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Edith Stein, la santa católica que murió por amor a su pueblo
judío
Edith Stein, o santa Teresa Benedicta de la Cruz, nació en
Breslau (entonces Alemania y hoy Polonia), en 1891, el día del
Yom Kippur, el día del Gran Perdón en el judaísmo, que ese año
cayó el 12 de octubre. “Mi madre siempre dio una gran
importancia a ese hecho”, escribe Edith, “y pienso que nada
contribuyó tanto como esto a tenerle un cariño especial a su
última hija”. Fue la última de los 11 hijos del matrimonio
compuesto por Sigfrido Stein y Augusta Courant. Su padre murió
cuando ella apenas contaba 2 años de edad.
Edith se convierte en una de las primeras mujeres que acceden a
la universidad. Ella aprendió desde pequeña algo que repetirá
siempre: “Es más importante ser buena que ser inteligente”. Y
ella era inteligente, pero era, sobre todo, buena de verdad.
En 1915, Edith se alista como voluntaria en la Cruz Roja para
atender a los heridos infecciosos cerca del frente. “Ahora mi
vida no me pertenece. Todas mis energías están al servicio de
este gran acontecimiento. Cuando haya terminado la guerra, si
sigo viviendo, entonces podré pensar de nuevo en mis asuntos
privados”.
Edith fue una mujer apasionada por la búsqueda de la verdad, y
por la verdad era capaz de sufrir, pues, según nos dice ella
misma, una vez que tenía que declarar en el juzgado de Breslau,
“prefería ir a la cárcel antes que mentir”.
La conversión es un proceso largo y arduo y así ocurrió con
Edith antes de abrazar la fe católica. En 1916, mientras
visitaba la catedral de Frankfurt, le impresionó profundamente
el ver entrar a una señora que depositó su cesta en el suelo y
se arrodilló, permaneciendo en oración silenciosa. Nunca
olvidaría esa escena, pues nunca había visto en su vida a una
persona que acudiera al templo vacío y permaneciera recogida en
silencio “como si de una conversación confidencial se tratara”.
Otro caso que le llamó la atención fue el testimonio de la viuda
de su amigo Reinach. La joven viuda le explicó a Edith que
sacaba fuerzas de la fe en Cristo crucificado, que resucitó de
entre los muertos. “En ese momento, mi incredulidad se hundía, y
yo vislumbré por vez primera la fuerza de la Cruz”.
Poco a poco fue cambiando su fe y algunas lecturas, como las
Confesiones de San Agustín y los Ejercicios Espirituales
de San Ignacio le ayudarán, sin duda, en este largo camino. La
resolución definitiva llegará en una tarde del mes de junio de
1921, mientras estaba con unos amigos en casa de los Conrad-Martius;
allí buscó un libro para entretenerse y sacó de una estantería
el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús. La misma
santa se refiere a esta lectura cuando dice: “Desde que en el
verano de 1921 cayó en mis manos la Vida de nuestra Madre
Santa Teresa y puso fin a mi larga búsqueda de la verdadera fe…”
El 15 de abril de 1934 toma el hábito con el nombre de Teresa
Benedicta de la Cruz. Ella misma nos explica el significado que
dio a su nombre religioso: “Cuando elegí el nombre de la Cruz,
lo hice por el destino de mi pueblo, porque ya entonces se podía
prever que iba a sufrir mucho. Pensé que quienes entendíamos que
los acontecimientos políticos significaban para nosotros la Cruz
de Cristo, tendríamos que llevar esa Cruz en el nombre de
todos”. Y la cruz es para ella fuente de vida y esperanza, que
le llena de paz, energía y alegría.
En la oración encontró la fuerza para esa entrega, inclusive
hasta el martirio. “La oración es el trato del alma con Dios.
Dios es amor, y amor es bondad que se regala a sí misma; una
plenitud existencial que no se encierra en sí, sino que se
derrama, que quiere regalarse y hacer feliz. A ese desbordante
amor de Dios debe toda la creación su ser… La oración es como la
escala de Jacob, por la que el espíritu humano trepa hacia Dios
y la gracia de Dios desciende a los hombres”.
Aunque no se sabe nada de los últimos momentos de la vida de
Edith, que murió en una cámara de gas de Auschwitz el 9 de
agosto de 1942, sí nos consta que no se lamentó, sino que se
alegró de poder ser “víctima” de la lucha por la justicia y los
derechos humanos. Ella, como Cristo y tantos mártires, perdonó a
sus enemigos. En su testamento, redactado en 1939, había
escrito:
“Desde ahora acepto con alegría y con perfecta sumisión a su
santa voluntad, la muerte que Dios me ha reservado. Pido al
Señor que se digne aceptar mi vida y mi muerte para su honor y
su gloria; por todas las intenciones del Sagrado Corazón de
Jesús y de María y de la Santa Iglesia, de modo especial por el
mantenimiento, santificación y perfección de nuestra Santa
Orden, particularmente los Carmelos de Colonia y Ech; en
expiación por la incredulidad del pueblo judío y para que el
Señor sea acogido por los suyos y venga su reino de Gloria; por
la salvación de Alemania y la paz en el mundo; finalmente, por
mis familiares, vivos y difuntos, y por todos los que Dios me ha
dado: que ninguno de ellos se pierda”.
Sacerdote carmelita descalzo
eugona46@hotmail.com
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