Spe Salvi

María Ungredda
Especial para La Voz Católica

“Salvados en esperanza”. Benedicto XVI nos acaba de regalar una nueva encíclica sobre la esperanza. Después de  Deus caritas est, esta nueva encíclica, viene a enriquecer y refrescar conceptos sobre las virtudes teologales y es por esto que, con seguridad, nos ofrecerá también, muy pronto, otra encíclica sobre la fe. Como gran teólogo que es, Benedicto XVI sabe perfectamente que hay una íntima trabazón entre las tres virtudes teologales que se nos regalan como don exquisito de Dios en el bautismo. Y es que las tres virtudes son sólo facetas de la única relación con Dios que adquirimos en los sacramentos de iniciación cristiana, y que podemos enriquecer con la oración y la vida de unión con Dios. Por eso dice el Papa que la esperanza cristiana está enraizada en la fe en Cristo Jesús nuestro Salvador y Redentor. El Papa dice que ha querido ofrecer no sólo a la Iglesia, sino a todos lo hombres, esta encíclica sobre la esperanza, porque el mundo de hoy luce desilusionado, frustrado y decepcionado.

La esperanza es una actitud innata en el ser humano. Por eso se ha dicho que “¡el que no espera no vive!” ¡Y es verdad! Mientras el hombre vive necesita lanzar puentes hacia el futuro, del cual espera soluciones a sus males. Por eso crea utopías que, sin embargo, casi siempre se derrumban miserablemente, dejando al hombre en la frustración y el pesimismo. Basta volver la mirada a los intentos que hizo la humanidad en el siglo pasado, y sigue haciendo todavía, para tratar de resolver las injusticias sociales y la pobreza a base de ideologías totalitarias y ateas, culpando a Dios por sus males. El hombre también ha intentado alcanzar la felicidad, crearse una especie de paraíso perdido por medio de la ciencia y la tecnología. Hoy, lamentablemente, constatamos que si es verdad que ha habido avances en todos los ámbitos de la vida humana, estamos sin embargo muy lejos de alcanzar tal paraíso. Tenemos más cosas, pero no somos más felices, ni somos mejores. El nivel moral de la humanidad no ha crecido en paralelo con su nivel material de vida. Pero además, ese nivel de vida ha alcanzado solamente a una parte muy restringida del colectivo humano, mientras la gran mayoría se debate en la pobreza extrema y una supervivencia miserable. El mundo está muy lejos de haber resuelto sus problemas de escasez de alimentos, analfabetismo, atención médica y acceso a un legítimo nivel de vida realmente humano.

Si a esto le agregamos el auge de viejas y nuevas enfermedades infecciosas, la contaminación ambiental que ha puesto al mismo planeta en grave riesgo, la proliferación de guerras y conflictos, con armamentos cada vez más sofisticados y mortíferos, capaces de acabar con la humanidad, mirando todo esto, es verdad que la humanidad no debe sentirse orgullosa de sí misma, sino que empieza a mirar al futuro con verdadero terror apocalíptico. De allí la proliferación de películas que nos traen a colación monstruos y catástrofes. Hemos llegado al punto en que es legítimo preguntarse: ¿Habrá futuro para el planeta Tierra? ¿Habrá futuro para la humanidad? ¿O estamos a las puertas de una gran catástrofe que nos borre como especie del universo?

El Papa, sin duda, quiere darle al mundo una nueva esperanza, pero, eso sí, una esperanza que no nos traicione ni nos defraude. ¡Y esta esperanza es Cristo resucitado de entre los muertos!

La resurrección de Cristo es la única base firme para la esperanza humana. Cuando, a los ojos del mundo, todo había acabado en la frustración y en la nada (ejemplo: los discípulos de Emmaús), Cristo, resucitado de entre los muertos para no morir jamás, da comienzo a una vida nueva. Es más, a algo totalmente Nuevo, jamás visto antes. Porque el Espíritu que él envía, actúa adentro de los corazones y cambia las estructuras. Jesús no fue, dice el Papa, un Espartaco, un adalid de los derechos de los esclavos, pero, con la fuerza de su amor, derriba no una praxis inicua, la de la esclavitud, sino al mismo imperio romano!

Es en la misma línea del gran Juan Pablo II, que Benedicto XVI ofrece al mundo una salida a sus gravísimos males y enfermedades. Y esta salida es Cristo Redentor del Hombre, venido al mundo no solamente para revelarnos al Padre, sino para mostrarle al hombre su verdadera condición y dignidad de hombre creado a imagen y semejanza de Dios y redimido, embellecido, enaltecido a la dignidad de hijo querido del Padre, por su muerte redentora.

En Cristo, la vida del hombre adquiere dignidad y valor. En Cristo, su trabajo y sus esfuerzos para mejorar el mundo, tendrán éxito feliz, porque participan del poder creador de Dios y están abocados a la exaltación de todo lo creado cuando el universo entero participe del “cielo nuevo y tierra nueva” y Dios sea todo en todos.

