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Yo amo a la Madre Teresa

Víctor Martell
Especial para La Voz Católica
Recientemente hemos podido leer en la prensa escrita, y oír en
la hablada, cómo se hace mención de que, en repetidas ocasiones,
hubo momentos de aridez de la fe en la vida de la Madre Teresa
de Calcuta. Nunca me ha gustado juzgar a nadie, y en este caso
tampoco voy a especular sobre el porqué de estas publicaciones,
ni sobre cuál podría ser el motivo oculto para insistir en esta
noticia.
Como miembro de la Sociedad de San Vicente de Paúl por más de 20
años, comprendo perfectamente esta actitud, porque muchas veces,
en nuestro diario recorrer, hemos sufrido de las mismas
tribulaciones; quizás quienes profesan su fe sin tener que
lidiar con los grandes problemas del hambre y las necesidades
humanas, nunca tengan que pasar por ello; por esto mismo
comprendo perfectamente –si es que existieron– esas
tribulaciones por las que pasa la sensibilidad humana.
Cómo no sentir que una espada atraviesa nuestro corazón cuando
visitamos una casa –porque nosotros, en nuestra Sociedad,
visitamos a los necesitados en sus casas, y en su lecho de
enfermos–, y vemos el cuadro de la falta de recursos de un padre
que ha sido despedido de su empleo por estar viviendo
ilegalmente en este país, y no tiene comida para sus hijos, y
saber que no existe quien lo ayude; u otro que necesita una
medicina para curar su cáncer de leucemia, y este tratamiento
cuesta más de 900 dólares mensuales y carece del dinero para
comprar esta medicina, por no tener seguro médico, ni forma de
adquirirlo. ¡Y saber que en nuestras conferencias no tenemos los
suficientes fondos para cubrir los gastos de estas familias y
sacarlas adelante!
Cómo no sentir que una espada atraviesa nuestro corazón cuando
comenzamos a tocar a la puerta de aquellos que tienen una
posición holgada, y no nos abren la puerta de su corazón, y
solamente recibimos un NO como respuesta y, para acallar quizás
sus gritos internos, nos dicen que si los desamparados piden
limosnas es porque quieren estar así, o porque desean el dinero
para drogas o licor, y hasta ponen en duda la veracidad e
integridad de nuestros hermanos vicentinos que están pidiendo
para el beneficio de los necesitados.
Desde que conocí la vida y la obra de la Madre Teresa, la he
respetado y admirado, y cuando tuve, hace muchos años, la
oportunidad de visitar sus instalaciones en la India, supe desde
aquel mismo instante que estaba ante una santa en vida. Hoy,
después de escuchar y leer estas “revelaciones”, profusamente
publicadas, la amo con todo mi corazón y la pongo como ejemplo a
seguir para todo lo que me reste de mi vida, porque es una digna
persona que, a pesar de que hubiera podido sufrir esas
tribulaciones y dudas (todos somos humanos e imperfectos),
mantuvo su ministerio a lo largo de 50 años.
Estamos verdaderamente frente a una santa, que llevó consuelo y
salvó la vida a miles de niños recogidos en las calles de
Calcuta. Ante ello no me queda más que hacer esta oración, con
toda devoción y sin ser digno, ante su presencia, de alcanzar a
ser la suela de sus sandalias:
Madre
Teresa: perdona a los que, usando maliciosamente estas
informaciones, las aprovechan para manchar tu nombre; ellos no
saben lo que hacen.
Madre Teresa: te pido con todo mi sentimiento que intercedas
ante Jesús para que, cuando cualquier vicentino sienta
flaquezas, nos ayudes a superarlas y a seguir esta obra dirigida
a los desamparados, la obra que más complace a ese Dios que
nosotros adoramos.
Madre Teresa: no nos dejes claudicar, como tú nunca lo hiciste;
mantennos firmes en la fe para seguir esta obra para nuestro
prójimo.
Madre Teresa: en caso de que nos veas flaquear, ayúdanos a
superar este defecto y danos fuerzas para seguir luchando, y
danos la palabra que convenza a todos de que éste es el camino
para lograr la salvación: dándole la mano a todo el que se nos
acerque requiriendo ayuda, sin importarnos su condición social,
raza o política, y ¡sobre todo sin juzgarlos!
Gracias, Madre Teresa, por indicarnos el verdadero camino a
seguir, las huellas de Jesús, como tú lo seguiste por toda tu
vida; y si algún día ves que nos alejamos, quizás por la falta
de fe, ayúdanos, porque preferimos morir antes que dejar el
camino que hemos aprendido a caminar por ti.
Presidente de la Sociedad de San Vicente de Paúl en Miami,
Broward y Monroe
vmmart@adelphia.net
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