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Cuando los padres envejecen

Paradójicamente, la vida ha modificado mi papel de hija, al ver
a mis padres envejecer día a día. Me encuentro ante una
situación adversa, nunca experimentada. No se cómo enfrentar con
exactitud el envejecimiento y la enfermedad de mis queridos
“viejos”.
Ha sido un año de duras pruebas; en realidad, no sé cómo he
podido rebasar la angustia y la desesperación, si no hubiese
sido por la ayuda de Dios Todopoderoso.
El dolor que emerge de este dilema parece inefable e
intransferible, porque no puedo eludir el misterio de la vejez y
la enfermedad dentro de un contexto simple, sino, por el
contrario, este tema suele ser complejo y a la vez está
arraigado en el sufrimiento y el dolor.
Lo abordo porque sé que muchos de ustedes estarán atravesando
ahora por la misma situación. Y les quiero decir que, durante
este período triste de la vejez y la enfermedad de nuestros
padres, también vive y reina la esperanza.
Al depositar nuestra aflicción bajo la mirada misericordiosa de
Dios, éste nos encamina a socorrer las necesidades inmediatas de
nuestros padres y, sin que haya dudas ni vacilaciones al
respecto, iniciamos ese trayecto donde el dolor y el amor se
entrelazan al unísono.
La misión que emprendemos nos lleva a palpar el significado
inexorable del tiempo. Al reflejarse éste en las arrugas y los
achaques que afectan a nuestros padres, entendemos que el hombre
está sujeto al tiempo, “el alfa y la omega, el principio y fin”,
que es comienzo y final de nuestra existencia. De modo que
llegamos a la conclusión de que crecemos –y envejecemos– a la
par de su propio envejecimiento.
Cuando conseguimos poner nuestros problemas personales a un
lado, le damos paso al Espíritu de Dios, que es quien nos guía.
Él nos ayuda en esta difícil situación, ya que Él sabe de
antemano que estamos caminando sobre terreno desconocido, sin
preparación mental para llevar a cabo semejante faena.
Cuando nuestras fuerzas desfallecen al palpar estos cimientos
inestables y sombríos, nos damos cuenta de que es preciso un
diálogo con nuestros sentimientos para seguir adelante con la
misión de velar por nuestros padres.
Esto nos permite tomar conciencia del proceso de la vejez y la
enfermedad sin temor; ya que Dios nos prepara, nos fortalece
para esta campaña. Por medio de la fe y la confianza, el Señor
nos conduce con Su providencia.
La parábola del Buen Samaritano nos indica, en efecto, cuál es
nuestra misión con nuestros “viejos”. Esta lectura nos emancipa
y nos hace comprender que no podemos “seguir de largo”, sino que
debemos detenernos para honrar y aliviar los sufrimientos
de estas personas que nos dieron la vida.
Existen tantas situaciones tristes en este mundo, que cuando
escucho algunos relatos escalofriantes acerca de los ancianos
olvidados y solos, tales historias me llevan a ser más compasiva
y misericordiosa con mis propios padres.
El tema del abuso con los ancianos se pasa por alto en muchas
ocasiones; sin embargo, existe. Si bien el cautiverio en que
viven muchos ancianos se verifica a través de medios ambiguos e
incoherentes de nuestra sociedad, no deja de ser estremecedor
para mí el observar los ultrajes que se cometen contra los
ancianos.
Desafortunadamente, los viejitos de hoy quedan atrapados en el
complicado sistema de salud y se pierden con gran frecuencia
entre los “referidos” y los turnos con médicos de cabecera y
especialistas.
Estas reformas, que confunden la lógica y perturban la
ecuanimidad de cualquier ser humano, hacen que nuestros ancianos
se extravíen con mucha frecuencia. En medio de esta confusión de
reglamentos, nos tocaría a nosotros intervenir e investigar cómo
funciona el sistema de salud y así poder ayudarlos, para que no
caigan en el laberinto de la desorientación, y se sientan
tranquilos. Estas situaciones, tremendamente complicadas para
ellos, se sobrecargan frecuentemente con el impedimento del
idioma, pues muchos de ellos no pueden expresar sus dolencias
por sí mismos.
El otoño de la vida es un ciclo natural que no se detiene;
muchas épocas han pasado, sumamente fugaces para nuestro
entender humano. Sin embargo, nuestros padres siguen siendo
nuestros progenitores, y a ellos les debemos el respeto y la
máxima consideración. Nuestro deber como hijos es rescatar y
dulcificar con amor su dignidad estropeada por la vejez y la
enfermedad. Es importante que ellos se sientan apoyados y, sobre
todo, protegidos de toda adversidad y de todo abuso que les
vengan desde afuera.
Llegará el día en que perderemos a nuestros padres; sin embargo,
en nuestra tristeza no anidarán sentimientos de culpa, ni nos
azotarán las imágenes de lo que pudimos haber hecho, y no
hicimos.
Entre tanto, Dios va a permitir que continuemos siendo una
bendición para ellos, sus ángeles en momentos de angustia, y sus
columnas donde apoyarse.
¡Bendito sea el Señor por darnos esa oportunidad!
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