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Testigos de la Fe
El mártir Fray José López Piteira se convertirá en el primer
cubano beatificado por la Iglesia
Con aire sereno, Fray José mira asombrado a los policías
nacionales que han irrumpido en la sala capitular del convento
para reclamar la presencia de los 107 frailes de la comunidad
agustina de San Lorenzo del Escorial. En un legajo mal escrito
traen órdenes del ministro de Gobernación que convierten a todos
los religiosos en prisioneros de su propio monasterio.
No han sido buenas las noticias que han estado llegando desde el
mes de julio; conventos, iglesias y monasterios saqueados e
incendiados; el patrimonio de la Iglesia confiscado, antiguas
imágenes sagradas y obras de arte destruidas. Graves rumores
avisan de asesinatos de obispos, sacerdotes y religiosas, y Fray
José Lopez Piteira, religioso de la Orden de San Agustín, está
convencido de que el martirio es una posibilidad muy cercana,
que deberá compartir con sus hermanos de vida religiosa.
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Fray
José López Piteira, nacido en Cuba en 1913 y asesinado en España
en 1936, durante las persecuciones desatadas por los comunistas
contra la Iglesia, forma parte de un grupo de 498 mártires que
serán beatificados en Roma en el otoño de este año. Fotos:
Cortesía de Rogelio Zelada y del P. Raúl
Rodríguez Dago |
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Nacido en San José de Arroyo Blanco, Jatibonico (provincia de
Camagüey, Cuba), el 27 de marzo de 1913, José López entró a los
16 años en el convento de Nuestra Señora del Buen Consejo de
Leganés, para comenzar allí su noviciado como religioso
agustino. Profesó sus votos solemnes en la comunidad del
Escorial, el 16 de julio de 1934, día de Nuestra Señora del
Carmen, y fue ordenado diácono el 8 de septiembre de 1935,
fiesta de Nuestra Señora de la Caridad, patrona de Cuba.
De mediana estatura, rubio y de buena presencia, su carácter
bondadoso se hace sentir en la comunidad, que aprecia su afición
por la música y ha reconocido en el joven religioso a un
estudiante dedicado, entusiasta y alegre, observante de las
reglas y deberes de la orden; de vida realmente ejemplar, con
una muy decidida y firme vocación; un hombre feliz apoyado en
una intensa vida de oración y piedad.
El 6 de agosto de 1936, los 107 frailes del Escorial fueron
llevados en tres camiones a los calabozos de la Dirección de
Seguridad de Madrid. A la noche los trasladan al colegio de San
Antón, expropiado a los padres escolapios y convertido en
prisión por el ministro Galarza.
Rápidamente, la familia de Fray José intenta mover los hilos de
la diplomacia para conseguir su libertad, y acude al Ministerio
de Asuntos Exteriores de la República, ya que el joven
estudiante es ciudadano cubano y, por tanto, extranjero en
España. Pero él no quiere acogerse a este privilegio, que lo
apartaría de sus hermanos; no quiere salvar su vida, si su
comunidad la pierde: “Están aquí todos ustedes que han sido mis
educadores, mis maestros y mis superiores. ¿Que voy hacer yo en
la ciudad? Prefiero seguir la suerte de todos y que sea lo que
Dios quiera”.
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Fueron casi cuatro meses de sufrimiento, de hambre y malos
tratos. Finalmente, un juicio sumario los condenó a muerte sólo
por ser religiosos. El 30 de noviembre de 1936, día de San
Andrés, apóstol y mártir, a primeras horas de la mañana, lo
sacaron de la prisión y lo despojaron de todo lo que llevaba
encima; le ataron las manos a la espalda y junto con otros 50
agustinos lo asesinaron de un tiro en la cabeza en las afueras
de Madrid, en Paracuellos de Jarama. Murió, como todos los
demás, perdonando a sus verdugos, sin odio alguno, en la
entereza de la fe, lleno de valor y fortaleza cristiana,
mientras gritaba “¡Viva Cristo Rey!”
