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EN COMUNIÓN

 

  Desde la finca y las finanzas, al sacerdocio
 

 De izq. a der., en la fila delantera, los recién ordenados P. Lucien Pierre, P. Héctor Pérez, P. Roberto Cid y P. Israel Mago. En la fila posterior: P. Manny Álvarez, Mons William B. Friend, Mons. Agustín A. Román, Arzobispo John C. Favalora, Mons. Felipe de Jesús Estévez, Mons. John Noonan y Mons. Lorenzo León. Marlene Quaroni

Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic

 De izq. a der., los nuevos sacerdotes ordenados para la Arquidiócesis: el P. Roberto Cid (argentino), el P. Israel Mago (venezoladno), el P. Héctor Pérez (cubano) y el P. Lucien Pierre (haitiano).
Ana Rodríguez-Soto/TFC

Un economista de Argentina, un profesional de las ventas y el mercadeo de Venezuela, un agricultor de Cuba y un haitiano que descubrió su vocación en unas pesadillas: éstos son los cuatro nuevos sacerdotes ordenados por el Arzobispo John C. Favalora el 12 de mayo en la Catedral St. Mary.

La ceremonia se distinguió por las lágrimas, vítores y el agitar de banderas venezolanas cuando Israel Mago, de 37 años, se convirtió en el primer nativo de Venezuela en ser ordenado sacerdote para la Arquidiócesis.

Tres de los miembros de la clase de 2007 se encuentran en sus 30 años de edad, y el cuarto acaba de entrar en sus 40. Los cuatro siguieron diversos caminos hacia el sacerdocio, pero en determinado momento respondieron al llamado, descrito por el Arzobispo Favalora en su homilía como “estar en este mundo, pero no ser del mundo… ser un inadaptado”.

“No siempre serán bien recibidos. De hecho, Jesús dice que puede ser que les odien”, les recordó el arzobispo. Pero “ahora Dios les escogió para que entren íntimamente en el misterio” del sacerdocio, y “el pueblo de Dios espera que sean valientes e intransigentes en la manera en que entreguen la palabra de Dios”.

 

Economista

Técnicamente, el P. Roberto Cid, de 41 años, no es el primer argentino que se convierte en sacerdote arquidiocesano, pero es el primero nacido y criado allá en ser ordenado para Miami. (El P. Jesús Bohórquez, de la parroquia de St. Jerome, en Fort Lauderdale, nació en Argentina por el trabajo de su padre, pero es de herencia colombiana.)

El P. Cid consideró ingresar a la vida religiosa a la edad de 12 años, debido a su experiencia con los Hermanos de La Salle, quienes le educaron en Buenos Aires. Ellos deseaban que finalizara sus estudios como postulante, pero su padre se opuso.

“Él no creía que fuera una buena idea que un niño de 12 años tomara una decisión tan importante”, recordó el sacerdote.

Entonces, en la escuela superior y la universidad, “mi fe se enfrió”.

Obtuvo un título en contabilidad y trabajó para la compañía Arthur Andersen en Argentina; luego para DuPont, en Coral Gables. Llegó a Miami en 1991. El huracán Andrew le siguió menos de un año después.

“Vivía en Brickell Key, en un buen apartamento pagado por DuPont. Entonces llegó el huracán Andrew. Eso me hizo pensar: ¿En qué tengo mi esperanza, en cosas que un fuerte viento puede destruir? ¿En qué se afianza mi vida?”

Cuando su padre falleció en 1990, se prometió asistir a la misa en el aniversario de su muerte. Mantuvo su promesa al asistir a St. Agnes, en Key Biscayne, donde conoció a un sacerdote “cuyas homilías hallaba muy inspiradoras. Eventualmente me hice su amigo y él, gradualmente, me trajo de nuevo a la fe”.

En 1997, el P. Cid renunció a su trabajo con DuPont para dedicarse a tiempo completo a la educación y hacer un doctorado en economía en la Universidad de Miami. Más o menos durante el tiempo que defendía su disertación en 2000, consideraba el sacerdocio seriamente. Había leído las Confesiones de San Agustín, y la obra le llegó al corazón.

“Vivía en este apartamento de lujo, hacía buen dinero, viajaba por toda Latinoamérica, y sentía un gran vacío en mi vida”, recordó el P. Cid. “Muchos de nosotros, especialmente muchos jóvenes, buscábamos algo en los lugares donde no había nada que buscar. Si sólo buscáramos donde en realidad hay algo que encontrar, donde podemos hallar a quien dé sentido a nuestras vidas, eso podría satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón”.

Eso es lo que pasaba por la mente de su madre mientras ella presenciaba la ordenación de su hijo.

“Con el correr de los años, fue cumpliendo su deseo”, dijo Raquel Jacqueline Cid, quien llegó desde Buenos Aires con su otro hijo y una de sus hijas. Su otra hija reside en Miami.

