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Cuando los padres envejecen

 Noris Capín

Paradójicamente, la vida ha modificado mi papel de hija, al ver a mis padres envejecer día a día. Me encuentro ante una situación adversa, nunca experimentada. No se cómo enfrentar con exactitud el envejecimiento y la enfermedad de mis queridos “viejos”.

Ha sido un año de duras pruebas; en realidad, no sé cómo he podido rebasar la angustia y la desesperación, si no hubiese sido por la ayuda de Dios Todopoderoso.

El dolor que emerge de este dilema parece inefable e intransferible, porque no puedo eludir el misterio de la vejez y la enfermedad dentro de un contexto simple, sino, por el contrario, este tema suele ser complejo y a la vez está arraigado en el sufrimiento y el dolor.

Lo abordo porque sé que muchos de ustedes estarán atravesando ahora por la misma situación. Y les quiero decir que, durante este período triste de la vejez y la enfermedad de nuestros padres, también vive y reina la esperanza.

Al depositar nuestra aflicción bajo la mirada misericordiosa de Dios, éste nos encamina a socorrer las necesidades inmediatas de nuestros padres y, sin que haya dudas ni vacilaciones al respecto, iniciamos ese trayecto donde el dolor y el amor se entrelazan al unísono.

La misión que emprendemos nos lleva a palpar el significado inexorable del tiempo. Al reflejarse éste en las arrugas y los achaques que afectan a nuestros padres, entendemos que el hombre está sujeto al tiempo, “el alfa y la omega, el principio y fin”, que es comienzo y final de nuestra existencia. De modo que llegamos a la conclusión de que crecemos –y envejecemos– a la par de su propio envejecimiento.

Cuando conseguimos poner nuestros problemas personales a un lado, le damos paso al Espíritu de Dios, que es quien nos guía. Él nos ayuda en esta difícil situación, ya que Él sabe de antemano que estamos caminando sobre terreno desconocido, sin preparación mental para llevar a cabo semejante faena.

Cuando nuestras fuerzas desfallecen al palpar estos cimientos inestables y sombríos, nos damos cuenta de que es preciso un diálogo con nuestros sentimientos para seguir adelante con la misión de velar por nuestros padres.

Esto nos permite tomar conciencia del proceso de la vejez y la enfermedad sin temor; ya que Dios nos prepara, nos fortalece para esta campaña. Por medio de la fe y la confianza, el Señor nos conduce con Su providencia.

La parábola del Buen Samaritano nos indica, en efecto, cuál es nuestra misión con nuestros “viejos”. Esta lectura nos emancipa y nos hace comprender que no podemos “seguir de largo”, sino que debemos detenernos para honrar y aliviar los sufrimientos de estas personas que nos dieron la vida.

Existen tantas situaciones tristes en este mundo, que cuando escucho algunos relatos escalofriantes acerca de los ancianos olvidados y solos, tales historias me llevan a ser más compasiva y misericordiosa con mis propios padres.

El tema del abuso con los ancianos se pasa por alto en muchas ocasiones; sin embargo, existe. Si bien el cautiverio en que viven muchos ancianos se verifica a través de medios ambiguos e incoherentes de nuestra sociedad, no deja de ser estremecedor para mí el observar los ultrajes que se cometen contra los ancianos.

Desafortunadamente, los viejitos de hoy quedan atrapados en el complicado sistema de salud y se pierden con gran frecuencia entre los “referidos” y los turnos con médicos de cabecera y especialistas.

Estas reformas, que confunden la lógica y perturban la ecuanimidad de cualquier ser humano, hacen que nuestros ancianos se extravíen con mucha frecuencia. En medio de esta confusión de reglamentos, nos tocaría a nosotros intervenir e investigar cómo funciona el sistema de salud y así poder ayudarlos, para que no caigan en el laberinto de la desorientación, y se sientan tranquilos. Estas situaciones, tremendamente complicadas para ellos, se sobrecargan frecuentemente con el impedimento del idioma, pues muchos de ellos no pueden expresar sus dolencias por sí mismos.

El otoño de la vida es un ciclo natural que no se detiene; muchas épocas han pasado, sumamente fugaces para nuestro entender humano. Sin embargo, nuestros padres siguen siendo nuestros progenitores, y a ellos les debemos el respeto y la máxima consideración. Nuestro deber como hijos es rescatar y dulcificar con amor su dignidad estropeada por la vejez y la enfermedad. Es importante que ellos se sientan apoyados y, sobre todo, protegidos de toda adversidad y de todo abuso que les vengan desde afuera.

Llegará el día en que perderemos a nuestros padres; sin embargo, en nuestra tristeza no anidarán sentimientos de culpa, ni nos azotarán las imágenes de lo que pudimos haber hecho, y no hicimos.

Entre tanto, Dios va a permitir que continuemos siendo una bendición para ellos, sus ángeles en momentos de angustia, y sus columnas donde apoyarse.

¡Bendito sea el Señor por darnos esa oportunidad!