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Entre hermanos

Hno. Arturo Guerra, LC
Especial para La Voz Católica
Llegué un par de minutos antes de que empezara la misa de la
1:30 en una parroquia de aquella ciudad. Entré.
Me encontré con un nutrido grupo de hombres y mujeres en callada
piedad; desde mi punto de vista, muy mayores. Sólo
desentonábamos una mamá, su inquieto bebé que desde un carrito
azul se esforzaba por dejar claro que estaba presente, y yo.
Es posible que, llegados a este punto, a alguien se le ocurra
comentar que a la Iglesia sólo van los viejos porque no tienen
nada que hacer, porque no saben cómo administrar su
aburrimiento, porque comienzan a temer irracionalmente el
después de la muerte…
Pero dudo mucho que esos pensamientos reflejen la realidad.
Son ellos quizá los que asisten a la Iglesia más libremente…
Algunos están ahí después de haberlo probado todo en la vida
(excepto a Dios) y finalmente han descubierto en Él una
felicidad que sabe a eternidad. Otros vuelven con lágrimas en
los ojos después de haber malgastado la fortuna lejos de la casa
del Padre. Otros nunca se marcharon; han estado ahí todo el
tiempo porque desde siempre Dios ha fundamentado su plenitud
humana y su realización como personas.
¡Qué historias detrás de cada uno de ellos, qué itinerarios, qué
depósitos de experiencias, qué caminos, qué sedimentos de
vivencias multicolores, qué pluralidad de modos de vida!
Sí, ellos vislumbran una eternidad ya cercana… Pero ésa es una
eternidad que a todos nos aguarda. No sólo a ellos. Ninguno de
nosotros sabemos ni el día ni la hora. Es un misterio que ningún
científico, ninguna técnica, ninguna ideología han podido
explicar ni descifrar: simplemente porque no les compete.
Unos con bastón, otros con temblores, otros no pueden ya
arrodillarse, otros hacen su mayor esfuerzo por realizar un
gesto de adoración en la consagración, ese momento en el que un
trozo de pan y unas gotas de vino se convierten en el Cuerpo y
la Sangre de Cristo.
Cómo debería interpelarnos su religiosidad, cómo deberíamos
acordarnos de que la vida es breve, de que tarde o temprano esa
vida llegará a su fin, de que nuestra juventud y nuestros
proyectos pasarán más rápido de lo que nos imaginamos, de que al
final de la vida lo único que va a quedar será lo que hayamos
hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres, de que
entonces muchas cosas se habrán ya evaporado porque realmente no
eran importantes a pesar de los muchos años y años que hayamos
dedicado a acariciarlas: dígase salud, dinero…
Entre estas personas puede percibirse una fina sensibilidad
hacia el mundo sobrenatural. Para algunos de ellos el hecho de
conocer demasiado el mundo les ha dejado vacíos y les ha
acercado al mundo espiritual, al de Dios, donde ni la polilla
carcome ni la herrumbre corroe. No es que hayan dejado de amar
su planeta, su terruño, sus seres queridos. Siguen siendo de
este mundo. Tan de este mundo que una de las presentes venía de
sus compras y había dejado sobre el muro un par de bolsas
repletas, de las que sobresalía un frasco de detergente para
pisos. Pero se han hecho más sensibles a una realidad que antes
sólo conocían de lejos y que ahora, en cierto sentido, son
capaces de tocarla.
También el sacerdote celebrante era anciano. Sobre la nariz
llevaba una gasa blanca. Su dicción a veces se entrecortaba.
Pero ese rostro parchado y esa voz quebrada traslucían una
bondad acendrada y añeja, fruto de muchos inviernos al servicio
de Dios y de los hombres.
Cuenta Tatiana Góricheva –una rusa ortodoxa conversa desde el
ateísmo más militante– que durante los años más represivos
contra la religión por parte del gobierno soviético, agentes
estatales le “profetizaban” a un sacerdote ortodoxo más o menos
en estos términos: “Dése cuenta de que su Iglesia morirá pronto,
basta que usted constate que actualmente a su iglesia sólo
asisten unas cuantas viejas ignorantes; una vez que mueran esas
ancianas, usted se quedará sin trabajo y podremos dar el último
adiós a su religión, que quedará como reliquia de un pasado
oscurantista y supersticioso”. Y lo curioso es que la Unión
Soviética, como sistema, es ya una triste reliquia del pasado.
El bebé, como buen bebé, en algún momento de la misa lloró
sonoramente… Y es muy posible que él, cuando alcance la edad de
80 años, allá por el año 2087, asista a la misa de 1:30 en esa
parroquia; y quizá vendrá acompañado de alguno de sus inquietos
nietos, recostado en un carrito azul o amarillo o negro…
Junto a ese bebé, yo también me sentí un poco intruso en tan
madura asamblea. Pero, al mismo tiempo, me sentí en casa, en
familia, como hermano pequeño en la fe. Esa fe que lleva
trasmitiéndose dos mil años de generación en generación.
Gracias, hermanas y hermanos mayores.
Seminarista.
Estudia actualmente en Roma.
mailto:aguerra@arcol.org
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