Nuestra Señora del Corriellu:
Crónica de un forastero en tierra de Pelayo

Este artículo se escribió para publicarse en septiembre, mes en que se celebran muchas de las advocaciones marianas de todo el mundo, entre ellas la de la Virgen de la Caridad, a la cual se le dedicó el “espacio mariano” de dicho número. Como la devoción a la Madre de Jesús no se limita a fechas, se reproduce ahora, en homenaje a la Virgen del Corriellu.

Luis E. del Canto
Especial para La Voz Católica

 Nuestra Señora del Corriellu, talla románica en piedra (siglo XIII). Fotos: Luis del Canto

Son ya las once y media cuando el sol, finalmente, irrumpe radiante a través de la intensa niebla matutina este 8 de septiembre, en la montaña. De pronto se escucha, cada vez más cercano, el sonido de las gaitas, el tambor y las panderetas del pasacalles –ataviados los músicos con vistosos trajes tradicionales– que en su recorrido por la aldea anuncian el comienzo de la fiesta por el nacimiento de la Virgen. Hoy se celebra el día de la Santina, la Virgen de Covadonga, y es fiesta en toda Asturias.

Llámase Caldevilla, como dicen aquí, el lugar donde estoy. Desde sus 35 casas contadas se divisa, abajo en el valle, el río Piloña, por donde debe haber cruzado más de una vez el rey Pelayo, allá por el año 718. Sus afanes culminarían con el inicio de la Reconquista de la Península Ibérica de manos de los moros, emprendida desde la cercana montaña de Covadonga.

La música del pasacalles nos invita a seguir al grupo algo menos de un kilómetro, cuesta abajo, hasta Villar de Huergo (población: 184 habitantes, según algún censo publicado). Nuestro destino es la diminuta capilla de piedra de sillería con revestimiento de estuco –muy poco llamativa en su exterior–, situada junto al camino entre los dos pueblos.

Sin embargo, ahí está desde el siglo XVII –como todo aquí: escueta, áspera, útil–, con su bóveda decorada con frescos de frondas de marcada influencia renacentista como único adorno.

Cuando está todo listo, los músicos abren la procesión que surge del interior del templete. Delante van los niños Víctor (de Caldevilla) y Sergio (de Villar), portando la cruz. Detrás sigue un grupo de chicas llevando el “ramo del roscón”, que parece una percha de madera adornada como árbol de Navidad con roscones de pan y cintas de colores. A continuación, la imagen –convencional, si se puede decir tal cosa– de la Virgen María, llevada por un grupo de mujeres jóvenes.

¡Ahora viene la Reina de la fiesta, a la que todo el mundo ha venido a ver y a homenajear! Se la ve sólo una vez al año, en su fiesta, acompañada por cinco fornidos caballeros, los únicos capaces de llevar en andas un cachu ‘e piedra de poco más de medio metro de altura.

Es Nuestra Señora del Corriellu, talla románica del siglo XIII, que goza la distinción especial de ser la única imagen de la Virgen sedente con el Niño conocida en el Principado de Asturias. Aunque toscamente ejecutada –y muy maltratada por el tiempo y los hombres– los trazos fuertes del rostro dibujan una cierta dulzura en la sonrisa contenida.

La postura poco convencional de la Madre dentro de los cánones románicos da una magnífica sensación de movimiento. La mano derecha, ligeramente desplazada hacia el centro de la figura, acerca hacia el Niño la bola emblemática que porta, en un rasgo de humanización.

Una madre humana que, desde la Anunciación hasta el Calvario, nos enseña a sus hijos a rezar –en los tiempos buenos y en los difíciles– y a acoger gustosamente la voluntad de Dios. Así la presenta el joven cura de la vecina parroquia de Sevares, D. César Borbolla Rodríguez, al centenar de feligreses hacinados dentro de la diminuta capilla –más los que quedaron arracimados afuera, alrededor de la estrecha puerta del templete– durante la Misa solemne.

En estos lugares, la solemnidad adquiere una dimensión diferente: fluida, espontánea y poco convencional, como la vida misma de la gente que nace, vive y muere en estas duras montañas, apegada a la tierra. Al comienzo del ofertorio, una señora en vistoso atuendo típico, con floreado pañuelo cubriéndole la cabeza, de pie delante de mí en el umbral de la capilla, se vuelve hacia los miembros del grupo musical –que, naturalmente, habían tenido que quedar afuera– y susurra: “¡El Ofertorio!”. Y rompen a cantar alegremente las gaitas, el tambor y las panderetas…

Quién mejor que Nuestra Señora del Curriellu para saber de tiempos buenos. A poca distancia de esta capilla discurre el “Camín de la Reina”, que así se llama porque, en 1858, lo recorrió en peregrinación de Gijón a Covadonga la Reina Isabel II, acompañada de su marido, Francisco de Asís, y del príncipe de Asturias, más tarde Alfonso XII. Cuentan que los aldeanos iban por delante de la comitiva real abriendo la senda con hachas y fochetas (hoces de podar).

El Camín forma parte del Camino de Santiago, y se cree que se trata de una antigua calzada romana –de la que todavía queda algún vestigio–, paso obligado durante muchos siglos entre el centro y el oriente de Asturias por el interior.

La señora del pañuelo floreado se vuelve otra vez y susurra: “¡Consagración!”... Gaitas, tambor y panderetas cantan de nuevo a rebato.

Nuestra Señora del Corriellu también ha visto bastantes tiempos malos. Cuenta la leyenda que la figura aparece enterrada en la cueva de Pozaos (en una cuesta entre Caldevilla y el río Tendi, afluente del Piloña), tras haber huido del cercano monasterio benedictino de San Martín de Sotu, cuando se disuelve la comunidad de monjas de éste a principios del siglo XV.

Durante la Guerra Civil, sufre importantes deterioros y, nuevamente, desaparece hasta que, hace pocos años, por casualidad, se recupera entre las piedras de un viejo muro del pueblo.

Otra vez la señora del pañuelo floreado se vuelve y susurra. No la entienden. Pasan los segundos. Mira, nerviosa, hacia el oscuro interior; se vuelve. No la entienden. Otra vez: “¡Comunión!”... Y enfatiza con gestos y manos: “¡Ya!”

Las gaitas, el tambor y las panderetas, finalmente alivian la tensión del momento.

Termina la Misa y se reúnen todos los vecinos en el prado al otro lado del camino, frente a la capilla. Es la hora de subastar los roscos del ramo, beber una “sidrina” con familiares y amigos, y volver a casa para la gran comida de fiesta.

Antes de subir de regreso a Caldevilla, entro un instante de nuevo en la capilla, ahora desierta. Me acerco a Nuestra Señora del Corriellu para despedirme hasta el año que viene, “si Dios quiere”, como dicen aquí.

Afuera de la capilla el paisaje espléndido, el tiempo apacible, la gente radiante de alegría, me hacen pensar que mi vecina Alicia –y abuela de Víctor– debe tener razón, después de todo, cuando asevera que Caldevilla “ye (es) el Paraíso”.

En mi mente oigo de nuevo las alegres notas de las gaitas, el tambor y las panderetas. Entonces, caigo en cuenta de que Nuestra Madre María nos enseña a rezar cuando, en la Anunciación, responde al arcángel Gabriel escuetamente, sin condiciones ni remilgos, como buena asturiana: “Si Dios quiere, ¡hágase!”