Tenía 23 años de edad y sólo le faltaba uno para ser ordenado
sacerdote.
La próxima beatificación de Fray José López Piteira es un regalo
providencial del Espíritu Santo: que el primer cubano elevado al
honor de los altares sea precisamente un mártir de la
persecución religiosa desatada por los comunistas en España, es
un signo extraordinario de la delicadeza de Aquel que mueve
todos los hilos de la historia, y una comprometedora invitación
a dar testimonio de la fe y el amor a la Iglesia, hasta las
últimas consecuencias.
Serán beatificados 498 mártires
Fray José López forma parte de un grupo de 498 mártires que
serán beatificados en Roma en el otoño de este año, posiblemente
el 28 de octubre. Entre ellos hay dos obispos, veinticuatro
sacerdotes diocesanos, cuatrocientos sesenta y dos religiosos,
un diácono, un subdiácono, un seminarista y siete laicos. Dos
son hermanos de la Salle, nacidos en Francia, un dominico y un
carmelita mexicanos, y un agustino cubano.
Ciento cuarenta y cinco tenían entre veinte y treinta años de
edad; había también algunos muy jóvenes, de 16 y 19 años, y
también un buen grupo de venerables sacerdotes muy ancianos.
Otras muchas causas de beatificación, que aglutinan a varios
miles de mártires, están actualmente en proceso a través de la
Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia
Episcopal Española y la Congregación de las Causas de los
Santos, en Roma. Uno de estos mártires es un hijo de la Casa de
Beneficencia, Fray Jaime Oscar Valdés, O.H., religioso cubano de
la Orden de San Juan de Dios, nacido en la Habana, en 1891.
El 7 de agosto de 1936, mientras estaba a cargo de la ropería
del Asilo-Hospital de la Malvarrosa, en Valencia, pistoleros de
la izquierda republicana allanaron violentamente el hospital
infantil; luego de revisar y revolver cada rincón de la casa,
detuvieron a todos los hermanos de San Juan de Dios y los
asesinaron en dos grupos.
Fueron fusilados en los Oliveretes, cerca de los muros del
cementerio del Cabañal, junto a la vía del tren de Barcelona.
Los ametrallaron mientras los religiosos gritaban “¡Viva Cristo
Rey!”
Fray Jaime Valdés tenía 45 años de edad y llevaba 22 años
sirviendo día a día a los enfermos como hermano hospitalario de
San Juan de Dios.
En el siglo XX, por dar testimonio de su fe, miles de cristianos
murieron en México, en Corea del Norte, en China, en Albania, en
Alemania, en diversos países de África, en el Líbano, en
Cambodia, en América Latina, y en casi todos los países del
mundo.
La Iglesia Ortodoxa Rusa perdió más de 200,000 miembros, entre
obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que fueron
asesinados violentamente durante la persecución desatada en
Rusia en los años 30.
Desde el 28 de octubre próximo, el Caribe podrá sumar tres
beatos; uno nacido en Haití, asesinado en la iglesia de los
carmelitas en París, durante la revolución francesa; otro nacido
en Puerto Rico, modelo de laico y de fidelidad a la Iglesia, y
uno, hijo de Cuba, mártir de la persecución religiosa en España.
Cuando Juan Pablo II, el Grande, convocó a la celebración del
gran jubileo del año 2000, invitó a toda la Iglesia Universal a
no olvidar el testimonio de los mártires y a defender
celosamente su memoria. En aquel momento, con la Bula
Incarnationis Mysterium, el papa nos quiso recordar que
“ellos son los que han anunciado el Evangelio, dando su vida por
amor. El mártir, sobre todo en nuestros días, es signo del amor
más grande, que compendia cualquier otro valor. Su existencia
refleja las supremas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz:
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos
rzelada@theadom.org
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