|
Thomas Merton, Cuba y la Virgen de la Caridad

Al abrigo de los gruesos muros del monasterio, Fray Luis María
escucha el intenso silencio de la Trapa. Es el tiempo del
intervalo del oficio nocturno, entre las cuatro y cinco y media
de la mañana y, después de dos o tres horas de oración, su mente
y su espíritu están llenos de paz y rebosantes del esplendor de
la liturgia monacal. Para el monje poeta es el mejor momento
para escribir sus ideas, porque con el despuntar del alba las
imágenes afloran claras, inspiradoras, prometedoras de
fecundidad y de belleza
Es el 21 de diciembre de1948 y Thomas Merton, para la comunidad
el Hno. Luis María, acaba de ordenarse de subdiácono en la
iglesia conventual de la Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní,
Kentucky.
|
 |
|
Thomas
Merton.
Cortesía de Rogelio Zelada |
|
|
Sobre el escritorio de su austera y fría celda, contempla el
recién terminado manuscrito de su autobiografía; una confesión
pública que ha querido llamar La montaña de los siete
círculos; un retrato descarnado y transparente de su
complejo deambular por la vida, del camino intenso y difícil que
recorrió desde el ateísmo hasta su conversión a la fe católica.
Graduado de Cambrige y Harvard y profesor de Columbia, recibe
las aguas del bautismo en 1938, y tres años más tarde ingresa en
la Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní.
El joven monje recuerda el tiempo en que su ánimo oscilaba
indeciso entre ser franciscano o cisterciense, y comenzaba a
germinar en él una profunda devoción mariana.
En aquellos días, convaleciente de una operación de apendicitis,
había marchado a Cuba para conocer la isla y peregrinar al
Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre.
En La Habana encontró a cada paso “iglesias grandes, frescas y
oscuras… con altares espléndidos”, nunca vacías, porque “en
todos los rincones había cubanos en oración”. Visitó templos
regidos y servidos por órdenes religiosas, “donde podía recibir
la comunión en cualquier momento… pues el sacerdote salía con un
copón lleno de hostias antes de la misa, y durante y después de
ella, y cada quince o veinte minutos comenzaba una misa nueva en
un altar diferente”. Era la primavera de 1940 y Merton
disfrutaba cada domingo habanero “oyendo los sermones armoniosos
de los sacerdotes españoles”. Un descubrimiento que le hace
pensar “que no hay lengua tan apropiada para la oración como el
español”, porque “es suave, también gentil y flexible, lo que
requiere la devoción, es cortés, suplicante y galante”.
En ómnibus recorre la Carretera Central, hasta llegar a Santiago
de Cuba. Le impresiona la campiña cubana, la majestuosa soledad
de las ceibas y el exuberante verdor de los campos de caña de
azúcar; el contraste de la llanura camagüeyana con el muro azul
de las montañas de Oriente. A lo lejos contempla el Santuario
del Cobre, empinado y reluciente entre el verde casi negro de la
Sierra, y su oración brota espontánea: “¡Ahí estás, Caridad del
Cobre! Es a ti a quien he venido a ver; tú pedirás a Cristo que
me haga su sacerdote y yo te daré mi corazón, Señora; si quieres
alcanzarme este sacerdocio, yo te recordaré en mi primera misa
de tal modo que la misa será para ti y ofrecida a través de tus
manos, en gratitud a la Santa Trinidad que se ha servido de tu
amor para ganarme esta gran gracia”.
“Subí por la senda que contorneaba el montículo en que se
asienta la basílica. Entrando por la puerta, quedé sorprendido
de que el suelo fuera tan reluciente y la casa tan limpia”,
narra. Y con rapidez asciende por las escaleras que llevan al
camerino de la Virgen: “allí…estaba la Caridad, la virgencita
alegre y morena, cubierta con una corona y vestida con
magníficos ropajes, que es la Reina de Cuba… Me arrodillé
delante de la Caridad e hice mi oración y mi promesa”.
Luego bajó a la nave principal del Santuario, a un sitio desde
el que se veía la imagen de la Virgen, y “donde podía realmente
estar solo y rezar”. Sin embargo, poco pudo conversar con la
Virgen en su Casa del Cobre, porque una “piadosa mujer”, tal vez
temerosa de que “aquel americano” pudiera hacer alguna mala
pasada en la basílica, no cesó de darle vueltas, impidiéndole
concentrarse en su oración.
Así, “desilusionado y resignado”, se marchó “sin tener ocasión
de decir todo lo que quería a la Caridad”. Sin embargo, la
virgencita cubana, “alegre y morena”, interpuso sus buenos
oficios maternales y Merton fue ordenado sacerdote el 26 de mayo
de 1949.
Considerado uno de los poetas más importantes de los Estados
Unidos, y uno de los maestros de espiritualidad más influyentes
del siglo XX, Thomas Merton escribió y publicó en vida más de
cincuenta obras de poesía, oración, vida espiritual, meditación,
reflexión filosófica y temas relacionados con el pacifismo, los
derechos humanos y la vida cisterciense. Después de su muerte,
el 10 de diciembre de 1968, en un accidente mientras asistía a
una conferencia entre cristianos y budistas en Bangkok,
Tailandia, ha aparecido más de una treintena de libros sacados
de sus notas y apuntes personales.
A la entrada del cementerio de la Abadía de Getsemaní hay una
lápida con una larga lista de nombres de monjes que pasaron para
siempre al abrazo del Padre de los Cielos. Entre ellos, se lee:
“Diciembre 10 N. Ludovicus. Sacerdos, 1968”. La inscripción,
escuetamente, recoge todo y sólo lo esencial de su vida: haber
sido sacerdote de Cristo, un título que supera por entero la
gloria, el reconocimiento y la popularidad que como escritor y
personaje de la cultura acompañó constantemente a Thomas Merton;
lo que mejor define su identidad y su verdad: “Si quieres saber
quién soy yo… pregúntame por lo que vivo, detalladamente, y
pregúntame si lo que pienso es dedicarme a vivir plenamente
aquello para lo que quiero vivir”.
Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
rzelada@theadom.org
|