La hora de la Gracia

 Rogelio Zelada

La Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española, acaba de publicar Quiénes son y de dónde vienen” una síntesis biográfica de la vida y la muerte de cada uno de los 489 mártires que fueron beatificados en Roma el 28 de octubre del 2007. Son un total de 23 causas, que han sido procesadas en diversas diócesis españolas y que agrupan a obispos, sacerdotes diocesanos, diáconos, numerosos religiosos agustinos, dominicos y dominicas, salesianos, hermanos de las escuelas cristianas, maristas, distintos grupos de carmelitas, franciscanos y franciscanas, adoratrices, trinitarios y trinitarias, marianistas, misioneros de los Sagrados Corazones, misioneras hijas del Corazón de María, seminaristas y laicos, jóvenes, casados, hombres y mujeres, todos ellos víctimas inocentes de la persecución religiosa que desataron los comunistas en España durante los años 1934, 1935 y 1936.

Sólo con dolor, profundo respeto y admiración es posible asomarse a la terrible experiencia de estos extraordinario testigos de la verdad, cuyo trestimonio, como anunciara Juan Pablo II, “ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y el ateísmo”.

Mientras leía las biografías de estos héroes de la fe, no he podido evitar conmoverme al conocer los pavorosos detalles del martirio de muchos de ellos, como el de la M. Apolonia Lizárraga, Superiora General de las Carmelitas de la Caridad, que fue despedazada viva con una sierra, y su carne lanzada a los cerdos, sin que lograran hacerla blasfemar; o la historia del diácono malagueño de 24 años Juan Duarte Martín, que en la cárcel de Alora fue torturado por varios días con todo género de violencia y quemado vivo con gasolina, porque no pudieron hacerlo renegar de la fe.

Leyendo estas biografías encontré que un buen número de los beatificados vivieron en Cuba y ejercieron parte de su ministerio en distintas diócesis de la isla.

 

 Fray José López Piteira
 

 Tirso de Jesús María
 

 P. Nazario del Sagrado Corazón

 P. Pedro José de los Sagrados Corazones

 P. Eusebio del
Niño Jesús

 Germán Martín Martín

 Hno. Adjutor Dionisio
Ullivarri Barajuán

 Hno. de La Salle
Edmundo Ángel

 Hno. Emerio José
 

 

 P. José de Jesús María
 

 

 

El primero de ellos, Fray José López Piteira: un joven religioso agustino de 23 años, protomártir cubano nacido en Arroyo Blanco, Jatibonico, y asesinado en Paracuellos del Jarama el 30 de noviembre de 1936, junto con otros 50 religiosos agustinos del monasterio del Escorial (ver “Testigos de la Fe”, LVC, julio de 2007, p. 24). Por ser ciudadano cubano hubiera podido librarse de la muerte, pero decidió acompañar a toda su comunidad hasta el martirio.

El carmelita Tirso de Jesús María: desempeñó su actividad apostólica en La Habana, Ciego de Ávila, Matanzas y Sancti Spíritus; un estimado predicador y escritor, que permaneció en la isla desde 1924 hasta 1933; trasladado a la comunidad de Toledo, fue asesinado en la diócesis primada de España el 7 de septiembre de 1936.

El P. Nazario del Sagrado Corazón: desde su llegada a la parroquia del Carmen de La Habana, en 1926, desplegó tres años de intenso apostolado ministerial. Destinado a Toledo como maestro de los estudiantes de teología, sufrió el martirio el 31 de julio de 1936; el P. Nazario no sólo mantuvo el ánimo hasta el último momento, sino que estuvo animando y confortando a todos los que aguardaban la muerte junto con él.

Ese mismo día padeció el martirio el P. Pedro José de los Sagrados Corazones, de 75 años de edad, que llegó a La Habana en 1900 y sirvió por seis años en varias comunidades carmelitas en Cuba. Fue un docto profesor dedicado a la enseñanza de teología moral, derecho canónico y liturgia en la sede del Colegio Teológico de la provincia de su orden en Castilla.

El 22 de julio del mismo año fue inmolado el prior de Toledo, el P. Eusebio del Niño Jesús, quien llegó a la Habana en 1917. En los diez años que vivió en Cuba fue párroco de la iglesia de la Caridad, en Sancti Spíritus, y, más tarde, predicador y director espiritual en el convento de la Merced, de Camagüey.

Durante varios años atendieron a la juventud habanera los religiosos salesianos Germán Martín Martín, sacerdote, y el Hno. coadjutor Dionisio Ulivarri Barajuán, ambos fusilados en Madrid el 30 de agosto de 1936.

El Hno. de La Salle Edmundo Ángel, maestro desde 1923 hasta 1926 en los colegios de Regla y del Vedado, fue fusilado el 5 de agosto de 1936 en Mas Llanes (Girona). Con increíble saña los milicianos destrozaron su cráneo a culatazos y luego quemaron su cadáver. De la misma comunidad religiosa, fue asesinado, también en Girona y en medio de un bosque, el Hno. Emerio José, que desde 1925 hasta 1928 había sido profesor en colegios de Marianao y La Habana.

El P. José de Jesús María, religioso de la Orden de la Santísima Trinidad, llegó a Cuba en 1903 para engrosar la comunidad de Cárdenas. Allí permaneció diez años dedicado a la enseñanza. Siendo superior del convento de Villanueva del Arzobispo, fue detenido el 22 de julio y, por ser el prior de la casa, objeto de feroz encarnizamiento, víctima de continuos maltratos y terribles golpizas. Gravemente herido de bala, lo ultimaron de un tiro en la sien, en la cama de un hospital, donde buenas personas intentaban curarlo, durante la noche del 4 de septiembre de 1936.

Estos diez testigos de la Fe, que demostraron “que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la Esperanza”, son para todos nosotros un especial e inesperado regalo del Espíritu Santo. Ellos, que sirvieron con generosidad y desinterés a la iglesia cubana, forman parte de un inmenso grupo de misioneros que, en el siglo pasado, ayudaron a enraizar el Evangelio en una isla donde la Iglesia y sus debilitadas instituciones comenzaban tímidamente su andadura, en una jóven república nacida con el estigma del anticlericalismo y donde, en el campo de la acción misionera, había que comenzar prácticamente todo de nuevo.

Estos diez mártires vivieron entre nosotros, en nuestras comunidades, colegios, iglesias y parroquias; fueron educadores, párrocos, formadores de la juventud, predicadores, directores espirituales, misioneros, y seguramente acogidos entonces con el dulce calor caribeño con que recibíamos a nuestros sacerdotes y religiosos. Ellos conocieron muy bien a Cuba y, como Cuba, también padecieron en carne propia, y de manera tremenda, las más terribles formas de intolerancia, abuso de poder, acoso, violencia e injusticia; por eso, de seguro que todos ellos serán de buen gusto excelentes intercesores, que con su oración ante el trono de los mártires, adelanten para el pueblo cubano la hora de la gracia, la hora de la luz y la esperanza.