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La mujer cubana tiene hambre y sed de Dios
La mujer cubana se asemeja a la palma y al color marrón de las
montañas de la isla. Su encanto resalta como su bandera: por sus
radiantes colores. La mujer cubana, bravía por naturaleza, no se
detiene a pesar de las dificultades que enfrenta, sino que
ejerce con firmeza su voluntad de salir adelante en el mundo en
que vive. Por este motivo, honro la firmeza de mis compatriotas
cubanas y le doy las gracias a cada una de ellas por su callado
y hondo aporte a nuestro país.
Para hacer un escrito dedicado a las mujeres de mi tierra, tuve
que tocar las fibras profundas de más de un corazón. Me proponía
exponer el perfil que se oculta tras un silencio austero y una
represión cavernosa. Pero encontrar la esencia enriquecedora que
vibra en medio del dolor que vive la mujer cubana, no fue
difícil.
Decidí contactar a algunas mujeres cubanas que radican
actualmente en la isla. Conseguí que exteriorizaran desde lo más
profundo de sus corazones, la presencia de Dios en sus vidas.
Motivando el fuero interno de cada mujer cubana con quien pude
dialogar, noté un gozo diferente. Una confianza en Dios
personificada en cada una de ellas; resplandor que vibra a pesar
de las limitaciones, que no las dejan dar rienda suelta al
clamor de sus almas. Pude entender también sus añoranzas, sus
desvelos y temores escondidos.
Como cualquier otra mujer de este mundo, ellas desean algo más,
algo que les permita satisfacer sus ansias de progreso y, a la
vez, explorar la belleza que encierra la vida.
Sus voces no enmudecieron cuando me contaron sus sueños,
estrellados contra las tapias de la desesperación. El candor que
floreció a través de la distancia, me hizo comprender que estas
mujeres son las heroínas de la historia cubana, por su valentía
y perseverancia.
Pude percibir en cada línea su ardor por salir adelante en esta
“eterna” etapa de sus vidas, al ampliar su afán de recorrer los
caminos de Dios, en un viaje que las estimula a seguir adelante.
En voz baja me contaron mucho; en un susurro expresaron sus
internas añoranzas. En simples estrofas tropecé con un sin fin
de anhelos estropeados y maltratados por la hecatombe que les ha
tocado vivir. De hecho, pude captar también, en cortos renglones
y apurados correos, que existe una esperanza, la cual late en el
centro de sus corazones. Ilusión que sostiene la certeza de un
cambio para mejorar sus vidas.
Un mundo anhelante de libertad donde no encadenan sus
pensamientos, ni se apagan las promesas de Dios, nunca ajeno a
sus dificultades. No obstante, el candor y la mezcla de
emociones íntimas, hacen que ellas sobrepasen las injusticias a
las que son sometidas diariamente; y con la fe, sustituyen el
miedo y la decepción.
La mujer cubana tiene hambre y sed de Dios. Sin embargo, esa
hambre reniega del alimento insípido que tiene que comer
diariamente; porque los manjares de Dios no son la comida del
sistema que les han impuesto a la fuerza. Y su sed no puede ser
saciada por el agua de un vaso o de una fuente, porque no es la
misma agua cristalina que Dios les ofrece para beber, a pesar
del agobiante encierro en que se vive en la isla.
Porque la Palabra de Dios no tiene límites ni se esconde a
través de la distancia. La Palabra de Dios se escucha como el
relinchar de los caballos en un campo abierto. Llega, pues, de
igual manera a los lugares escondidos de cualquier país
reprimido, ensanchándose en cada verso del Evangelio, para que
todos puedan leer el aviso de la Buena Nueva.
Compartir con mis paisanas cubanas me llenó de alegría; pude
captar que, a pesar del pesado equipaje que sostienen en sus
espaldas, en ellas también brillan la armonía y la esencia
enriquecedora de un mundo lleno de amor y de esperanza.
Hablar con estas mujeres cubanas de la isla, fue una experiencia
sanadora y nostálgica para mí, ya que yo misma pude haber sido
una de esas mujeres, marcadas para siempre por la incertidumbre
y por la imposibilidad de vivir en un país libre.
A esas mujeres cubanas se les ha prohibido volar aunque tengan
alas; nadar más allá aunque tengan brazos, y caminar hacia la
luz que permanece encendida a lo lejos, en el horizonte. Que la
luz de Dios Todopoderoso le siga suministrando paz y esperanza a
cada una de ellas.
Doy gracias a todas aquellas mujeres en cuyo nombre alzo mi voz,
para llevar un mensaje de optimismo y fe a todas nuestras
mujeres cubanas del exilio y del Sur de la Florida.
Autora del libro
¡Mujer, levántate!
http://www.brisauniversal.com/
noris@brisauniversal.com
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