Naturalmente, para que la humanidad logre rectificar sus caminos debe retomar la senda de la fe. No hay esperanza sin fe y no hay fe sin humildad. Mientras el hombre se crea autosuficiente y pretenda resolver sus problemas sin el auxilio de Dios, no habrá futuro para la humanidad. La fe, ya lo sabemos, hay que cultivarla. Cuanto más amemos a Dios y nos dejemos amar por Él, tanto más confiaremos en su poder misericordioso para ayudarnos a construir un mundo mejor. El Papa nos indica, como buen catequista, cuatro maneras para incentivar nuestra fe-esperanza. En primer lugar la oración. Una oración “en espíritu y verdad”, donde cada ser humano se encuentra a solas con su Dios. Dios es “compañía” para cada uno de nosotros. Nadie puede sentirse jamás solo si tiene a Dios en su corazón. Así lo atestigueo el mártir vietnamita Cardenal VanThuan durante sus largos años de cruel aislamiento en cárceles comunistas. También el Papa nos dice que otro lugar para aprender la esperanza es la acción comprometida en la transformación del mundo y de la historia. A este propósito, creo que el Papa tiene en la mente la labor inmensa que les compete a los laicos cristianos, llamados por el bautismo a ejercer en el mundo, su propio lugar teológico, el munus regale de Cristo. Esa realeza de la que Cristo nos ha hecho partícipes y que nos compromete a transformar el mundo en un lugar más humano y habitable para todos los hombres por igual, sin guerras, sin injusticias, sin violaciones de los derechos humanos. Un mundo de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de paz.

Otra forma de fortalecer la esperanza es el sufrimiento, dice el Papa. Hay que hacer todo lo posible para desterrar el dolor, la enfermedad y todo tipo de angustia, pero, a la larga, sabemos que siempre la cruz nos espera a la vuelta de la esquina. Sufrimiento en el cuerpo y en el alma. Sufrimientos en la familia, el matrimonio y con los vecinos. Nadie se escapa de esta verdad esencial a la condición humana. Pero, si en vez de oponernos a la cruz, cuando hemos hecho todo lo posible para esquivarla y no lo hemos logrado, la aceptamos con amor, vuelta la mirada hacia quien la llevó primero por nosotros y por nuestra salvación, el dolor se hace redentor, porque nos purifica y nos madura como seres humanos. El gran psicólogo Victor Frankl dice que el hombre que no ha sufrido no sabe nada de la vida, no alcanza la verdadera estatura humana. El cristiano llega a amar el sufrimiento porque Cristo ya sufrió por él y con él. “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo”, dijo San Pablo.

El último lugar para aprender la esperanza es el Juicio de Dios. Frente a tantas injusticias que desgarran la armonía entre los hombres, el cristiano sabe que algún día, en el tribunal de Dios, nadie que haya ofendido al hombre quedará impune. Se hará justicia y cada quien recibirá lo que ha sembrado. Allí ya no quedarán pecados y crímenes ocultos. Frente a la majestad de Dios cada alma, con su proceder, quedará al descubierto, y los buenos irán a la casa preparada por el Padre, y los perversos serán precipitados en los infiernos. Es bueno, me parece, que el Papa nos recuerde esta verdad que profesamos en el Credo. Ya que a veces, con el afán de presentar la bondad y misericordia de nuestro Padre del cielo, nos olvidamos de mencionar su justicia que, algún día, triunfara sobre el mal y las tinieblas.

Para terminar, el Papa nos recuerda que la esperanza cristiana tiene una dimensión comunitaria. No podemos aspirar a salvarnos solos. Entraremos al cielo como un cometa, con una larga cola de almas a las que les hemos enseñado el camino del cielo. La esperanza, como la fe, no se puede vivir en solitario. Es en la comunidad donde se expresa y se enriquece. Es en Iglesia donde aprendemos a creer y aprendemos a esperar. ¡Qué hermoso es, cuando la muerte nos roza de cerca, contar con la comunión de los santos, de los de aquí abajo, que nos sostiene y conforta en el dolor, y de los de arriba, en el cielo, que nos esperan para introducirnos en las moradas celestiales!

Spe salvi es, por lo tanto, un regalo maravilloso que nos ha entregado el Papa para que avivemos nuestra esperanza en el Dios que pronto viene a nuestro corazón, como vino a Belén, para habitar entre nosotros y acompañarnos en nuestro difícil caminar de este tercer milenio.

Vivir la esperanza cristiana es vivir en tensión entre el Ya y el Todavía no, entre la promesa y la realización plena de nuestra salvación. Por lo tanto, la esperanza es don y tarea, porque Dios nos dio en Cristo un anticipo de su Gloria, pero quiere que colaboremos con Él en la construcción del mundo Nuevo que Él soñó para los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo.

El Adviento es tiempo de esperanza. Preparemos nuestros corazones al Dios que viene para regir la tierra con equidad y justicia. Ojalá los cristianos podamos dar testimonio de optimismo y serenidad en medio de tantos conflictos y amenazas que perturban la paz de los hombres.

mariauseli@hotmail.com