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La primacía de la Eucaristía en la Iglesia

Mons. Felipe de Jesús Estévez, Obispo Auxiliar de Miami
Especial para La Voz Católica

Sorprende la insistencia de la Iglesia al ahondar en la pastoral sobre la verdad del don eucarístico a través de la historia, particularmente en los últimos años. El próximo sínodo internacional, en 2008, tratará sobre la Palabra de Dios en su relación vital con la Eucaristía. También Benedicto XVI, en su primera exhortación apostólica postsinodal, Sacramentum Caritatis (febrero de 2007) muestra la fe, la celebración y la vivencia de este sacramento.

Estas enseñanzas de Benedicto XVI amplían lo ya dicho por su Santidad Juan Pablo II en su ultima encíclica, Iglesia de la Eucaristía (abril de 2003), y en su complemento práctico, expresado por la instrucción de la Congregación del Culto Divino, “Sacramento de la Redención” (marzo de 2004). Por si fuera poco esto, le siguen otras orientaciones pastorales: “El Año de la Eucaristía, Sugerencias y Propuestas” (octubre de 2004). Y para completar, Juan Pablo II publicó una carta apostólica, “Quédate con nosotros, Señor” (abril de 2005). Da la impresión de que, así como la reforma conciliar se inició con la revisión del culto cristiano, la Iglesia, en los comienzos de este milenio, hace un llamado a lo esencial: a la raíz de la identidad y la praxis de la Iglesia, comunión y participación.

Este artículo trata de estimular la lectura de la Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, haciendo un comentario sobre su contribución principal. Al recoger la serie de propuestas del Sínodo Internacional de 2005, Benedicto XVI resume la contribución de los pastores en tres partes: lo que la Iglesia cree, la forma en que debe celebrar y cómo lo debe irradiar en el mundo. Nos dice Benedicto XVI: “Deseo sobre todo recomendar […] que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de la caridad” (SC # 5). Se nota en el texto final una estructura de pensamiento muy similar al contenido del Catecismo de la Iglesia universal.

La primera parte de Sacramentum Caritatis es la mas difícil, porque enfoca la Eucaristía en su fundamento trinitario, cristológico, neumático, eclesiológico y, sobre todo, en su relación con cada uno de los demás sacramentos. El lector necesita una base teológica para entenderlo. Si embargo, cualquier seglar que tome su fe en serio encontrará alimento y profundo estímulo. ¡Qué riqueza sería si nuestros catequistas pudieran comunicar esta luz que invade a todos los sacramentos! Tal como lo pensaba Santo Tomás, todos los sacramentos se orientan hacia la Eucaristía, pero, ¿cómo mostrarlo? Sacramentum Caritatis nos lo indica con precisión y actualidad: “Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada uno y a toda la persona para cada uno de nosotros. Por eso, la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete constantemente a anunciar a todos a tiempo y destiempo (2 Tim 4,2) que Dios es Amor. Precisamente porque Cristo se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, “la Iglesia se dirige al ser humano, invitándolo a acoger libremente el don de Dios” (Sacramentum Caritatis, # 2). Como dijo Benedicto XVI en su misa de instalación como Obispo de Roma, “gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo”. Es el mismo Dios trino que siendo amor nos comparte su vida divina por el Sacramento. Por eso la Iglesia, “con obediencia fiel acoge, celebra y adora este don. El misterio de la fe es misterio de amor trinitario, en el cual por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar con San Agustín: Ves la Trinidad si ves el amor”. (SC # 8).

Para la mayoría de los católicos, la presencia viva de Cristo en el altar se entiende desde el relato de la institución de la Última Cena. Lo que quizás esté menos presente en los fieles es el papel del Espíritu Santo en la transubstanciación. El uso de las nuevas plegarias eucarísticas hace mas clara la invocación directa al Espíritu sobre las ofrendas, algo que en teología se denomina epiclesis. Esto es de suma importancia para que los fieles vean la obra trinitaria en la Eucaristía, que es puro y gratuito don del Padre obrando, como decía San Ireneo de Lyon, con sus dos manos obreras: el Hijo y el Espíritu. (Ver # 12 y 13). Y la Eucaristía, más que ningún otro evento, hace visible que Dios nos ama primero (1 Juan 4, 19).

Como enseñó el Concilio, “los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (P.O..# 5). Pero, de hecho, esta verdad no ha penetrado aún en la mayoría de los que trabajan en la obra de la Iglesia, ni en los que están activos en el apostolado seglar. Es mucha la generosidad, pero se necesita la vivencia sacramental desde una convicción personal profunda y madura. Y aquí radican muchas de las dificultades que encontramos en nuestra vida eclesial. Si nuestra visión de la Iglesia no es sacramental, no nos sentimos agentes de la comunión trinitaria, sino representantes de nuestros intereses y tareas, sin duda buenos, pero posiblemente desvinculados de esa sinfonía que es la Iglesia comunión, y que la Eucaristía expresa en su misma esencia. Por eso, los maestros espirituales de nuestra tradición dan tanta importancia a la purificación de la intención por el amor mismo de Dios. Nos dice el Santo Padre: “El Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el ágape se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el ágape de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros” (S.C. # 5).