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2 de septiembre de 2007
Lectura del Evangelio según san Lucas 14:1.7-14 Una vez, Jesús fue a comer a la casa de uno de los fariseos más importantes. Era sábado, y ellos lo estaban espiando. Al notar cómo los invitados buscaban los primeros lugares, les dio esta lección: “Si alguien te invita a una comida de bodas, no ocupes el primer lugar. Porque puede ser que haya sido invitado alguien más importante que tú. Entonces el que invitó a los dos vendrá a decirte: ‘Deja tu lugar a esta persona’. Y tú, rojo de vergüenza, tendrás que ir a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te invite, ponte en el último lugar, de modo que cuando llegue el que invitó diga: ‘Amigo acércate más’. Y será un honor para ti en presencia de todos los que estén contigo a la mesa. Porque el que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado”. Jesús decía también al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una comida, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, porque ellos también te invitarán a su vez y recibirás de ellos lo mismo que diste. Al contrario, cuando ofrezcas un banquete, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos, a los ciegos, y serás feliz porque ellos no tienen con qué pagarte. Pero tu recompensa la recibirás en la resurrección de los justos”.
Comentario breve: El mensaje de la segunda parte de esta lectura nos dice que, cuando hagamos el bien y sirvamos, debemos hacerlo generosamente, sin esperar recompensa alguna; de la misma forma que Dios nos ama gratuitamente. Tres ideas importantes: de la lectura:
Para la reflexión:
9 de septiembre de 2007
Lectura del Evangelio según san Lucas 14:25-33 En aquel tiempo, caminaban con Jesús grandes multitudes y, dirigiéndose a ellos, les dijo: “Si alguno quiere venir a mí y no deja a un lado a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, o aun a su propia persona, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz para seguirme, no puede ser mi discípulo. En efecto, cuando uno de ustedes quiere construir una casa en el campo, ¿acaso no comienza por sentarse a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminar? Porque si pone los cimientos y después no puede acabar la casa, todos los que lo vean se burlarán de él y dirán: ‘Ahí tienen a un hombre que comenzó a construir y fue incapaz de concluir’. Cuando un rey parte a pelear contra otro rey, ¿no comienza por sentarse a examinar si puede con diez mil hombres hacerle frente al otro que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, envía mensajeros, cuando el otro está lejos todavía y trata de lograr la paz. Del mismo modo, cualquiera de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío”. Comentario breve: Este es otro pasaje Lucano que enfatiza el costo del discipulado. Aquí Jesús no habla solamente a sus discípulos, sino a las multitudes, y de una manera dramática les explica el precio que han de pagar si quieren seguirle. Con este fin usa una “exageración semítica” muy común entre los maestros para acentuar un punto. En este caso, Jesús dice que cualquier persona o cosa que interfiera con su seguimiento, debe ser abandonada. Nada debe estar por encima del reino de Dios. La idea de dejar a un lado a padres, hijos, etc. debe ser tomada en su contexto histórico. El Libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito también por Lucas, describe las primeras comunidades como cristianos que ponían todos sus bienes en común, nadie guardaba nada para sí… (ver Hechos 2:44-45) El “dejarlo todo a un lado” tenía un gran significado para estos hombres y mujeres que esperaban la llegada inminente del reino de Dios. Las dos comparaciones del constructor y del rey ilustran la necesidad de estar bien preparados antes de emprender un proyecto. Del mismo modo, seguir a Jesús es un proyecto de vida para el cual debemos estar preparados si queremos ser fieles. Tres ideas importantes: de la lectura:
Para la reflexión:
16 de septiembre de 2007
24o
Lectura del Evangelio según san Lucas 15:1-32 En aquel tiempo, muchos publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Y por eso los fariseos y maestros de la Ley murmuraban y criticaban: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Entonces, Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de ustedes pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve en el campo para ir en busca de la perdida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, muy feliz, la pone sobre los hombros, y al llegar a su casa, reúne amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les declaro que de igual modo habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse. Cuando una mujer pierde una moneda de las diez que tiene, ¿no enciende una luz, no barre la casa y la busca cuidadosamente, hasta hallarla? Y apenas la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque hallé la moneda que había perdido’. Les declaro que de la misma manera hay gozo entre los ángeles de Dios por un solo pecador que cambie su corazón y su vida”. Jesús puso otro ejemplo: “Un hombre tenía dos hijos…” (Sigue la parábola del hijo pródigo que termina con el versículo 32)
