pequeña puerta es el único sitio desde donde se puede
ver de costado el momento en que el sacerdote levanta un poco la
hostia de la patena y pronuncia las palabras de la consagración.
Es un gesto demasiado breve para satisfacer plenamente el deseo
de los creyentes, por eso, una vez terminado el relato de la
Institución, la gente sale de la iglesia a toda prisa, pues las
campanas de un templo cercano anuncian ya que en ese lugar acaba
de comenzar el canon de la misa y se aproxima el momento de otra
consagración.
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Detalle
de la foto del Tabernáculo de Pared. |
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Como efectiva herramienta litúrgico-pastoral, el Obispo Eudes de
Sully estableció en la Arquidiócesis de París, en el año del
Señor de 1208, el rito de la elevación de la hostia después de
la consagración, para que los fieles pudieran contemplarla y
encauzar serenamente esta nueva forma de piedad y devoción hacia
el sacramento de la eucaristía. El rito de la elevación de la
hostia se extendió muy rápidamente por toda la Iglesia
occidental, pero tuvo que esperar trescientos años hasta que el
Concilio de Trento lo completara, añadiéndole finalmente el rito
de la elevación del cáliz.
Aunque la sagrada eucaristía siempre fue objeto de gran
veneración y respeto fuera de la misa, será a partir del siglo
XII cuando se irá desarrollando una intensa corriente de piedad
eucarística con aspectos de gran novedad. Mucho contribuiría a
esto el gran escándalo provocado en 1088 por Berengario, obispo
de Tours, cuyas dudas acerca del sentido de la presencia real de
Cristo en la eucaristía habían llevado al debate público de toda
la cristiandad y a un movimiento popular de veneración de la
sagrada reserva, oculta hasta entonces de la vista de los fieles
y conservada en un armario situado en el Secretarium o
Pastophorium, un anexo al santuario, lo que hoy llamamos “sacristía”.
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Paloma
Eucarística.
Siglo XIII.
Rijksmuseum, Amsterdam |
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Los
ritos de veneración que hasta entonces se habían dirigido sólo
hacia el altar donde habían descansado el cuerpo y la sangre de
Cristo, se vuelven poco a poco hacia la caja que guarda el
cuerpo sacramentado; así, ya a fines del siglo XI los monjes de
Cluny empezarán a inclinarse y reverenciar la santa reserva y a
poner lámparas encendidas cerca del lugar donde ésta se custodia.
De
la privacidad del Secretarium, la caja de la eucaristía
se trasladará al templo, y se colocará sobre una columna, o
cerca de un altar, colgado justo encima de éste, empotrado en un
muro o en un lugar significativo dentro del templo. Se enriquece
la presentación de los cofres eucarísticos que se convertirán en
urnas preciosas, torres o “casas del sacramento”, o en “palomas
eucarísticas”, dándoles un nuevo uso a las que en algunos
bautisterios servían para guardar el santo crisma. El Concilio
de Letrán, en 1215, prescribirá que el cofre que contiene la
eucaristía permanezca bajo llave; de esta época es el sagrario
de San Clemente de Roma, el más antiguo en uso, una obra maestra
de Arnolfo de Cambio, empotrado parcialmente en el lado derecho
del altar, en el muro que sostiene el arco del ábside de esta
antigua basílica romana.
Matteo Giberti y San Carlos Borromeo, dos fuertes reformadores
tridentinos, impulsaron en el siglo XVI la novedad de colocar el
sagrario en la parte central de un altar. En el siglo siguiente
los rituales litúrgicos pedirán que éste sea situado en el altar
de una capilla lateral o absidial; y aunque la liturgia del
barroco, con las prolongadas adoraciones eucarísticas que
florecerán como consecuencia de la Contrarreforma, desplazará el
sagrario al centro del altar mayor y sobre éste colocará, de
manera permanente, un elaborado templete para que la sagrada
forma pudiera ser adorada, mostrada gloriosamente en un rico
ostensorio, esta costumbre no se extenderá a toda la Iglesia
sino hasta mediados del siglo XIX.
Hoy
día la liturgia de la Iglesia pide tener en cuenta que, “cuando
se adora a Cristo presente bajo las sagradas especies, se debe
recordar que esta presencia proviene del sacrificio”. Esta
adoración prolonga el “memorial” del misterio pascual y, por eso,
se debe distinguir claramente la celebración de la misa, “cuyos
polos son el altar, la sede de la presidencia y el lugar de la
palabra, de las diversas formas de piedad eucarística, cuyo polo
es el sagrario y el vaso que contiene la santa reserva”.
La
Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis,
de Benedicto XVI, repite lo que consistentemente han pedido
todos los documentos litúrgicos hasta la fecha: que el sagrario
sea colocado “en un sitio apropiado para la oración, con espacio
ante él, con suficientes bancos o asientos y reclinatorios” (Redemtionis
Sacramentum), “en alguna capilla apta para la adoración y
oración privada de los fieles, conectada orgánicamente con la
iglesia y visible para los fieles” (Institutio Generalis
Missalis Romani). “Es importante disponer de un lugar o
capilla específicamente diseñada y separada del recinto
principal para que no haya confusión entre la celebración
eucarística y la reserva”; “se le puede colocar dentro de un
nicho en la pared, sobre un pilar o en un monumento eucarístico.
No se debe colocar sobre un altar, ya que éste es el lugar para
la acción y no para la reserva de la eucaristía” (Conferencia
Episcopal Estadounidense: La ambientación y el arte en el
culto católico). Sin embargo, “aunque en las iglesias
nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté cerca
del presbiterio”, “se ha de tener en cuenta la estructura
arquitectónica del edificio”, y “donde no haya capilla del
Santísimo Sacramento” se sugiere poner el sagrario “en el
presbiterio, en un sitio suficientemente alto… donde resulte
bien visible”, “evitando poner delante la sede del celebrante” (Sacramentum
Caritatis).
La
conservación de la eucaristía en el sagrario prolonga y hace
presente entre nosotros la constante intercesión de Cristo, que
proviene de su sacrificio y que actualizamos sacramentalmente.
Una
presencia y permanencia de Cristo en la eucaristía, tal como la
expresara magistralmente la poesía de Lope
de Vega, el “Fénix de los Ingenios”:
¿Cómo quedarse y partirse
y estarse después de irse?
Sabrá Dios irse y estarse,
mas sin jamás despedirse.
Amor le dará invención
del celo de un blanco pan,
¡Oh pan del cielo, Pan vivo!
Y ¡cómo sabes honrarme!
¡Me das tu sangre y tu cuerpo, ya no sabes más que darme!
Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos
zelada@miamiarch.org
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