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Jesús y su Estrella

 Aurelio Fernández

Sé que pensarán al leer este título que me he adelantado en el tiempo litúrgico; pero no, esta nota no tiene relación directa con ningún tema o símbolo navideño, aunque sabido es que el sentido de renovación que nos trae la celebración del nacimiento del Niño Dios nos acompaña todo el año.

Hoy quiero reseñar un hecho que no sólo tiene importancia en sí mismo, sino que es más trascendente y valioso por las circunstancias que lo rodean. Y es que recientemente asistí en mi parroquia al 50º aniversario matrimonial de la pareja compuesta por Jesús y Estrella, dos activos miembros de mi comunidad parroquial, que en una cálida tarde, a finales de la primavera de 1957, en su natal Santa Clara, Cuba, decidieron unir sus vidas ante Dios y los hombres.

Mantener el vínculo matrimonial durante cinco décadas es en sí una bendición, a la vez que un ejemplo. En un mundo en que cada vez se preconizan y sobreponen los intereses personales a los de la pareja, donde la fidelidad, la tolerancia y el respeto parecen requerir un esfuerzo demasiado extremo, la resultante inevitable son los menos frecuentes matrimonios duraderos. Es por eso que una celebración de este tipo debe hacernos reflexionar en nuestro compromiso conyugal y en cómo alentar y avivar el amor que lo nutre y sostiene.

Así las cosas, el otrora joven matrimonio de profunda formación salesiana hizo suyo el lema de San Juan Bosco: “La ayuda de Dios no falta cuando se trabaja de veras y con fe”, y se lanzó a la tarea de crear una familia sin desatender sus compromisos de cristianos comprometidos. Como muchos de sus compatriotas, un día dejaron la tierra de sus mayores y de sus ilusiones y, con sus dos hijos, pusieron proa al futuro sin más equipaje que la esperanza y el amor que los unía.

Una vez en su nuevo entorno, la novel familia enfrentó los retos propios de todos los que emigran, al tiempo que se incorporaban a las labores parroquiales desarrollando su especial vocación: la formación juvenil.

Muchos y muchos jóvenes recibieron de Jesús y Estrella no sólo su comprensión, su ayuda, sino también una sólida formación acorde con los valores del Evangelio. A través de décadas de trabajo y ejemplo, este dúo formidable fue “luz y sal” para muchos, extendiéndose su ministerio también a la formación de adultos, así como a otros ministerios en la comunidad.

El verlos en la misa de aniversario congregados junto a sus hijos y nietos, en presencia de un nutrido grupo de hermanos y hermanas que en su momento bebieron del manantial de amor y consejo de esta pareja, que reciprocó en amor el mucho amor que recibieron de Dios, es en si quizás la más bella acción de gracias.

Valga el ejemplo y valga la enseñanza que nos llegan siempre que Dios habla con el lenguaje de la entrega y el servicio, y muchas felicidades y bendiciones a “este Jesús que confió en su Estrella y a esta Estrella que siguió y guió a su Jesús”.

Como afirma la Encíclica Dominum et Vivificantem: “El camino de la Iglesia pasa a través del corazón del hombre”.

 Feligrés de St. Dominic.
mailto:afernan1@mdc.edu