La soledad a veces no es tan buena

 P. Eusebio Gómez, OCD

Schopenhauer nos cuenta la parábola de los puercoespines: En un crudo día invernal, los puercoespines de una manada se apretaron unos contra otros para prestarse calor. Pero, al hacerlo así, se hirieron recíprocamente con sus púas y hubieron de separarse. Obligados de nuevo a juntarse por el frió, volvieron a pincharse y a distanciarse. Estas alternativas de aproximación y alejamiento duraron hasta que les fue dado hallar una distancia media, en la que ambos males resultaban mitigados.

Todos buscamos soledad y compañía. Lo difícil a veces es el equilibrio. Los animales son como las personas: buscan calor y cariño. Pero les resulta difícil, como al ser humano, la convivencia, la comunicación.

Muchas veces no nos damos cuenta de que el otro existe, aunque le socorramos. Una señora que tenía por costumbre dar limosna a un pobre a la puerta de la iglesia, se llevó un día la mano al bolso, y sólo entonces cayó en la cuenta de que se lo había dejado en casa. El mendigo mantenía su mano extendida hacia ella, que reaccionó con tacto y rapidez. Le dijo: “Hoy no tengo nada que darle, pero al menos puedo estrecharle la mano”. El mendigo no se dejó ganar en cortesía: aceptó el apretón de manos y dijo: “Hoy me ha dado usted más que todos los demás días”.

El gesto humano de contacto directo es el mejor regalo que podemos dar.

Pero como a muchos les resulta insoportable la comunicación y el vivir juntos, se aíslan dentro del mismo ambiente, o tratan de vivir solos. Pero esto es aún mucho más duro, pues la verdad es que la gente huye de la soledad. Les aterra. Hacen lo indecible por encontrar compañía: la radio, la televisión, un animal… Se usa lo que esté al alcance, aunque sea lo más sagrado, como el amor, para calmar la sed de compañía. Y la soledad es terrible en los niños, especialmente a la hora de la muerte.

Eduardo Galeano comenta esta experiencia: “Fernando Silva dirigía el hospital de niños en Managua. En víspera de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden; y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte, y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó, y el niño lo rozó con la mano: Decidle a…, susurró el niño. Decidle a alguien que yo estoy aquí”.

“Decidle a alguien que yo estoy aquí”. Son fuertes estas palabras cuando salen de la boca de un niño. Todos necesitamos el calor de un apretón de manos, una mirada, una caricia, una sonrisa. Todo aquello que nos demuestra que estamos vivos. No es buena la soledad para nadie; y la gente trata de huir de ella, luchar con todas sus fuerzas. Octavio Paz nos muestra esta realidad: “Todos nuestros esfuerzos tienden a abolir la soledad. Así, sentirse solos posee un doble significado: por una parte, consiste en tener conciencia de sí; por otra, en un deseo de salir de sí. La soledad, que es la condición misma de nuestra vida, se nos aparece como una prueba y una purgación, a cuyo término angustia e inestabilidad desaparecerán. La plenitud, la reunión, que es reposo y dicha, concordancia con el mundo, nos esperan al fin del laberinto de la soledad”.

Möeller describe lo ocurrido en la vida de Simone Weil: Ella entendió el sentido del sufrimiento, pero fue literalmente devorada por su inteligencia. El drama de su espíritu fue la obsesión de una certeza matemática donde no puede haberla; el racionalismo, dirá este autor, lleva siempre consigo la aparición del extremo opuesto: la obsesión por la materia. Estamos ante una víctima de su soledad espiritual.

Sin embargo hay otra soledad, que han elegido libremente muchas personas que han encontrado a Dios. Uno de ellos es el Padre Basili, “el Ermitaño de Montserrat”, que lleva años viviendo solo en una cueva, a una hora de camino del Monasterio. La cueva está cerrada por una cristalera.

Durante una entrevista, el periodista le pregunta: “¿No resulta difícil soportar esta soledad?” Y responde el monje, que cuenta 66 años: “Eso es algo que habría que preguntar al inquilino de uno de esos bloques anónimos, rodeado de centenares o miles de personas, pero que vive una soledad realmente terrible”. Y añade: “La soledad habita en el corazón. Yo no estoy en soledad. La soledad es el sentimiento de la no realización interior. Para mí, la auténtica soledad es la carencia de Dios, la ausencia de esa plenitud, no apuntar a la trascendencia”.

San Bernardo afirma: “El que tiene a Dios consigo no está nunca solitario aunque esté solo”.

Sacerdote Carmelita Descalzo
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