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El Colegio de Belén celebra 25 años de misiones

Yédica Leal
La Voz Católica

Cada año un grupo de estudiantes, padres, profesores y ex alumnos del Colegio de Belén, viajan a los puntos más remotos de la República Dominicana como misioneros. El movimiento Belen Youth Missions, fundado por el P. Eduardo Álvarez, S.J, en 1981, tiene como propósito que los jóvenes aprendan la humildad y sabiduría de los campesinos. Este último viaje, el cual se realizó del 6 al 15 de julio, marcó el 25 aniversario de la organización.


El puente, que durante la temporada de lluvias servirá a los campesinos del lugar para evadir los desbordamientos, fue construido por escolares católicos que brindaron desinteresadamente su ayuda con el único fin de servir a esa comunidad. En el lugar, los medios de vida y trabajo son muy rústicos y, durante la estancia de los voluntarios, sus transportes fueron utilizados en lo posible para asistir a los pacientes
que acudían a la clínica.

 

El P. Guillermo “Willie” García-Tuñón, S.J, actual director de las misiones, ve en estos viajes no sólo una vía de ayuda a los más necesitados, sino “una manera de poner en contacto a los muchachos con la pobreza a la que no están acostumbrados aquí en Miami”, explica. Todos los viajes comienzan con una visita preliminar del P. García-Tuñón a República Dominicana en el mes de marzo. Él visita tres o cuatro pueblitos donde pudieran trabajar ese verano. “Busco los pueblos más necesitados, pero que al mismo tiempo tengan lugar para hospedar a los muchachos”, comenta el sacerdote. “Durante esta visita veo las necesidades del pueblo y el tipo de obra que los campesinos necesitan. Llevamos 25 años construyendo puentes, acueductos, escuelas y capillas”, dice el P. García-Tuñón.

Este año el grupo contó con 70 voluntarios, entre ellos estudiantes y graduados de Belen Jesuit Preparatory School, Carrollton, Our Lady of Lourdes Academy y Coral Park Senior High. Junto a ellos, seis médicos miamenses y otros voluntarios brindaron sus servicios. “Los pueblos que el P. Willie escoge son de extrema pobreza; la mayoría de ellos no aparecen ni en el mapa”, señala Margarita Formoso, voluntaria por segunda vez. “Cuando llegamos a Sabaneta de Mata Grande convertimos la capilla del pueblo en una clínica provisional. Con frazadas colgadas de una tendedera hicimos pequeñas consultas, las cuales daban más privacidad al médico y al paciente. El altar sirvió de farmacia y las camillas eran las mesas de comer de los campesinos”, dice Formoso.

 Grupo de voluntarios que viajó a la República Dominicana en el mes de julio.
Fotos: Cortesía del Colegio de Belén

La clínica abría a las 8:00 a.m., y no cerraba hasta que no se atendiera al último paciente. “A pesar de los recursos limitados se pudo dar buen servicio”, cuenta el Dr. Andrés Redondo. La mayoría de los servicios médicos eran novedades para los pacientes, a quienes nunca les habían tomado la presión o el nivel de azúcar. Cada paciente recibía una bolsita con medicamentos esenciales como vitaminas, alcohol, curitas, Tylenol y glucómetros. “Hubo mucha parte educativa. A pesar de que las condiciones no son iguales, los encaminamos lo más que pudimos. Llevamos muchas máquinas de aerosol y glucómetros, que fueron donados por compañías médicas y por donantes privados”, recuerda el Dr. Leopoldo Formoso, esposo de Margarita.

