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La materia gloriosa
El lugar de las imágenes en la fe de la Iglesia.
Sin poder evitarlo, los guardias han retrocedido al empuje de la
enorme muchedumbre congregada ante el palacio imperial de
Constantinopla. La indignación de una turba descontrolada y
enfurecida ha asesinado al espatario imperial y a sus oficiales,
ha derribado los andamios y pisoteado a los obreros que por
orden de León III, el Isaúrico, intentaban destruir el ícono más
venerado de la ciudad, un hermoso mosaico de Cristo Salvador,
colocado sobre la gran puerta de bronce que coronaba la entrada
principal del gran edificio.
El decreto imperial que ordenaba la eliminación de las imágenes
sagradas era demasiado parecido al edicto del califa Jadiz II,
que hizo destruir toda representación de Cristo, de la Virgen o
de los santos en aquellas provincias cristianas que había
conquistado para el Islam. Éste acusaba a la Iglesia de
politeísmo por su veneración de las imágenes, y los hebreos
atacaban al culto cristiano, entre otras cosas, por la misma
razón. El emperador, influido por ideas monofisitas y
nestorianas, creyó que con la desaparición de las imágenes se
suprimirían los elementos que causaban conflicto en la
convivencia entre árabes, hebreos y cristianos dentro de sus
dominios.
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Cristo
Pantocrátor, icono del Monasterio de Santa Catalina, Sinaí,
siglo VI. Es un estilo de representación de Cristo que se
impondrá en la tradición oriental. |
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Se decretaba, además de la destrucción de las imágenes y su
culto, la más terrible represión para aquellos que las
veneraban. En los dos decenios siguientes, los monjes,
principales sostenedores de la teología y del valor del ícono en
la tradición cristiana, fueron violentamente perseguidos,
enrolados a la fuerza en el ejército imperial, torturados,
asesinados, y sus monasterios fueron confiscados o incendiados.
Son los últimos meses del año 726; la imagen de Cristo sobre la
puerta de la sede imperial fue finalmente substituida por una
cruz y una inscripción que el emperador ordenó colocar: “Porque
Dios no soporta que se haga un retrato de Cristo privado de
palabra y de vida, y hecho de la materia corruptible que
desprecia la Escritura, León, el nuevo Constantino, ha grabado
sobre la puerta del palacio el signo de la cruz, gloria de los
fieles”. Más de doscientos años duraría esta lucha del poder
imperial contra las imágenes, una tensión intensamente compleja
que finalmente llevó a la clarificación teológica del culto a
las imágenes y del papel de la estética cristiana.
La voz de los grandes teólogos salió en defensa de la imagen y
su culto. San Juan Damasceno se apoya en el principio de que “la
materia es hermosa” a causa de Aquel que “se ha dignado habitar
en la materia y llevar a cabo nuestra salvación a través de la
materia”, y entiende que “el arte es como un lazarillo que nos
lleva de la mano hacia Dios”. San Teodoro Estudita reconoce que
“el culto no recae sobre la imagen material, sino sobre la
persona de Aquel a quien la imagen representa”. Así, el
cristiano entiende que “se debe orar delante del ícono como
delante del mismo Cristo”, ya que toda imagen que por su
naturaleza mueva a la oración y a la contemplación, posee una
cualidad sacramental que la hace capaz de elevar el alma y los
sentidos a Dios, de evocar la existencia sobrenatural de los
modelos a los que plásticamente representa. San Gregorio Magno
insistirá en el carácter didáctico y catequético de las pinturas
que cubren las paredes en los edificios destinados al culto
cristiano, “útiles para que los iletrados, mirándolas, puedan
leer al menos en los muros lo que no son capaces de leer en los
libros” y, además, para que, por esta “visión de los hechos
brote el sentido de la compunción y así se llegue a la adoración
de la única, omnipotente Santa Trinidad”.
En el fondo, los iconoclastas ponían en tela de juicio la
realidad misma de la Encarnación. La Antigua Alianza prohibía
las imágenes porque, en aquella economía, accedíamos al Dios
invisible a través de la mediación de su Palabra. En el Nuevo
Testamento esa Palabra Eterna de Dios se ha hecho carne, se hace
imagen. Jesús es el rostro humano de Dios, y ese rostro, esa
humanidad resplandeciente de divinidad, la podemos representar,
porque se trae ante los sentidos a Aquel que es perfecta “imagen
del Dios invisible”. Como un canto de homenaje al Misterio de la
Encarnación y de la Redención, el arte puede, con todo derecho,
representar la efigie del rostro humano de Dios hecho hombre por
nuestra salvación.
En la primavera del año 787, por la convocación de la emperatriz
Irene y la aprobación y reconocimiento del Papa Adriano I, los
representantes del Obispo de Roma y de los cuatro patriarcados
apostólicos se reunieron en el II Concilio de Nicea, VII
Ecuménico. Será el último concilio de la cristiandad unida,
plenamente reconocido por la Iglesia Católica y la Iglesia
Ortodoxa.
Nicea II abordó el tema del culto a las imágenes y definió “con
todo rigor y cuidado que, lo mismo que se representa la cruz
preciosa y vivificante, así las veneradas y santas imágenes,
tanto dibujadas en mosaico, como en cualquier otro material
apropiado, deben exponerse en las santas iglesias de Dios, en
los sagrados muebles, en las vestiduras sagradas, en las paredes
y en las mesas, en las casas y en las calles; ya sean la imagen
del Señor Dios y nuestro Salvador Jesucristo, o de la purísima
Señora Nuestra, la santa Madre de Dios, de los santos ángeles,
de todos los santos y justos… Ciertamente no se trata de una
adoración que nuestra fe tributa sólo a la naturaleza divina,
sino de un culto similar al que se da a la imagen de la cruz
vivificante, a los santos evangelios y a los demás objetos
sagrados… porque quien venera la imagen, venera la realidad de
quien está representado en ella”.
Tal como lo expresaría Juan Pablo II siglos después, “la
iconografía de Cristo abraza toda la fe en la realidad de la
Encarnación y su inagotable significación para la Iglesia y para
el mundo”.
Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
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