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Reconocimiento a la madre anciana

La madre anciana, a pesar de los años, nunca deja de ser
hermosa. Su belleza cautiva el ambiente, como el canto de un
ruiseñor en medio del monte, aunque sus ademanes, un poco lentos
por el paso del tiempo, tiendan a entorpecer la gracia auténtica
de la fragante juventud.
En cada arruga de su cara, hay una historia. En su ceño
fruncido, una preocupación. En su andar cansado, hay una
promesa, y en sus desengaños, una ilusión.
Sin embargo, al encontrarse a sí misma después que el tiempo ha
hecho estragos en su piel, se da cuenta de que su vivacidad
natural no ha muerto, sino que permanece unida al cordel que la
ata a Dios.
Pero, a medida que los días continúan entrelazando la añoranza
de lo ya vivido, las experiencias nuevas realzan la ilusión y el
deseo de vivir con dignidad y satisfacción personal.
Por todo esto, ella sabe que el presente es real y el mañana,
tan sólo un suspiro. La vida continúa, con su caprichosa prisa;
tratando de alcanzar a grandes zancadas las páginas del
almanaque, que se fueron con el viento.
Dice la Palabra de Dios: “El Señor tu Dios te ha bendecido en
todas tus obras; ha protegido tu marcha por este gran desierto”
(Deuteronomio 2:7).
La mujer que está viviendo más allá de la tercera edad, se niega
a ser un impedimento para sus seres queridos. Ella no desea ser
un adorno inservible y, por consiguiente, no permite que la
contemplen con ojos de piedad, sino que la honren y la respeten.
Su fe en Dios recorre todos los escondites de su alma; su
confianza en el Señor la mantiene activa.
Dios le dice en 2 Corintios 4:16: “No te desanimes. Pues aunque
por fuera vas envejeciendo, por dentro rejuveneces día a día”.
Al saber esto, su autoestima trata de establecer un equilibrio
entre el querer y el no poder cruzar los ríos y subir montañas.
Y aunque la cadencia propia de la vejez amortigua su paso, la
armonía de sus pensamientos se reviste de fuerzas, para
encontrar la palabra perfecta en el momento preciso. Entonces,
el impulso que le permite negociar los deseos de vivir con
dignidad le hace salir adelante en esta etapa de su vida.
La veracidad del tiempo le genera una increíble hostilidad
delante del espejo. De hecho, el factor que humaniza las
tinieblas de su espíritu le genera una sensibilidad que sólo
viene de lo alto: la aceptación personal.
La mujer anciana aún conserva el deseo de pertenecer al mundo
actual. Su espíritu rehúsa ser cómplice ante la acritud del
destino. Su alma, fuente inagotable de sabiduría y amor, retiene
la fragancia intacta, haciendo que su mente regrese diariamente
a los tiempos gratos de la juventud y a las memorias guardadas
tiernamente en su corazón.
El Señor, sustento permanente en su vida, le permite vivir el
momento presente, esperando con humildad y agradecimiento el de
la llegada de su alma al cielo.
Para ella parecen escritas estas palabras de Juan Pablo II: “De
las mismas pruebas por las que ha pasado nuestra generación
surge una luz capaz de iluminar los años de nuestra vejez”.
Que así sea siempre.
Autora del libro
¡Mujer, levántate!
mailto:Noris@brisauniversal.com
http://www.brisauniversal.com/
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