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Taizé: Una experiencia de auténtica comunión

 Rogelio Zelada

Con la torpeza de quien llega por primera vez a un lugar desconocido, me extravié y, cuando llegué, la oración ya había comenzado. El templo estaba lleno; más de tres mil jóvenes, y un centenar de monjes de la Comunidad de Taizé, participaban intensamente en la plegaria del mediodía.

El canto de los salmos, con contagiosas melodías y sencillos estribillos repetidos una y otra vez en francés, en inglés, en italiano y en latín, lograba crear una fuerte cohesión entre todos, como si fuera disolviendo nuestras diferencias, tradiciones y culturas, para llevarnos a una extraordinaria, simple e intensa experiencia de auténtica comunión.

 El Hno. Roger en compañía
de dos niños.

Fotos: Cortesía de
Rogelio Zelada

Los monjes, que a manera de coro ocupaban el centro de la gran nave de la Iglesia de la Reconciliación, guiaban la oración con el simple apoyo de una guitarra y de un sencillo teclado, pero la música nos resonaba adentro con la evidente fuerza de una buena liturgia.

Los caminos que llevan a Taizé comenzaron a armar su nervadura en 1940, cuando Roger Schutz, hijo de un pastor de la Iglesia Reformada Suiza, llegaba en bicicleta a esta minúscula y tranquila aldea, afincada en una suave colina cerca de Lyon, en Francia.

Con estudios de teología en la facultad protestante de la Universidad de Lausana, Roger Schutz había descubierto su muy especial vocación durante la larga convalecencia de una tuberculosis pulmonar.

 Una sencilla cruz de madera, recostada al viejo muro de la iglesia del pueblo, marca la tumba del Hno. Roger.

Sin entender, ni aceptar, que los cristianos hablaran todo el tiempo de un Dios de amor, perdón y reconciliación, y perdieran tantas energías luchando unos contra otros, poco a poco alcanzó una doble intuición que guiaría su vida hasta el final: la reconciliación entre los cristianos y la búsqueda de una profunda experiencia de Dios, dentro del ideal de la vida monástica; un estilo de vida anatematizado por Martín Lutero y rechazado por los protestantes desde el siglo XVI.

Un pueblo perdido en el mapa

Acaba de comenzar la segunda Guerra Mundial cuando Roger Schutz abandona Suiza, donde había nacido, para establecerse en Francia, la tierra de su madre, en la Borgoña, muy cerca de las ruinas del gran monasterio de Cluny, la abadía donde, en el siglo XI, nació el gran movimiento renovador de la Iglesia occidental.

Una señora anciana lo acoge en su casa. Taizé es apenas un villorio al que se llega por vericuetos de tierra; un pueblo perdido en el mapa al que no han llegado la electricidad ni el teléfono, y el agua hay que sacarla del pozo comunitario.

Con dinero prestado compra una casa abandonada y acondiciona sus dependencias para recibir a refugiados judíos, católicos y protestantes, que escapan de los estragos de la guerra. En perfecta convivencia, todos compartirán la sencilla sopa hecha con la harina de maíz que el molinero del pueblo les vende a bajo costo.

En 1949, siete hermanos protestantes se unirán al Hno. Roger para compartir su vocación y su compromiso de vivir los ideales monacales de celibato, sencillez de vida, trabajo y oración comunitaria; pronto se integrarán los primeros católicos y también se sumarán hermanos luteranos, anglicanos y ortodoxos.

Hoy día la comunidad ecuménica de Taizé reúne a más de un centenar de hombres, jóvenes en su mayoría, procedentes de unos 30 países. Bajo la misma regla conviven sacerdotes católicos, pastores protestantes y religiosos, de muy diverso origen y cultura. Taizé es una parábola en acción, un signo visible de reconciliación entre cristianos divididos y pueblos separados.

Los hermanos se sostienen con su propio trabajo; no aceptan ningún donativo, ni tampoco regalos, y la herencia familiar debe ser donada a los más pobres.

Un centro internacional de oración

A partir de 1950, Taizé se fue convirtiendo en un centro internacional de oración con enorme atractivo para los jóvenes.

Cada año, desde el comienzo de la primavera hasta el final del otoño, todas las semanas, miles de jóvenes de todos los continentes y países son acogidos por la comunidad de Taizé, que los ayuda a recorrer el camino que conduce hacia las fuentes de la confianza en Dios.

En comunión con muchos otros, los jóvenes emprenden una peregrinación interior, en la búsqueda de un sentido para sus vidas. A través de la vida en común se les anima a construir relaciones de solidaridad, acogida y reconciliación.

Cada día los hermanos de la comunidad les dan instrucciones bíblicas y proveen espacios de reflexión e intercambio de ideas, y los invitan a participar en las tareas de servicio, especialmente necesarias sobre todo cuando se congregan de seis a siete mil jóvenes de ambos sexos (la comida y el alojamiento son gratuitos). A pesar de esta gran concentración humana, se vive a diario un clima de silencio que invita a escuchar la Palabra.

El corazón de Taizé es la oración común, que tres veces al día reúne a todos en la iglesia de la colina para una misma alabanza al Señor, a través del canto y del silencio. Impresiona la belleza de la música que enmarca estas liturgias intensas y profundas; una forma de orar muy cercana a la gente, donde se puede entender y gustar de los salmos.

El Hno Roger vivió una honda cercanía con el Papa Juan XXIII, que lo invitó al Concilio Vaticano II; una fuerte amistad con el papa Pablo VI y tambiém con Juan Pablo II, que lo visitó en octubre de 1986.

Cercana y afectuosa fue su relación con la Madre Teresa de Calcuta y con el Cardenal Joseph Ratzinguer, que le dio la comunión en la misa de exequias de Juan Pablo II, a la que asistió enfermo y en silla de ruedas. Una comunión recibida ante las cámaras de televisión del mundo entero, que testimoniaron su ya plena comunión con la Iglesia Católica.

El Hermano Roger de Taizé tenía 90 años cuando fue acuchillado por una desquilibrada el 16 de agosto de 2005, delante de dos mil personas, mientras presidía la oración de la tarde.

Sus exequias fueron presididas por el Cardenal Kasper, que presentó al Hno. Roger como “uno de los grandes líderes y padres espirituales de nuestro tiempo”.

Mas de doce mil personas, procedentes de los cinco continentes, asistieron a su entierro, junto a gran cantidad de sacerdotes y obispos católicos y autoridades protestantes, anglicanas y ortodoxas de toda Europa. A cargo de la comunidad quedaba como prior el Hno. Alois, uno de los cuatro sacerdotes católicos de la comunidad.

En medio de la multitud algunos carteles pedían su canonización: Santo Súbito; de seguro que el Hno. Roger se hubiera sonrojado y pedido discretamente que los retiraran.

Su tumba, marcada por una sobria cruz de madera recostada al viejo muro de la iglesia del pueblo, se ha convertido en lugar de peregrinación y espacio de oración silenciosa.

Ante ella volví a meditar en unas palabras suyas, que siempre me acompañan: “Jamás, nunca jamás, podría ser Dios torturador de la conciencia humana. Él entierra nuestro pasado en el corazón de Cristo y se ocupa de nuestro futuro. Si tuviéramos que amar a Dios por temor a un castigo, eso no sería amarlo. Dios viene a revestirnos con su compasión. Teje nuestra vida, como si se tratara de un precioso traje, con los hilos de su perdón. La certeza de su perdón es una de las más ricas realidades del Evangelio. Nos hace libres, incomparablemente libres”.