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La Ermita de la Caridad:
Cuarenta años remando mar adentro

Hace poco más de cuatro décadas, el 8 de septiembre de 1966, el
Arzobispo Coleman Carroll, obispo entonces de la diócesis de
Miami, hizo un llamamiento al pueblo cubano desterrado. Nos
entregaba una valiosa parcela de tierra, junto a los mares que
bañan a Cuba y a Miami a la vez, y nos encomendaba levantar un
santuario a la Madre de Dios, bajo el título de Nuestra Señora
de la Caridad.
Entusiasmaba al arzobispo haber contemplado, a partir de la
llegada de la imagen, desde Cuba, el 8 de septiembre de 1961, la
devoción de los cubanos exiliados a su Santa Patrona.
Oímos el llamado y, poniendo nuestra confianza en el Señor, nos
dispusimos a responder al mismo, tal como el pescador rema mar
adentro buscando la pesca, sin otra cosa que sus pobres redes.
Aquellos tiempos de los años sesenta y setenta eran bien
difíciles. Los cubanos llegaban cada día al exilio con lo que
tenían puesto solamente. La mayor parte de los que así arribaban
a Miami no contaba entonces con familiares o amigos que los
acogieran.
Se podía comenzar gracias a la caridad de las iglesias, que
recibían a sus fieles. Es de agradecer los esfuerzos realizados
por la Iglesia de Miami, que abrió entonces una puerta de
servicios de emergencia con el Centro Hispano Católico, donde se
ofrecía respuesta a las necesidades de los que allí se
acercaban.
Encontrar entonces un trabajo, por muy humilde que éste fuera,
recogiendo tomates en los campos, lavando platos en un
restaurante o realizando las más rudas tareas en una factoría,
era considerado como un premio que aseguraba el pan de la
familia. La mayor recreación y consuelo era reunirse los
domingos, en la misa, con otros compatriotas y saludar allí a
los recién llegados que siempre traían noticias de Cuba,
comentar el trabajo de la semana, y animarse pensando en el
próximo regreso a la patria.
En aquellos tiempos no se pensaba en comprar una casa, pues la
certeza de un pronto cambio en la situación política de la isla,
hacía parecer innecesario todo lo que tuviera visos de
perdurabilidad en Miami y, además, sólo se contaba con medios
para subsistir, no para grandes adquisiciones. Se alquilaba la
vivienda lo más cerca posible del centro de trabajo, porque se
carecía de transporte propio.
A pesar de todo ello, el llamamiento del Arzobispo Carroll
entusiasmó a la gente y se pensó en levantar la Casa de la Madre
primero que las casas de sus hijos, rápidamente, antes que
llegara la hora del regreso que se creía inminente.
El arzobispo había hecho la encomienda durante la celebración de
la fiesta de la Virgen, y en sólo veintiún días, el 29 del
propio mes de septiembre, se organizaba el Comité pro-Santuario,
siendo nombrado presidente del mismo el Dr. Manolo Reyes. Ese
comité construyó la capilla provisional, que fue bendecida por
el propio arzobispo como parte de la celebración de la fiesta de
la Caridad el año siguiente, 1967, nombrando en ese día a su
director espiritual.
El proyecto comenzaba como la pequeña semilla de mostaza de la
que nos habla el Evangelio. Faltaban los recursos, pero sobraba
la buena disposición, movidos por el amor a la Virgen.
Centenares de devotos se acercaban continuamente a visitar la
minúscula capilla, a la cual, desde el primer momento, no le
llamaron santuario, ni capilla, sino Ermita, la Ermita de la
Caridad. Muchos cubanos peregrinaban en grupos, de acuerdo cada
uno a su municipio de origen en Cuba, lo cual era una ocasión de
encontrarse, compartir, y orar juntos familiares, amigos y
vecinos, por la libertad de Cuba.
Al llegar el año 1968, el arzobispo organizó el Comité de
Recaudación y Construcción, nombrando al Dr. José Miguel Morales
Gómez como presidente del mismo y a un grupo de activos y
entusiastas cooperadores, para la realización del proyecto. Ese
mismo día (10 de marzo de 1968), ordenaba organizar la Cofradía
de la Virgen de la Caridad, para propagar la devoción a Nuestra
Señora, bajo esa advocación, en esta arquidiócesis. El primer
grupo de la cofradía se constituyó en la misma Ermita el 16 de
junio del mismo año, siendo sus primeros coordinadores Tarcisio
y Gina Nieto.
