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Un rayo de luz en la noche
Hace poco me desayuné con la noticia de que nuevos inmigrantes
se habían dejado la vida y todas las ilusiones que traían, en el
fondo del mar. Cada día siguen viniendo más y más sin medir
peligros… Sólo quieren llegar a Estados Unidos a costa de lo que
sea. Se me hiela la sangre al preguntarme si no se puede
remediar tanto desastre, tanta muerte… Y no quisiera que más
inmigrantes se lanzaran a la aventura, pero seguirán, porque no
hay fuerza humana que les pueda parar y yo sólo deseo para ellos
suerte en la travesía, larga vida y un futuro dichoso.
Ensimismado en mis pensamientos estaba cuando llegó Juana López
para hablar conmigo. Y cuando la escuchaba, me daba cuenta de
que hay situaciones en la vida que, mientras no nos toquen, no
nos afectan plenamente, pues puede haber compasión y, a veces,
algo entendemos, pero no nos identificamos plenamente hasta que
no nos involucra la realidad directa.
Juana es una joven salvadoreña. No lleva mucho tiempo en Miami.
Algunas veces escuchaba comentarios negativos sobre su país,
como “¡qué triste es la realidad, cuánta violencia hay!” A Juana
le dolía escuchar tantas cosas negativas y, a pesar de todo
esto, que era verdad, ella seguía amando a su tierra y soñando
con ella. Y sabía que había violencia, pero no tanta como se
decía. Hasta entonces, no le había tocado a ninguno de los
suyos, y jamás había pasado por su cabeza que pudiera
convertirse en una de tantas víctimas.
Todo marchaba francamente bien en la vida de esta joven
salvadoreña. Tenía salud, dinero, amor, proyectos… Como
católica, pertenecía a un grupo de oración y le gustaba orar por
las necesidades de los otros. “Gracias, Señor”, decía esta buena
mujer, “por no necesitar de nada”. Mas de pronto se le torció la
vida. Un día le diagnosticaron un defecto congénito en su
corazón, y era necesaria una cirugía urgente. Se asustó
muchísimo, porque sabía que podía quedar con algún trauma, o
morir. Pero recibió gran apoyo y oraciones de parte de su
familia, amigos y compañeros de trabajo. Sabía que no estaba
sola, que Dios caminaba con ella y que Él era su roca y su
fuerza. Llegó el momento de la operación, y todo fue un éxito.
Estaba en la etapa de recuperación cuando un nuevo
acontecimiento estuvo a punto de acabar con su existencia. Una
mañana se despertó con esta noticia: Habían asesinado a su
hermano en el Salvador. Sentía que el corazón que le acababan de
reparar, se le partía en mil pedazos. Pero inmediatamente se
arrodilló ante el Sagrado Corazón de Jesús y le pidió un
milagro: que no fuera verdad, que fuera una de tantas
equivocaciones que hay en la vida. Sentía que alguien le
arrebataba una parte de ella y no sabía por qué. Empezó a
preguntarse por qué la gente le pone precio a la vida, por qué
la quitan por unos centavos… Fue entonces cuando se le cayeron
las vendas de los ojos y se dio cuenta de la realidad que se
vivía en su tierra. No era la primera y, desgraciadamente,
tampoco la última persona que pasaría por una desgracia
semejante.
Juana y su familia decidieron empezar un proceso de
investigación para dar con el culpable, para que de alguna
manera se diera cuenta del daño que había hecho y, sobre todo,
para evitar que volviera, en un futuro, a hacer daño a alguien.
Mas Juana vio que se podía hacer muy poco o casi nada para
exigir justicia. Y su dolor aumentó, al comprender que los
intereses de muchos mueven los hilos invisibles de la vida de
los inocentes.
Y cuando daba vueltas a lo que me contaba Juana, pensaba que es
verdad que reinan la violencia y el miedo, y que medio mundo
anda en busca de otra tierra y otro pan, que arde el hogar
porque no hay buen entendimiento, que la vida es dura, que los
que llevan varios años en Miami siguen diciendo que aquí la
carne no tiene sustancia, que las frutas no tienen sabor y que
ni el vino sabe a vino, ni el pan a pan.
Pero también a mi mente llegaron imágenes de niños jugando en
los parques, construyendo castillos en la arena de la playas. Y
recordé a tanta gente que trabaja desinteresadamente, a tantos
padres de familia que luchan por los syos. Pensé, entonces, que
el único recurso que nos queda es volver a echar mano de
nuestros viejos sueños, de los buenos, de esos que dan paz y
levantan el alma, para poder sembrar nuevos amaneceres.
Y eché la vista más lejos, al pasado, y constaté que por cada
año que transcurre, por cada proyecto que termino, por cada
tormenta que paso, por cada correo que escribo, por cada puerta
que abro, por cada corazón que escucho, siempre descubro que
Dios camina conmigo. Y mientras el mundo sigue girando, yo
también voy marchando, a tientas a veces, otras como sonámbulo,
pero siempre me sale al paso un rayo de luz y de esperanza para
mis luchas y mis sueños, para seguir trabajando con y para los
demás.
Sacerdote carmelita descalzo.
mailto:eugona46@hotmail.com
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