La mujer cubana tiene hambre y sed de Dios

 Noris Capín

La mujer cubana se asemeja a la palma y al color marrón de las montañas de la isla. Su encanto resalta como su bandera: por sus radiantes colores. La mujer cubana, bravía por naturaleza, no se detiene a pesar de las dificultades que enfrenta, sino que ejerce con firmeza su voluntad de salir adelante en el mundo en que vive. Por este motivo, honro la firmeza de mis compatriotas cubanas y le doy las gracias a cada una de ellas por su callado y hondo aporte a nuestro país.

Para hacer un escrito dedicado a las mujeres de mi tierra, tuve que tocar las fibras profundas de más de un corazón. Me proponía exponer el perfil que se oculta tras un silencio austero y una represión cavernosa. Pero encontrar la esencia enriquecedora que vibra en medio del dolor que vive la mujer cubana, no fue difícil.

Decidí contactar a algunas mujeres cubanas que radican actualmente en la isla. Conseguí que exteriorizaran desde lo más profundo de sus corazones, la presencia de Dios en sus vidas.

Motivando el fuero interno de cada mujer cubana con quien pude dialogar, noté un gozo diferente. Una confianza en Dios personificada en cada una de ellas; resplandor que vibra a pesar de las limitaciones, que no las dejan dar rienda suelta al clamor de sus almas. Pude entender también sus añoranzas, sus desvelos y temores escondidos.

Como cualquier otra mujer de este mundo, ellas desean algo más, algo que les permita satisfacer sus ansias de progreso y, a la vez, explorar la belleza que encierra la vida.

Sus voces no enmudecieron cuando me contaron sus sueños, estrellados contra las tapias de la desesperación. El candor que floreció a través de la distancia, me hizo comprender que estas mujeres son las heroínas de la historia cubana, por su valentía y perseverancia.

Pude percibir en cada línea su ardor por salir adelante en esta “eterna” etapa de sus vidas, al ampliar su afán de recorrer los caminos de Dios, en un viaje que las estimula a seguir adelante.

En voz baja me contaron mucho; en un susurro expresaron sus internas añoranzas. En simples estrofas tropecé con un sin fin de anhelos estropeados y maltratados por la hecatombe que les ha tocado vivir. De hecho, pude captar también, en cortos renglones y apurados correos, que existe una esperanza, la cual late en el centro de sus corazones. Ilusión que sostiene la certeza de un cambio para mejorar sus vidas.

Un mundo anhelante de libertad donde no encadenan sus pensamientos, ni se apagan las promesas de Dios, nunca ajeno a sus dificultades. No obstante, el candor y la mezcla de emociones íntimas, hacen que ellas sobrepasen las injusticias a las que son sometidas diariamente; y con la fe, sustituyen el miedo y la decepción.

La mujer cubana tiene hambre y sed de Dios. Sin embargo, esa hambre reniega del alimento insípido que tiene que comer diariamente; porque los manjares de Dios no son la comida del sistema que les han impuesto a la fuerza. Y su sed no puede ser saciada por el agua de un vaso o de una fuente, porque no es la misma agua cristalina que Dios les ofrece para beber, a pesar del agobiante encierro en que se vive en la isla.

Porque la Palabra de Dios no tiene límites ni se esconde a través de la distancia. La Palabra de Dios se escucha como el relinchar de los caballos en un campo abierto. Llega, pues, de igual manera a los lugares escondidos de cualquier país reprimido, ensanchándose en cada verso del Evangelio, para que todos puedan leer el aviso de la Buena Nueva.

Compartir con mis paisanas cubanas me llenó de alegría; pude captar que, a pesar del pesado equipaje que sostienen en sus espaldas, en ellas también brillan la armonía y la esencia enriquecedora de un mundo lleno de amor y de esperanza.

Hablar con estas mujeres cubanas de la isla, fue una experiencia sanadora y nostálgica para mí, ya que yo misma pude haber sido una de esas mujeres, marcadas para siempre por la incertidumbre y por la imposibilidad de vivir en un país libre.

A esas mujeres cubanas se les ha prohibido volar aunque tengan alas; nadar más allá aunque tengan brazos, y caminar hacia la luz que permanece encendida a lo lejos, en el horizonte. Que la luz de Dios Todopoderoso le siga suministrando paz y esperanza a cada una de ellas.

Doy gracias a todas aquellas mujeres en cuyo nombre alzo mi voz, para llevar un mensaje de optimismo y fe a todas nuestras mujeres cubanas del exilio y del Sur de la Florida.

Autora del libro ¡Mujer, levántate!
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