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Ateísmo, curioso fenómeno

 P. Eduardo M. Barrios, SJ

Investigaciones antropológicas y descubrimientos arqueológicos muestran que desde que el homo sapiens comenzó a moverse bípedamente sobre la tierra, practicaba el culto a Dios (o dioses). El animal rationalis se comportaba como animal religiosum.

Ahora bien, temprano en la historia, los humanos mordieron el anzuelo de “ser como dioses” (Gen 3,5), y desde entonces se les dificulta más vivir su naturaleza religiosa. La voz de Dios, susurro en la conciencia y bien explícita en el Decálogo, tropezaría contra el egoísmo humano, tan reacio a disciplina, abnegación y autocontrol.

Un autor sapiencial atribuye el ateísmo a insensatez: “Son necios los hombres que han desconocido a Dios, y no fueron capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles” (Sab. 13, 1). Con todo, en la antigüedad el ateísmo era raro. Más bien había excesiva religiosidad, o sea, politeísmos.

Sólo a partir del siglo XVIII cobra fuerza la increencia por obra de caviladores que veían contradicción entre libertad humana y obediencia a Dios. Para ellos, ésta atentaría contra la dignidad del ser racional.

No todos los ateos caben en el mismo saco. Hay ateísmos light, que circulan bajo nombres como relativismo, escepticismo, agnosticismo e indiferentismo.

Pero también existe el ateísmo militante, el de quienes atacan a Dios y creyentes. No creen en Dios, pero no logran quitarse de la mente al “Inexistente”. Fenómeno curioso, pues quienes no creen en las sirenas, damiselas piscihumanas de los mares, no se molestan en combatirlas.

El ateísmo virulento se ha revelado muy destructivo cuando se alza con el poder político del Estado. Ateos como Mao Zedong y Stalin dejaron millones de víctimas a su paso. Y en la Albania de Hoxha, bautizar a un niño era crimen punible con la pena capital.

Aunque los ateos no tengan la razón, sí tienen razones. Argumentan que la fe es indigna de tiempos pautados por la ciencia. Pero ese argumento hurta contra las pléyades de científicos, literatos y artistas que se declaran razonables y creyentes. Recientemente el descifrador del genoma humano, Fancis Collins, publicó The language of God. El ilustre científico no ve contradicción entre su profesión y su fe, y afirma que la complejidad del universo no se explica por el azar.

Otros ateos no pueden creer en un Creador tan “chapucero”, y señalan las sequías, terremotos y huracanes. También se niegan a aceptar a un Dios tan inmisericorde que permite el sufrimiento de niños e inocentes. En el fondo, se desea un Dios manipulable y plenamente comprensible, una hechura a nuestra imagen y semejanza. Se prescinde, además, del impacto del pecado humano sobre la historia e incluso la naturaleza. Actualmente hay más pecado ecológico que nunca.

Los ateos también se distancian de la fe por las inconsecuencias de tantos “creyentes” que viven como si Dios no existiera. Es cierto que abundan los creyentes que con su mala vida le hacen flaco servicio a Dios. Pero, ¿por qué no mirar también a los modelos de creyentes? Ahí están las hagiografías de los héroes y heroínas de Dios. A Santa Teresa nada le ayudó tanto en su crecimiento espiritual como la biografía de Santa Catalina de Siena.

Sirva de atenuante al ateísmo el hecho de que con frecuencia no se les ha presentado a los ateos el verdadero rostro de Dios-Amor, sino una caricatura suya. ¡Qué difícil es conocer al Dios verdadero y no amarlo!

No hay nadie más digno de lástima que un ateo. Se priva de la verdadera felicidad. No estamos aludiendo al más allá. Incluso en el más acá no puede haber auténtica paz y felicidad sin el conocimiento y amor de Dios. Lo afirma en sus Confesiones San Agustín, el doctor de Hipona: Fecisti nos, Domine, ad Te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te (“Nos creaste para ti, Señor, e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti”).

Sacerdote jesuita.
Ebarriossj@aol.com