Benedicto XVI consigue ganarse
el corazón de los católicos brasileños
Ana Gerez
EFE
El papa Benedicto XVI ha conseguido superar una de las pruebas
más difíciles que tenía en su visita a Brasil: ganarse el
corazón de los miles de católicos que aún tienen en su memoria a
su predecesor, Juan Pablo II.
La visita pastoral de Benedicto XVI a Brasil había creado enorme
expectación para la Iglesia católica latinoamericana, y en
especial para la brasileña, pero la imagen del ontífice era
hasta hace poco escasamente atractiva para los fieles.
A juzgar por las reacciones, comentarios y entusiasmo mostrado
por los católicos que han acudido a saludarle y escucharle en
los diferentes eventos, el Papa ha logrado transmitir un mensaje
de amistad, cariño y respeto, aunque no faltan algunos que han
recibido con indiferencia su visita a Brasil.
Ciudadanos anónimos explican que, para ellos, el papa es el jefe
de Estado del Vaticano y merece respeto, pero se muestran en
desacuerdo con algunos aspectos de la doctrina de la Iglesia.
Sin embargo, para los que han participado en las misas y
encuentros multitudinarios presididos por el papa, Benedicto XVI
es indiscutiblemente un líder, quizá sin el carisma inspirador
de Juan Pablo II, pero que ha conseguido superar la imagen de
frialdad que tenía y transmitir otra muy diferente de afecto y
cariño por el pueblo.
A ello han contribuido, sin duda, los medios de comunicación
brasileños, que han difundido casi sin interrupción cada uno de
sus movimientos en Brasil y, sobre todo, han permitido, con sus
cámaras y objetivos de largo alcance, mostrar un papa más
humano.
Contrariamente a lo que se esperaba, Benedicto XVI se ha
mostrado como un hombre sonriente, emotivo y atento.
Con frecuencia ha alterado el programa de la visita para saludar
inesperadamente a los fieles, desearles “buenos días” o
bendecirlos.
En alguna ocasión, se saltó el protocolo para ir a estrechar las
manos de los fieles, que esperaban para verle, y recordó
oportunamente las palabras de elogio a los brasileños que
pronunció en sus visitas Juan Pablo II, cuya mención fue
recibida con aplausos que mostraron la profunda huella que éste
dejó.
Como si de un partido de fútbol se tratara, la multitud ha
coreado “Bento, Bento” (Benedicto en portugués) para pedir un
saludo al pontífice, y no se intimidaba al preguntar a voces:
“¿Papa, dónde estás? He venido sólo para verte”.
El uso del portugués en los discursos ha sido un punto
importante a favor del pontífice que, si en alguna ocasión ha
dejado escapar un “buenas noches” en español, no se ha olvidado
del “obrigado” (gracias, en portugués).
El propio papa parecía afectado por la emoción, y en una de sus
apariciones dijo: “Gracias por la presencia, por el entusiasmo.
Abrazos para todos”, en una completa mezcla de italiano y
portugués.
Los fieles que se han congregado en cada uno de los lugares
donde el papa ha hecho escala tienen clara una cosa: el
esfuerzo, en tiempo y energía, empleado en viajar al estado de
São Paulo únicamente para ver a Benedicto XVI, aunque fuera en
la distancia, valía la pena.
El entusiasmo fue especialmente perceptible en el encuentro con
los jóvenes, pero eran los mayores los que mostraron con más
fuerza su emoción, a veces incontrolada.
Lágrimas, besos lanzados al aire, agitación de manos en señal de
saludo, pañuelos y pompones con los colores del Vaticano, han
servido a miles de fieles para mostrar su aprecio al papa.
Los comercios de artículos sacros apostaban poco por la imagen
de Benedicto XVI antes de la visita, pero, en estos días, el
papa se ha ganado un lugar entre objetos tradicionales de la
región, como las representaciones de Frei Galvão, proclamado
santo en una misa a la que asistió más de un millón de personas,
o la Virgen de Aparecida, la patrona de Brasil, en cuyo
Santuario concluyó la visita papal.
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