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Sir Edward Elgar: Enigma y puente de la música

 Jesús Vega

Entre los numerosos aniversarios de músicos eminentes que se celebran este año, figura el de Sir Edward Elgar (1857-1934), cuyo 150º onomástico se inició de una manera bastante inusual en Gran Bretaña, donde el billete de 20 libras esterlinas, cuyo anverso lleva, desde 1999, la imagen de la reina Isabel II, y el reverso la del músico, ha comenzado a sacarse de circulación, reemplazándose con otro que muestra la efigie de Adam Smith, el economista del siglo XVIII. El Banco de Inglaterra aduce que la medida se tomó debido a numerosas falsificaciones de dicho billete, y asegura que el retiro será gradual. Uno de los tantos enigmas que caracterizan la vida del creador musical más prominente de su generación.

Si bien este percance no tiene mucho que ver con el entorno musical, sí nos hace reflexionar acerca de la vigencia del legado de Elgar en nuestro tiempo, pues a cualquiera que se le mencione el nombre del compositor, lo asociará inmediatamente con la solemne marcha Pomp and Circumstance (“Pompa y circunstancia”), que se repite hasta la angustia en las ceremonias de graduación universitaria. Sin embargo, la pieza, que también se conoce por el título de su versión cantada, Land of Hope and Glory (“Tierra de esperanza y gloria”), es, en realidad, la primera de cuatro marchas compuestas para la coronación del rey Eduardo VII en 1902.

El repertorio de Sir Edward Elgar tiene mucho más para ser apreciado, no sólo por su carácter distintivo y su calidad, sino también porque forma parte de una historia de esfuerzos y tenacidad. Aunque creció en medio de un entorno musical –su padre tenía una tienda de partituras e instrumentos en Worcestershire–, donde su aprendizaje fue primordialmente autodidáctico, y su familia tuvo el talento suficiente como para formar pequeños ensembles para los cuales Elgar creó sus primeras obras, su primera tentativa de probar suerte en los círculos musicales londinenses (entre 1889 y 1891) resultó un rotundo fracaso, pues luego de 18 meses de privaciones y frustraciones, tuvo que regresar a su ciudad natal en unión de su esposa, Alice.

Elgar (alentado por Alice, que creía firmemente en el talento de su marido) no se dio por vencido y, a fuerza de trabajo incansable, fue haciéndose merecedor de cierta reputación, gracias a la creación de obras para coros y festivales locales, como King Olaf y The Light of Life (1896) y Cataractus (1898). No obstante, el éxito le llegó gracias a otras dos piezas de géneros disímiles: un oratorio y unas variaciones instrumentales. El oratorio The Dream of Gerontius fue compuesto para el Festival de Birmingham de 1900, pero su estreno resultó un total desastre, a causa de la insuficiente preparación del coro y la orquesta. Por fortuna, el director y compositor Julius Buths le otorgó a la obra su justo valor, y abogó por su presentación en Alemania, gracias a lo cual Elgar alcanzó una fama indiscutible en esa nación europea, mucho mayor que su reconocimiento en Gran Bretaña.

Pero, en breve, esta situación cambió, pues las Variaciones Enigma (1899) le hicieron acreedor de una merecida fama de “profeta en su tierra”. La obra, reconocida como la primera de importancia creada por Elgar, trasciende el concepto de las simples variaciones, transformándose en la primera pieza orquestal monumental realizada por un músico británico, lo que, en definitiva, elevó la música inglesa del género a un nivel de distinción internacional con el advenimiento del siglo XX.

En los años de la Primera Guerra Mundial, la fama del compositor era tal que cualquier carta proveniente del extranjero y dirigida simplemente a “Edward Elgar, England”, llegaba sin dilación a su destinatario. Sin embargo, después de su muerte, en 1934, su imagen de eminente caballero eduardiano se volvió contra él. Al igual que Richard Strauss, Elgar representó para muchos la perpetuidad de una estética romántica tardía, en un momento en que revolucionarios como Stravinsky y Schoenberg estaban a la vanguardia. Y, cuando para el mundo la música británica equivalía al modernismo de Britten o Tippet, Elgar fue olvidado como una reliquia embarazosa que se guarda en el desván.

Por suerte, esa actitud hacia la música de Sir Edward Elgar cambió con el tiempo, ya que, con el colapso del Modernismo, su legado ha vuelto a atraer la atención, debido a su impulso personal y religioso, el cual, según el director, académico y musicólogo Leo Botstein, constituye un puente hacia el regreso del romanticismo en este siglo XXI. Otro de los enigmas de una vida y una obra a las cuales, sin duda alguna, hay que otorgarles el reconocimiento que merecen.

Crítico independiente.
djvega@bellsouth.net