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El villancico y su historia
Ha llegado la temporada navideña, época plena de recuerdos y
celebraciones. Y con ella el villancico, un componente
tradicional que se repite una y otra vez con voces juveniles
vibrantes de imágenes y memorias.
Aunque su origen se pierde en la noche de los siglos, los
historiadores ubican el surgimiento del villancico en las
cercanías del siglo XIII, y su difusión por España en los siglos
XV y XVI, afirmando que su etimología equivale a “canción de la
villa” o “canción campesina”, debido a su relación con lo que en
principio fueron cantos de aldeanos o “villanos”. Una
denominación surgida en el siglo XV como referencia a una
canción en lengua “vulgar”.
Las primeras fuentes en las que aparece la palabra “villancico”
son el Cancionero de Stúñiga (c. 1458) y el
Chanssonier d’Herberay (c. 1463), y posteriormente en el
Cancionero de la Colombina y el Cancionero de Palacio
(1505), y su compositor más destacado en este período fue Juan
del Enzina (1468-1530).
Al principio su temática distaba mucho de la connotación
religiosa. Ejemplo de ello es que entre las partituras
pertenecientes al Cancionero de Palacio, se recogen
villancicos de contenido disímil, desde los que denotan
determinados acontecimientos relevantes hasta los dedicados a
alabar a Cristo o a la Virgen. No es de extrañar la coexistencia
de la temática religiosa y “profana” en los villancicos
correspondientes al siglo XVI, aunque es preciso destacar que,
posteriormente, el género va derivando hacia el contenido
religioso, debido a que las autoridades eclesiásticas comienzan
a inclinarse hacia la introducción de composiciones en
castellano en la liturgia, dotadas de la sencillez y del mensaje
directo del villancico, especialmente en festividades como
Corpus Christi y la Navidad, tarea que se transformará en una de
las principales asignaciones de los maestros de capilla; de ahí
la existencia de antologías como el Cancionero de Medinaceli,
y las Canciones y villanescas espirituales de
Francisco Guerrero (1528-1599), máximo representante de la
escuela andaluza de la segunda mitad del siglo XVI.
En un proceso que se gestó en el siglo XVI y se acrecentó en los
siglos XVII y XVIII, el villancico, al igual que ocurrió con
otros géneros musicales, experimentó cierto incremento en su
complejidad, caracterizada por la diferencia de identidad entre
las coplas y el estribillo, que ganará algo en extensión, y
adquirirá una textura polifónica, mientras que las coplas se
acortan y derivan hacia la homofonía. En comparación con las
tres o cuatro voces que lo interpretaban en el siglo XVI, se
utilizan ocho, distribuidas en dos coros ubicados en diferentes
sitios del templo, acompañados por arpa, violón y órgano. Entre
los compositores que crearon villancicos en el siglo XVII se
destacaron Cristóbal Galán, Juan Hidalgo y Sebastián Durón.
El siglo XVIII trajo el triunfo de la ópera italiana en todos
los escenarios europeos. España no está exenta de esto, y el
stilo italiano se difunde más allá de la ópera y la
zarzuela, abarcando incluso el villancico, el cual adquiere un
nivel tan alto de complejidad que, en numerosas ocasiones, se
transformará en un intercambio de recitativos y arias
da capo, siguiendo la mejor tradición de la ópera italiana,
una influencia que, según manifiestan los estudiosos, provocó
que el villancico fuese desterrado de la liturgia a finales de
ese siglo, reemplazado por los tradicionales responsorios
gregorianos.
En la actualidad, el villancico es sinónimo de canción navideña,
de ascendencia popular y estructura variada, en la que, a pesar
del tiempo transcurrido, sobreviven algunos nexos con la
creación antigua original, como la estructura de coplas y
estribillo, y la aparición de personajes conocidos como la
Virgen y el Niño Jesús. La modernidad de los ritos eclesiásticos
ha vuelto a darle la bienvenida, especialmente en la Misa de
Navidad, donde forma parte del misterio del nacimiento de Jesús,
con ese profundo arraigo de pueblo que venera a su Redentor.
Crítico independiente
djvega@bellsouth.net
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