“Lloraba y reía a la vez porque estoy feliz por él”, expresó, “porque él va a ser muy feliz siendo obrero del Señor.”

El P. Cid comenzará su ministerio en la parroquia St. Gregory the Great, en Plantation.

 

Vendedor

Criado en Caracas con su hermana mayor, el P. Israel Mago, de 37 años, dijo que su familia no era particularmente religiosa. “Obviamente, fuimos bautizados, hicimos nuestra Primera Comunión, pero no estábamos involucrados en la Iglesia”.

Todo es cambió cuando se mudó a Margarita, una isla en las afueras de la costa venezolana, donde trabajó como vendedor para una cadena hotelera.

“Un día sentí la necesidad de hablar con Dios, no en mi cuarto, no en mi casa, sino en la iglesia. Fui a la basílica en el centro de Margarita. Me senté en el último banquillo y comencé a hablar con Dios en mis propias palabras”.

La iglesia estaba vacía, excepto por un sacerdote carmelita que estaba sentado a un lado para escuchar confesiones. “Entonces alguien, como una voz, me dijo: ‘Ve y habla con él; confiesa tus pecados’”.

Fue algo que el P. Mago no había hecho en mucho, mucho tiempo. Se convirtió “en un momento de revelación, de conversión para mí”.

A partir de ese momento, se unió a un grupo de oración en la iglesia, y al coro.

“La alegría de la gente, las canciones, la música, todo era nuevo, completamente nuevo para mí, algo que me asombraba”, recordó. “Me dije que quería permanecer allí, que aquello fuera parte de mi familia”.

En enero de 2000, aconsejado por un sacerdote de Venezuela, llegó a Miami y entró al seminario, algo que nunca había considerado, ni siquiera cuando niño. El problema era decírselo a su madre.

“Pensaba que ella iba a pelear”, dijo, porque eran muy unidos; sus padres se divorciaron cuando él era muy pequeño, y él la ayudaba a ella económicamente. Durante un desayuno, él le informó, tentativamente, que había asistido a un retiro vocacional y que estaba en el proceso de discernir lo que Dios le llamaba a realizar.

Ella no le respondió hasta que él llegó del trabajo aquella misma tarde. Le dijo: “Quiero que sepas que te apoyaré siempre en las decisiones que tomes”, recordó el P. Mago. “Para mí, ésa fue la señal de Dios”.

“Sentí que era como dejarme sola”, dijo su madre, Margarita González, quien llegó desde Caracas para la ordenación, acompañada por su hija. “Pero él nunca ha estado más unido a mí que ahora”.

La señora González admitió que ha comenzado a asistir a la misa. “Yo antes no iba a misa. Ahora, no me hallo si no voy”.

Describió a su hijo como “compasivo, piadoso y generoso con el prójimo. Estoy segura de que él va a ser un buen sacerdote”.

El P. Mago comenzará su ministerio en la parroquia St. Agnes, en Key Biscayne.

 

Agricultor

El P. Héctor Pérez, de 34 años, creció en una finca en Pinar del Río, Cuba, donde su familia cultivaba el tabaco. Fue bautizado a los dos años, “pero nunca practiqué mi fe porque nací en un sistema comunista”.

Aprendió algo de su abuela, pero dijo que él y su hermano mayor “crecieron en aquel sistema, sin Dios, sin conocimiento alguno de la religión. Para mí, eso estaba bien. No me perdía nada porque nunca aprendí algo”.

Cuando tenía 19 años, su familia se fue de la finca a un pequeño pueblo de San Luis, también en Pinar del Río. Su madre lo sorprendió con una petición: que visitara la iglesia.

“Tenía un poco de miedo”, recordó, pero, por alguna razón, ella le insistió. Entonces, un día, ambos fueron a la misa, y “fue algo especial”, dijo, aunque no se sabía las oraciones, no sabía cuándo debía ponerse de pie o arrodillarse, y no conocía a nadie.

Los sacerdotes y los religiosos que trabajaban en la parroquia eran miembros de la congregación de los Pasionistas. El P. Pérez recuerda específicamente cómo fueron hasta él al finalizar la misa, y le dieron la bienvenida a la iglesia.

“Eso fue algo especial, porque tenía miedo… Pero, aunque no me conocían, me sentí bienvenido. Eso abrió una nueva dimensión en mi vida. Dije: ‘Dios mío, siento algo diferente aquí. Hay algo misterioso aquí’”.

Atraído por el misterio, comenzó a asistir a la misa con regularidad. En la iglesia hizo nuevas amistades. Se convirtió en su segundo hogar, “la puerta a una nueva dimensión que había faltado en mi vida hasta entonces”.

Muy pronto comenzó a considerar una vocación, pero sus padres se opusieron con vehemencia. “Eso estaba contra la sociedad, una sociedad que no cree en Dios”, dijo el P. Pérez.

Él y sus padres también habían soñado con un camino distinto, que le llevaría a la Universidad de La Habana. Entonces se hallaba entre aquel “primer sueño” y su nueva pasión, ese “enamorarse de Jesús”.

