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Figuras de un pesebre
Uno de mis recuerdos más entrañables de la Navidad era el
nacimiento que la mayor de mis tías ponía a lo largo de la gran
sala de su casa. Cada año, y con paciencia de artesana, recreaba
un delicado y apasionante escenario que deleitaba a la familia y
a todos los vecinos del barrio, que regresaban a verlo una y
otra vez, desde el 8 de diciembre hasta el 2 de febrero. Para
los ojos de un niño era una catequesis visual donde no faltaba
nada. Ángeles, pastores, viandantes, la mujer junto al pozo;
reyes y camelleros que marchaban a toda prisa para llegar a
tiempo a Belén; hoscos y fieros soldados romanos con lanzas y
espadas, que presagiaban el triste destino de los niños
inocentes.
Hace casi ochocientos años que Francisco de Asís, inundado del
asombro de la Encarnación, recreó en la noche de Navidad de 1223
el nacimiento del Niño Jesús. En la cueva de Greccio, con el
permiso de Honorio III y los vecinos del pueblo como ayudantes y
protagonistas, Francisco trajo heno, un asno y un buey, gran
cantidad de ovejas y otros animales que rodearon el altar
levantado junto al pesebre, donde un niño dormía al lado de su
madre y del bueno de José. Esa noche, junto al sacerdote, el
santo de Asís, revestido de ornamentos diaconales, celebró la
Misa de Navidad con rito solemne, y cantó con voz fuerte, clara
y sonora el Evangelio de San Lucas.
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Nacimiento
expuesto en la parroquia San Juan Evangelista. La Virgen
descansa mientras José cuida al Niño recién nacido.
Foto y
diseño: Rogelio Zelada |
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La tradición del pesebre, el belén o el nacimiento, quiere
colocarnos en medio del radiante grito de la noche de Navidad;
así lo entendió San Francisco, el gran redescubridor de la
humanidad de Cristo, tan olvidada en la Edad Media. No se trata
de poner el pesebre, sino de mirar el pesebre; de meditar todo
el canto de gloria que salta de una figura a otra, que quiere
anunciarnos la gran locura de Dios, que se ha hecho esclavo de
sus criaturas.
Pastores y ángeles
Contemplar las figuras de un pesebre nos lleva en primer lugar a
los pastores, que recuerdan la trashumancia de los padres de
Israel. Velan en la noche desde su pobreza; permanecen
despiertos y los pasma un rumor celeste con avisos de gloria y
de alegría; por eso corren a ver y a tocar al Emanuel, el signo
anunciado con seráfica fanfarria, y regresan con saltos de
fiesta y repletos de esperanza.
Los ángeles, en un luminoso ir y venir del cielo a la tierra,
cumplen a cabalidad el papel que les asigna la Escritura: ser
portadores de una revelación que sólo Dios en persona puede
hacer. El que no cabe en todo el universo se ha revestido para
siempre de la pobre e incapaz naturaleza humana. Encerrado en la
debilidad de un niño, le ha manifestado al ser humano su más
sublime vocación: dejar que Dios sea Dios en él. Esa noche,
arcángeles y querubines estrenan un himno que la Iglesia gusta
de repetir una y otra vez en la oración, en la liturgia y en la
fe. Es el tremendo anuncio de que la Gloria de Dios es el hombre
mismo, a quien el Creador llama, invita, una y otra vez, no
desde lo alto de los cielos, sino desde lo más hondo de su ser.
Los Reyes Magos
Un día, llenos de honda y vieja sabiduría, los Magos iniciaron
su andadura muy lejos de Israel. Los atrae una luz; se dejan
guiar por esa luz, creen en esa luz. Es la luz de Cristo, y
quien la ha descubierto no puede quedarse tranquilamente
acomodado. Atentos a los signos de los tiempos, han visto una
estrella que los pone en el camino. Siendo extranjeros y
paganos, no les da apuro consultar los textos sagrados de los
judíos, aunque su presencia altere a todo Jerusalén. Han
descubierto que las raíces de la fe pasan por el Viejo
Testamento, pero desembocan en un pequeño niño envuelto en
pañales y reclinado en el regazo de su madre. Con paso grave
regresan a su tierra por otro camino, para el que ya no
necesitan de estrellas ni de cometas, porque la luz se les ha
quedado en los ojos, en el alma y en la mente.
Andar todos los caminos
Junto al pueblo de cartón y paja, apenas a unos pasos del
portal, otras figuras siguen su diario vivir y van de aquí para
allá, sin enterarse de lo que pasa. Unos cargan agua, otros
afilan sus hachas, un grupo pesca en el río, donde unas señoras
se inclinan para lavar la ropa de la semana, mientras otras
amasan el pan o reparan los calderos para hacer la comida.
Cristo, en el Evangelio, se lamentará muchas veces de que haya
tanta gente despreocupada, que vive como si tal cosa, siempre
mirando para otro lado, agotada por el afán de cada día,
perennemente anclada en la superficie de las cosas, incapaz de
honduras y profundidades. Es la viejísima tentación de la rutina
y el cansancio que enmohece el quehacer humano.
Orar frente al Belén, meditar en sus personajes, identificarse o
no con sus imágenes y figuras, puede y debería ser un saludable
ejercicio navideño. Es muy hermoso construir y colocar un
pesebre, pero sería terrible que éste se convirtiera en sólo un
adorno de temporada, un lugar común que se saca y desempolva
cada año. Al colocarnos ante el portal de Belén deberíamos pedir
la misma simple y profunda convicción de San Francisco de Asís:
Dios es don, regalo y encuentro; sólo quien lo descubre es capaz
de poseer la alegría verdadera, de alcanzar la luz buena, la
única que permite andar con gozo y esperanza todos los caminos.
Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
rzelada@theadom.org
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