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Redes de bendición
Todos los días debemos vivir la Resurrección de Jesucristo. El
tiempo favorable es hoy, para hacer cambios productivos y
renovaciones simbólicas que marcan la diferencia en nuestro
caminar por las sendas de Dios.
En el Evangelio de Juan, capítulo 21, Jesús se apareció a Sus
discípulos a orilla del lago de Tiberíades y les preguntó si no
habían pescado nada. Jesús los animó a que echaran las redes a
la derecha de la barca, y así comenzaron la pesca. Siguiendo los
mandatos de Jesús, los discípulos empezaron a pescar, y trajeron
a la orilla redes desbordadas de peces.
La Palabra de Dios dice: “Así lo hicieron, y después no
podían sacar la red por los muchos pescados que tenía” (Jn. 21:
6).
¿Qué nos dice esta lectura en relación a nuestra vida? ¿Qué
impacto experimentaríamos si Jesús apareciera frente a nosotros
y nos invitara a subir a Su barca? ¿Nos montaríamos en la
embarcación o saldríamos corriendo, espantados por la aparición?
En los momentos más difíciles de nuestra vida, Dios nos pone
delante un objeto flotante y cóncavo; una chalupa pequeña e
insignificante. Sin embargo, el temor que nos inspira el
montarnos en la endeble barca, nos conduce a menguar las
bendiciones que Dios desea brindarnos.
Para poder cruzar el lago satisfactoriamente, necesitamos tener
fe; y, para llegar a la otra orilla, precisamos tener certeza y
a la vez convicción.
Sin embargo, cuestionamos a Dios, diciendo en todo momento:
“Dios mío ¿por qué no sucede nada bueno en mi vida? ¿Por qué
pierdo mi tiempo? ¿Por qué no llego a un acuerdo con mi familia?
¿Por qué no encuentro trabajo? ¿Por qué no mejora mi salud? ¿Por
qué no tengo dinero? ¿Por qué mis hijos no obedecen? ¿Por qué
tengo tantos problemas?… ¿Por qué, por qué, por qué?
Cuando ponemos a Dios en el banquillo de la justicia, le
preguntamos el por qué de las cosas. Lo interpelamos, lo
retamos, lo ponemos contra la pared y después le damos la
espalda. No entendemos que Dios desea lo mejor para cada uno de
nosotros.
Él nos envía bendiciones desde lo alto, pero no sabemos cómo
interpretar Su gracia, porque estamos muy abrumados con lo que
sucede diariamente en nuestra vida.
La barca que nos lleva a la orilla, soporta el peso de nuestras
fragilidades y dudas. La barca que nos protege del mal tiempo,
nos lleva adonde tenemos que ir y nos desmonta de ella a salvo.
La barca que nos transporta al otro lado del lago, se asegura de
que estemos despiertos durante la travesía. Y para que vivamos
esperanzados, nos trae de vuelta al punto de partida, para que
pongamos los pies en tierra firme.
Pero, ¿qué pasa con nosotros? ¿Por qué no nos montamos en la
embarcación? ¿Por qué no ponemos los pies sobre la madera sólida?
¿Por qué se nos hace imposible dar el salto de fe? ¿Por qué no
nos hincamos de rodillas, para ser un poco más conscientes de la
profundidad del lago? ¿Por qué preferimos zambullirnos en el
lago, en vez de tomar el salvavidas que tiene por nombre
Jesús?
Simplemente… porque no tenemos valor ni confianza.
Estamos con las redes vacías, porque no sabemos pedir a Dios los
deseos más profundos del corazón. Nos cuesta trabajo inclinar la
cabeza y pedir bendiciones, ya que lo que deseamos suele estar
completamente fuera de la voluntad de Él.
Las redes que milagrosamente se llenaron de peces un día, ahora
están esperando por nosotros, para que coloquemos en ellas las
maravillas que provienen de Dios Todopoderoso.
Redes llenas de sabiduría, comprensión filial, ecuanimidad de
espíritu, paciencia en la tribulación, gozo en la tristeza,
humildad ante el fracaso y amor en abundancia.
¿Acaso no entendemos que Jesús es la barca, que significa no
hundirnos en el lodo del lago? ¿No sabemos lo que representa el
poder grandioso de Jesús, que nos salva en medio del diluvio y
el azote del viento? ¿No entendemos que Jesús provee recompensas
en cestas repletas de bendiciones?
Mejoras para la familia, beneficios para el cuerpo, bienestar
para el hogar, gracias espirituales y felicidad para nuestra
vida. Todos estos regalos nos son dados por Dios, para que
podamos vivir una vida agradecidos, no sólo por haber obtenido
Sus gratificaciones, sino para que creamos en Su Palabra y
vivamos fielmente Sus promesas.
Entremos en la barca, llenemos las redes, comamos el pescado.
Jesús nos está esperando en la orilla. ¡Dejemos nuestras
aflicciones en las márgenes del lago! ¡Amarremos nuestra barca
cerca de la misericordia de Dios! Comencemos a sacar el agua que
hunde nuestra barca, para que disfrutemos de las delicias del
amor de Dios.
Autora del libro
¡Mujer, levántate!
http://www.brisauniversal.com/
Noris@brisauniversal.com
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