El entusiasmo y la dedicación de los miembros de la Cofradía
crearon un ambiente propicio a pesar de las dificultades
económicas en medio de las cuales se vivía. Se organizaron las
peregrinaciones de los 126 municipios cubanos, distribuyéndolas
durante el año. Se comenzaba por el municipio de El Cobre,
seguido de los demás municipios de Oriente, y se continuaba con
cada provincia hasta llegar al fin del año con Pinar del Río. La
Cofradía era como el motor que lo movía todo.
Se diseñaron dos proyectos: el primero fue de un gran monumento
con una pequeña capilla en lo alto; pero la devoción de la gente
pedía algo que fuera más pastoral, es decir, un templo para la
oración, donde, junto a la Virgen, se recordara a Cuba ante el
Señor.
La ilusión de un pronto regreso impelía a hacerlo todo con
rapidez, para dejarlo terminado antes de partir.
El comité llegó a la conclusión de que debía cambiarse el primer
proyecto, y así surgió el segundo, consistiendo éste de un
pequeño templo para orar al Señor, siguiendo la misma estructura
del antes proyectado monumento. Se trabajó arduamente, y el 2 de
diciembre de 1972, con alegría, una gran multitud participó en
aquella histórica celebración, frente a la obra levantada por
todos, cuando el Cardenal John Krol, Arzobispo de Philadelphia y
entonces presidente de la Conferencia de Obispos de Estados
Unidos, junto con el Arzobispo Carroll y los Obispos Eduardo
Boza Masvidal y René Gracida, bendecía lo que era el fruto de la
fe y el sacrificio de un pueblo en destierro. La casa de la
Madre quedaba construida antes que las casas de sus hijos como
signo filial de su gran devoción.
Se trató, siguiendo las orientaciones del Arzobispo McCarthy, de
dedicarlo con preferencia a la evangelización de todos, pero,
principalmente, de los más alejados. De ahí el esfuerzo por
tener el Santuario abierto siempre, ofreciendo la oportunidad de
la oración y la puerta abierta del perdón en el sacramento de la
reconciliación.
El Santuario, cuya estructura se levanta como un recordatorio de
la primera oración a la Virgen expresada popularmente por el
pueblo cubano cuando implora: “¡Virgen de la Caridad, cúbrenos
bajo tu manto!”, nos llama constantemente a buscar, en María, a
Cristo Salvador del mundo y presente en la eucaristía que
celebramos diariamente.
Aunque desde el comienzo, como ocurre en todo templo católico,
asistían fieles de distintos países, con el aumento de la
inmigración desde muchos pueblos diferentes, la Ermita se ha ido
convirtiendo en la casa de toda América y hoy los miembros de la
Archicofradía proceden de todas partes. La devoción a la Virgen
de la Caridad, que hasta 1961 se limitaba principalmente a Cuba,
hoy ha tomado, sin haberlo pretendido, una dimensión
continental, lo cual nos llena de gran satisfacción, porque así,
compartimos en la Ermita un mismo amor a la Madre de Dios, el
mismo amor que sembraron los misioneros en el Nuevo Mundo en la
primera evangelización.
Las peregrinaciones de todos los pueblos del continente durante
el mes de octubre y la anual Romería Latinoamericana son los
mejores testimonios de esto que decimos.
Con los años, los devotos han ido ampliando el Santuario y se ha
construido el Salón Padre Félix Varela, donde se conservan las
paredes de la capillita original, que desde 1975 fue convertida
en parte del convento para las Hijas de la Caridad que atienden
este centro de devoción mariana.
En el año 2000, el Arzobispo John Clement Favalora nos hizo el
regalo de obtener, de la Conferencia Episcopal de Estados
Unidos, la designación de la Ermita de Nuestra Señora de la
Caridad del Cobre de Miami, como Santuario Nacional.
Al celebrar estos cuarenta años, nos unimos a todos los
sacerdotes y diáconos que han servido en el Santuario, a las
Hijas de la Caridad, y a la siempre fiel Archicofradía de la
Virgen, para dar gracias a Dios, a la Arquidiócesis de Miami que
celosamente nos ha ayudado y acompañado, a los miles de devotos,
muchos de ellos ya fallecidos, y a todos los que han cooperado
con esta obra. A todos les damos la bendición.
P. Oscar Castañeda,
Rector
Mons. Agustín Román, Rector Eméritus
Miami, Florida,
8 de septiembre de 2007.
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