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Celebrando el misterio que se ha de creer

Segunda parte del análisis de la
carta apostólica Sacramentum Caritatis,
de Benedicto XVI (LVC, mayo de 2007, p. 16).
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Mons.
Felipe J. Estévez, Obispo Auxiliar |
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La segunda parte de la carta apostólica Sacramentum Caritatis
es la que contiene el número mayor de orientaciones prácticas.
Desde el inicio establece que la fuente de la fe y la
celebración eucarística es la donación misma de Jesucristo en su
muerte y resurrección.
Este evento está lleno de luz (la gloria divina) y nos atrae en
su misma realidad. A esta atracción se le llama lo bello. Por
eso, la recta celebración de la liturgia atrae y evangeliza: “la
belleza por lo tanto no es un elemento decorativo de la acción
litúrgica, es mas bien un elemento constitutivo, ya que es un
atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo
esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica
resplandezca según su propia naturaleza” (No. 35).
Más adelante, la carta explicará que el arte sacro está al
servicio del sentido de la liturgia. O sea, la pintura, la
escultura, la arquitectura, la iconografía, necesitan conocer
profundamente el arte sacro y las orientaciones litúrgicas de la
Iglesia. Y aplica el mismo principio hacia el canto litúrgico.
El párrafo 42 debería ser lectura estimulante para todos los
coros, ya que nos dice: “No podemos decir que en la liturgia
sirve cualquier canto”. Y “se ha de evitar la fácil
improvisación”, porque “el texto, la melodía, la ejecución, han
de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes
del rito, y a los tiempos litúrgicos”, y sugiere al final “que
se valore adecuadamente el canto gregoriano”. Este último punto
lo vuelve a tomar en el párrafo 62, donde sugiere que en los
encuentros internacionales, y en los seminarios, se tomen
iniciativas en favor del latín y el canto gregoriano, al menos
en algunas partes de la liturgia.
La idea principal que se enseña con insistencia es que la forma
de celebrar, debe de respetar cuidadosamente las normas
litúrgicas, a la vez que facilita la participación activa y
fervorosa de los fieles cristianos, porque “la liturgia tiene
por su naturaleza una variedad de formas de comunicación que
abarca todo el ser humano. La sencillez de los gestos y la
sobriedad de los signos realizados en el orden y en los tiempos
previstos, comunican y atraen más que la artificialidad de
añadiduras importunas” (No. 40). Más adelante, vuelve a precisar
que la participación en la misa se debe entender en “términos
más sustanciales”, entendiendo mejor la liturgia y viviéndola
mejor en el mundo (No. 52).
Acto seguido, Su Santidad Benedicto XVI hace un recorrido sobre
las principales partes de la misa, “que requieren un especial
cuidado en nuestros tiempos”:
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Pide lectores bien instruidos que pudieran dar breves
moniciones para comprender mejor la Palabra e iniciar a los
fieles en la liturgia de la horas.
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Pide a los obispos, sacerdotes y diáconos, homilías
concretas, catequéticas y exhortativas.
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No enfatizar la presentación de las ofrendas “con añadiduras
superfluas”.
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Moderar el rito de la paz… “limitándolo a los más cercanos”.
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Dejar un tiempo de acción de gracias después de la comunión,
ya sea con un canto o, sobre todo, en el recogimiento en
silencio.
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Pide disponer de textos que al final, en la despedida,
destaquen la misión de los fieles en la sociedad.
-
Apoya el que prosigan los esfuerzos por realizar
adaptaciones según las culturas, pero siguiendo de cerca las
normas de la Santa Sede.
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Aconseja que las eucaristías en pequeños grupos se celebren
tratando de “servir para unificar la comunidad parroquial,
no para fragmentarla”.
-
Recomienda, siguiendo de cerca el querer de los obispos del
sínodo, promover catequesis de carácter mistagógico,
formando bien a los que las impartan.
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Prefiere que el lugar del sagrario esté cerca del
presbiterio, o en el presbiterio mismo, y claramente
identificado.
Concluye esta segunda parte, haciendo un llamado a venerar mejor
el misterio eucarístico, por la promoción de la adoración, ya
que la adoración es un complemento intrínsico, y por lo tanto,
indispensable para la santa misa. Y, recuerda a San Agustín,
quien enseñaba: “nadie come esta carne sin antes adorarla”,
aunque de hecho la misa es, en sí misma, el acto más grande de
adoración. Recomienda ardientemente a los Pastores indicar
“iglesias y oratorios que puedan dedicarse a la adoración
perpetua”.
También pide a las parroquias que promuevan “momentos de
adoración comunitaria”, tales como procesiones en la solemnidad
de Corpus Christi, la práctica de las cuarenta horas, congresos
eucarísticos, y otros más.
Para Benedicto XVI, “la adoración fuera de la santa misa
prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración
litúrgica, ya que sólo en la adoración puede madurar una acogida
profunda y verdadera. Y precisamente, en este acto personal de
encuentro con el Señor, madura luego también la misión social
contenida en la eucaristía, y que quiere romper las barreras, no
sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo, las
barreras que nos separan a los unos de los otros” (No. 66). Y
hacia esta misión social de la eucaristía nos encaminaremos al
analizar la tercera y última parte de la carta apostólica, que
contribuye a la difusión de una cultura eucarística en la
Iglesia, en los inicios de este milenio prometedor de una nueva
primavera en la Iglesia Católica.
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