Comentario breve: Lo que le importa a Lucas al narrar estas tres parábolas es la alegría de encontrar aquello que estaba perdido, no si era justo o no que el padre diera una fiesta o que el pastor dejara a las noventa y nueve ovejas. Tres ideas importantes: de la lectura:
Para la reflexión:
23 de septiembre de 2007
25o
Lectura del Evangelio según san Lucas 16:1-13 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Había un hombre rico que tenía un mayordomo y vinieron a acusarlo de que estaba malgastando sus bienes. Lo mandó a llamar y le dijo: ‘¿Qué es lo que me dicen de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir en tu puesto’. El mayordomo pensó entonces: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi patrón me quita mi puesto? Trabajar la tierra es superior a mis fuerzas, y pedir limosnas me daría vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, tenga gente que me reciba en su casa’. Llamó uno por uno a los que le debían a su patrón y dijo al primero: ‘¿Cuánto le debes a mi patrón?’ Le contestó: ‘Cien barriles de aceite’. Dijo el mayordomo: ‘Toma tu recibo y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’ Contestó: ‘Cuatrocientos quintales de trigo’. El mayordomo le dijo: ‘Toma tu recibo y escribe trescientos’. El patrón admiró la manera de obrar tan inteligente de su mayordomo ladrón: en verdad los de este mundo son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus semejantes. Yo también les digo: Aprovechen el maldito dinero para hacerse de amigos, para que cuando se les acabe, los reciban a ustedes en las viviendas eternas. El que se mostró digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes, y el que no se mostró digno de confianza en cosas mínimas, tampoco será digno de confianza en lo importante. Por lo tanto, si ustedes han administrado mal el maldito dinero, ¿quién va a confiarles los bienes verdaderos? Y si no se han mostrado dignos de confianza en cosas ajenas ¿quién les confiará los bienes que son realmente nuestros? Ningún sirviente puede quedarse con dos patrones: verá con malos ojos al primero y despreciará al segundo. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dios dinero”.
Comentario breve: Tres ideas importantes: de la lectura:
Para la reflexión:
30 de septiembre de 2007
Lectura del Evangelio según san Lucas 16:1-13 En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía con ropa finísima y que cada día comía regiamente. Había también un pobre, llamado Lázaro, todo cubierto de llagas, que se tendía a la puerta del rico, y que sentía ganas de llenarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros venían a lamerle las llagas. Pues bien, murió el pobre y fue llevado por los ángeles hasta el cielo cerca de Abrahán. Murió también el rico y lo sepultaron. Estando en el infierno, en medio de tormentos, el rico levanta los ojos y ve de lejos a Abrahán y a Lázaro cerca de él. Entonces grita: ‘Padre Abrahán, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que se moje la punta de un dedo para que me refresque la lengua, porque estas llamas me atormentan’. Abrahán respondió ‘Hijo, acuérdate de que recibiste ya tus bienes durante la vida, lo mismo que Lázaro recibió males. Ahora él aquí encuentra consuelo y tú, en cambio, tormentos. Y además, por estos lados se ha establecido un abismo entre ustedes y nosotros, para que los que quieran pasar de aquí para allá no puedan hacerlo, y que no atraviesen tampoco de allá hacia nosotros’. Contestó el rico: ‘Entonces te ruego, padre, que mandes a Lázaro a mis familiares, donde están mis cinco hermanos, para que les advierta, y no vengan ellos también a este lugar de tormento’. Y Abrahán contestó: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. ‘No, padre Abrahán’, dijo el rico. ‘Si uno de entre los muertos los va a visitar, se arrepentirán’. Pero Abrahán le dijo: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no le creerán’”.
Comentario breve: Tres ideas importantes: de la lectura:
Para la reflexión:
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