Durante el transcurso del año escolar el Colegio de Belén hace diferentes eventos con fines de recaudar fondos para estas misiones. Un contenedor permanece en el estacionamiento de la escuela durante cuatro meses, donde recolectan medicinas, ropa, juguetes y donaciones para los materiales de construcción. Este año los jóvenes ayudaron a construir un puente, mientras que los médicos atendieron a 1,200 personas. “Este viaje fue un gran éxito”, señala el P. García-Tuñón. “Se construyeron 4 columnas y 2 vigas del puente. Cuando nos fuimos, los campesinos siguieron la construcción y ya el puente está terminado. Los jóvenes aprenden más de los campesinos que los campesinos de ellos. Aprenden como cristianos, porque se fortalece su espiritualidad”, precisa. “Es un encuentro con Dios que no se aprende en el aula de clases”.

Estas experiencias son importantes para cada alumno, pues están en línea con la espiritualidad y la enseñanza ignaciana de los jesuitas, de “hacer hombres para el mundo”. Enrique Zamora, estudiante graduado de Belén en 2006, cambió sus planes este verano para ir por primera vez a una misión. “Lo más impresionante es ver lo mucho que agradecen lo que uno hace por ellos. Ellos no tienen nada, pero te lo dan todo”, dice. “Un día, cuando me fui a bañar, ya no quedaba casi agua, y un campesino que también estaba esperando para bañarse, me dijo que usara toda el agua, que él después se las arreglaba para bañarse”, recuerda. “Esta experiencia ha incrementado mi fe mil veces más que antes. Estás viviendo lo que la Biblia dice. Definitivamente, pienso volver a ir”, afirma Zamora.

La celebración diaria de la eucaristía durante los diez días de la misión, es una manera de fortificar la espiritualidad y mantener la presencia de Cristo en todo momento. “Esta vez fue más especial para mí, porque oíamos misa todos los días”, comenta Anthony Vega, estudiante de Belén que va por segunda vez. “La cantidad de trabajo te impacta, pero más impacta el tiempo libre que pasas con los campesinos. Te das cuenta que en realidad no necesitas todas las cosas materiales que tenemos aquí”.

“Las misas diarias son mi parte preferida”, señala Alex Formoso, estudiante graduado de Belén en 2005, y que ha participado en cuatro viajes. “No son misas como las que estamos acostumbrados a oír. Lo que las hace especiales es que durante la homilía compartimos nuestras experiencias espirituales de cada día. Nosotros regresamos a nuestras vidas después de diez días, pero ellos siguen la suya y es increíble ver lo felices que son. Son más felices que nosotros”, precisa. “Todo aquel que quiera acercarse más a Dios debe de ir a uno de estos viajes”.


La feligresía y los voluntarios asistían a misa diariamente.

Este grupo no sólo contó con alumnos y ex alumnos de Belén, sino también de otras escuelas católicas y públicas de Miami. Margarate Formoso, estudiante de Carrollton, realizó su primer viaje a República Dominicana este verano. Ella sirvió de voluntaria en la clínica, donde tomaba la presión, medía el nivel del azúcar y enseñaba a los campesinos que padecían de diabetes a usar los glucómetros, equipo que nunca antes habían visto. “Trabajar en la clínica fue increíble, ves las cosas con otra perspectiva. Yo vi a Dios en cada paciente y vi mi mundo de una manera diferente”, recuerda. “Nosotros pensamos que necesitamos lujos para ser felices, y ellos sólo viven con fe y amor. Esta experiencia me ha hecho sentir más cerca de Dios que nunca”, señala. “Todo el mundo debe ir en una misión en su vida, es una oportunidad para reflexionar sobre tu acción y sentir la gratificación personal de lo que has hecho”. 

“Belén es un colegio extraordinario. Yo les recomiendo a todos los estudiantes que no se pueden ir de Belén sin haber ido en una misión”, dice Margarita Formoso, que fue con su esposo y dos de sus hijos. “Estas personas pasan tanto trabajo para todo, hasta para las cosas más sencillas, como lavarse los dientes o bañarse, pues no tienen las comodidades necesarias”.