Al finalizar su primer año, decidió que “mi vida no tenía sentido en esta universidad”. Entonces, sin informárselo a su familia, entró en la comunidad de los Pasionistas, en La Habana.

Todos sus amigos lo rechazaron. Pasó seis meses sin comunicarse con su familia. Finalmente, su madre fue a verlo, y “nuevamente quedamos en paz. Ése fue un tiempo de gran bendición, un tiempo de reunión, un tiempo en el que pude sentir la presencia de Dios”.

Los Pasionistas lo enviaron para que estudiara en México y Guatemala, pero al final decidió no unirse a la comunidad. Llegó a Miami en 1999 y encontró refugio en la Ermita de Nuestra Señora de la Caridad, donde el Obispo Auxiliar Emérito Agustín Román, se convirtió “como en mi abuelo”.

“Vivía con él. Él fue un gran ejemplo en mi vida”, recordó el P. Pérez. “Él confiaba en mí. Oraba mucho por mí y me apoyó mucho al principio, aunque yo tenía mucho temor, porque me encontraba aquí solo”.

Sus padres y su hermano no pudieron venir de Cuba para su ordenación. Una tía de la familia de su madre representó a la familia.

Pero el P. Pérez dijo que en cualquier sitio que ha llegado desde que vino a Miami, ha encontrado personas que le han dicho: “Yo seré tu madre. Yo seré tu padre. Tuve muchas madres y muchos padres y hermanos en la ordenación”.

Comenzará su ministerio en la parroquia St. Maximilian Kolbe, en Pembroke Pines.

 

Sueños

 Los familiares del P. Lucien Pierre entregan los Santos Óleos al Arzobispo John C. Favalora. Ana Rodríguez-Soto/TFC

Tras recibir su Primera Comunión en Haití a la edad de 13 años, el P. Lucien Pierre tuvo un sueño.

Caminaba por en medio de un río, vestido todo de blanco y llevando una Biblia, predicando a una multitud de jóvenes y adultos. Entonces “me sentí muy cansado… Y la gente comenzó a tirarme piedras”.

Comenzó a sangrar. “Les dije: es suficiente”, y arrojó la Biblia en el río. “Entonces vi a un hombre vestido de blanco. Él me miró, tomó la Biblia, sacudió la cabeza y dijo: ‘Lucien, Lucien, no te asustes. No tengas miedo. Estoy aquí contigo’. Me tomó en sus brazos y luego caminó conmigo por el río”.

La gente ya no arrojaba piedras, dijo el P. Pierre. “Comenzaron a escucharme”.

Pero el sueño lo asustó tanto que corrió hacia el cuarto de su tía, llorando. “No es nada”, le aseguró ella. Y él regresó a dormir, pero soñó lo mismo.

Entonces, luego de su confirmación, tuvo otro sueño. Estaba caminando a través de un pequeño pueblo, y la gente realizaba una danza vudú. Comenzaron a perseguirlo “para llevarme hacia ellos”, pero se escapó. Entonces vio a un hombre alto, también vestido de blanco, que se detuvo en medio de la calle y extendió sus manos hacia la gente que lo perseguía.

“Él les dijo: ‘Manténganse alejados. Él es mío; tiene que servirme’”, recordó el P. Pierre. “Desperté de ese sueño en llanto. Me preguntaba: ‘¿qué me está pasando?’”

La familia Pierre era muy religiosa, y no sólo católica. Su padre había ingresado a un seminario evangélico antes de conocer a la madre de Lucien. Cuando era un niño en la escuela, admiraba a los misioneros salesianos que se dedicaban a la educación de los niños más pobres de Haití. Hasta fue cofundador de un grupo en su parroquia, los Amigos de San Domingo Savio.

Aún así, “tenía muchas opciones” en términos de vocación, dijo el P. Pierre. Algunos de sus familiares pensaban que debía ser médico; otros decían que debía estudiar agricultura. Él tenía planes de reunirse con su madre en los Estados Unidos. Los salesianos pensaban que sería un buen sacerdote.

A la edad de 20 años entró a la comunidad salesiana, y fue enviado a realizar ministerio y estudios en la República Dominicana y Puerto Rico. Salió después de seis años, pero continuó su vinculación al trabajar con miembros de la provincia del este de los Estados Unidos, en Boston.

Llegó a Miami en 1999, tras decidirse por el sacerdocio diocesano. Sus tías y abuelos, que lo criaron –pues su madre salió de Haití cuando él tenía 2 años– no pudieron venir para su ordenación. Pero su madre, que vive en Miami, estaba presente.

“Él tuvo un sueño”, dijo Marie Pierre.

El P. Pierre iniciará su ministerio en la parroquia Our Lady of the Holy Rosary, en Cutler Bay.

 

Momento de la Imposición de Manos:a los recién ordenados.
Fotos por Ana Rodríguez-Soto