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Cómo nació La Voz Católica
Durante el año 1980, el Sur de la Florida recibió a 125,000
cubanos durante el éxodo del Mariel, con motivo de lo sucedido
en la embajada de Perú en La Habana.
En la Arquidiócesis de Miami quisimos recibirles y ayudarles en
lo que más necesitaban, ante los cientos de ellos que iban
llegando y carecían de todo.
Las Caridades Católicas prepararon programas de ayuda para
responder a las necesidades más urgentes. Las Sociedades de San
Vicente de Paúl, en las parroquias, abrieron los brazos con gran
espíritu de caridad.
Diariamente se les esperaba con un gran número de personal
voluntario, ofreciéndoles un folleto preparado por nuestros
Movimientos Apostólicos Arquidiocesanos, en el cual se les daba
la bienvenida y se les orientaba para que pudieran integrarse en
la nueva sociedad a la que llegaban.
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Portada
del primer número oficial de La Voz (1981). |
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La oficina de Pastoral Hispana descubrió la carencia de
evangelización en un pueblo que había sufrido el ateísmo
impuesto por la ideología marxista del gobierno de Cuba durante
más de dos décadas, y que, por lo tanto, manifestaban hambre de
Dios.
Teníamos el periódico católico en inglés, The Voice, en
la Arquidiócesis, que desde el 20 de marzo de 1959 venía sacando
dos hojas en español, suplemento que dos años más tarde, el 21
de abril de 1961, tomó el nombre de La Voz.
En una reunión con el Arzobispo McCarthy, vimos la necesidad de
una respuesta urgente y adecuada, y que estuviera completamente
en español, que era su lengua. Pensábamos que un periódico de
emergencia sería la solución. El gran problema que se presentaba
era el carecer de un presupuesto para sufragarlo. Se me ocurrió
pedirle al arzobispo que me permitiera arriesgarme en ese
proyecto, prometiendo que trataría de sufragarlo con anuncios
que recogeríamos, y el arzobispo aceptó.
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Portada
del primer
número
oficial de
La Voz (1981 |
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Al comenzar la petición de anuncios tuvimos buena respuesta,
pero se nos presentaba otro problema: ¿cómo distribuirlo? Me
reunía con un equipo formado por Jorge Lescano –cubano–, Donald
Dugan –americano– y Víctor Rejón –mexicano–; reflexionábamos,
carecíamos de todo pero nos sobraba el entusiasmo. El Señor nos
iluminó para hablar con un lunchero católico de la
parroquia de San Benito, en Hialeah, el Sr. Salvador Gil, y con
él descubrí otros luncheros que pronto se contagiaron del
entusiasmo y se dispusieron a llevarlo en sus carros, y a
repartirlo en las factorías y otros centros y lugares de
trabajo, como la construcción, durante el tiempo en que vendían
su lunch.
El plan era hacer un periódico durante el Adviento de 1980-1981.
El primer número salió el domingo 30 de noviembre, y las
ediciones continuaron los domingos 7, 14 y 21 de diciembre. De
repente me hice periodista, y con la ayuda de otros que
escribían fuimos respondiendo a la necesidad.
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Araceli
Cantero trabaja en las oficinas de La Voz Católica,
inundadas por uno de los numerosos huracanes que han azotado a
Miami. |
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El Arzobispo McCarthy, con su gran espíritu evangelizador, se
entusiasmó y consiguió poder ayudar en lo que nos iba faltando
de lo que recibíamos de los anuncios. Así continuó el periódico
durante el año 1981, publicándose mensualmente.
Yo llevaba los paquetes de periódicos a las cocinas en mi carro,
y allí los recogían los luncheros, llevándolos en sus
carros a los centros de trabajo. Los obreros los recibían con
gusto, y así el mensaje de la Iglesia llegaba a los hogares.
Me reunía periódicamente con los buenos luncheros, y
ellos nos contaban el gran resultado de aquella humilde
experiencia.
A medida que pasaban los meses, me daba cuenta de que yo, como
periodista, no valía mucho, y pedía al Señor que nos enviara a
alguna persona dotada que continuara lo que se había comenzado.
El Señor nos envió el regalo de Araceli Cantero, quien elevó
aquella incipiente obra a lo que es hoy La Voz Católica.
El 24 de febrero de 1982 nacía el “niño” que se había estado
gestado durante un año. Aquella experiencia fue como el
aperitivo de una buena comida. Hoy La Voz Católica es el
orgullo de los hispanos católicos en esta arquidiócesis.
Aprovecho esta ocasión para agradecer y bendecir a todos los que
han trabajado en esta gran obra, de manera especial a Araceli
Cantero, Dora Amador y Emilio de Armas, quienes la han dirigido.
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