“La vida de estos jóvenes cambia por completo una vez que van en una misión. La experiencia los lleva a la reflexión y de la reflexión a la acción”, dice el P. García-Tuñón. “En mi primer viaje, mi mayor motivación era pasarla bien con mis amigos, pero te das cuenta de que el propósito de estos viajes es acercarte más a Dios. No es querer ser un héroe, sino llevar dentro ese sentimiento que Dios te da”, añade. “Había un niño del pueblo que se llamaba Ángel; tenía unos 7 años, estaba ayudándonos en la construcción del puente cargando cubos de cemento, sin guantes ni nada; vino, y me ofreció un pedacito de caramelo que uno de mis amigos le había regalado”, recuerda. “Esta experiencia ha llevado mi fe a otro nivel. Te sientes como un súper cristiano porque estás haciendo cosas que el resto del mundo no hace”, dice Christopher Formoso sobre su tercer viaje a República Dominicana.

Los médicos que donaron su tiempo y talento en este viaje, dicen haber ganado más espiritualmente que lo que dieron. El equipo médico estuvo compuesto por el Dr. José Armas; la Dra. Sarah Legorburu-Selem y su esposo, el Dr. José Selem; el Dr. Andrés Redondo; el Dr. Arsenio Chacón, el Dr. Leopoldo Formoso y la Dra. Ada Armas.


La Dra. Legorburu-Selem desempacando medicamentos.

“Es nuestra obligación servir a los más necesitados y a la vez es un privilegio”, dice la Dra. Legorburu-Selem, que ha participado en 12 viajes a la República Dominicana. “Recibimos más de lo que dimos. Recibimos paz y el agradecimiento de estas personas, a las que le es imposible recibir ningún tipo de atención médica. Caminan seis o siete horas, loma arriba y loma abajo, por caminos con huecos y con niños a cuesta para poder ver a los médicos”, indica. “A las 8:00 a.m. ya hay cien personas esperando afuera de la clínica. Te das cuenta que los pobres son los más bondadosos: lo poco que tienen te lo dan. Si oyen que te gusta el mango, van y regresan con cinco o seis mangos de regalo”, añade. “Cargas el alma con nuevos sentimientos que Dios te enseña. Viven felices en su pobreza porque, a pesar de no tener bienes materiales que aquí nos sobran, tienen fe, esperanza y el amor de comunidad, que en lugares tan civilizados faltan”.

El Dr. Chacón describe estos viajes como una oportunidad de pasar un tiempo sano con los jóvenes y con amigos, que con el trajinar diario no se ven tan a menudo. “Es una manera de estar más cerca de Dios. Los muchachos no tenían televisor ni vídeo-juegos, y se la pasaban jugando y conversando. Siempre estaban contentos y con una sonrisa”, recuerda. “Las misas diarias eran muy especiales. Estando en el aeropuerto era un estímulo saber que no íbamos de turistas: se disfruta más que cuando vas de turista”, afirma el Dr. Chacón.

Según el Dr. Armas, esta experiencia fue una inspiración para él como médico. “Es impresionante ver las sonrisas, la alegría y la fe de estas personas. Son más felices que los que poseen cosas materiales. Es una manera de sentirse más cerca de Dios a través del servicio”.

Estos 25 años de misiones han sido un éxito; no sólo para los que reciben, sino también para los que dan. Son 25 años de personas que quieren volver a ser parte de esta experiencia que los gratifica, tanto en el aspecto material como en el espiritual. “No hay cosa que dé más satisfacción a un ser humano que servir a otros”, explicó el Dr. Formoso. “Le hago un llamado a la comunidad médica en Miami, a que se unan a esta causa para poder seguir ayudando a los más necesitados. Espero que sigamos creciendo y haciendo estos viajes. Uno siempre se queda con los deseos de hacer más”.

“Les recomendaría a las personas que quieran alimentar su alma, el servir a los demás”, explica la Dra. Legorburu-Selem. Y concluye: “Sirvan en cualquier situación, pues no hay que viajar muy lejos para servir al prójimo”.