|
Calidad de vida, y vida de calidad
La calidad de vida, en términos generales, se define como
satisfacción personal, bienestar interno y felicidad. Sin
embargo, no es loable calificar la calidad de vida bajo una
percepción individual, sin que se tome en cuenta la parte social
del asunto.
El concepto “calidad de vida” abarca numerosas dimensiones; no
obstante, en el área de la salud, este término contradice la
versión que vemos y escuchamos en los medios de comunicación.
El ser humano trata siempre de vivir más allá de su estándar de
vida, y por esa razón se esfuerza por prosperar y disfrutar al
máximo lo que la vida le ofrece. Vive con entusiasmo y trabaja
con tesón, para alcanzar las recompensas que lo conducen a tener
una vida absorbente, colmando así su necesidad de abastecer sus
incontables deseos de adquisición.
Esta obsesión perenne lo lleva a extralimitarse en su respuesta
al llamado de alcanzar y mantener la prosperidad, y, sin
percatarse, se extravía en un consumismo infernal que lo ataca y
lo domina.
Debido a esto, las ideas erróneas acerca de los términos
“calidad de vida” conducen al individuo a tener un concepto
equivocado sobre la realidad que encierra esa frase, muy actual
y a la vez muy contradictoria.
Esta consigna que resuena en su mente y en su espíritu, lo lleva
a meditar sobre su propia “calidad de vida”. Definitivamente, el
contexto que impera sobre esa evaluación es beneficiar sus
propias expectativas, de manera que el estar enfocado en su
realización personal y motivación interna hace que se desvíe un
poco de las necesidades que aquejan a sus semejantes.
Compasión y misericordia
Pero, ¿qué significa realmente tener una mejor “calidad de
vida”? Estas tres palabras se pierden en el horizonte cuando se
lanzan al viento a la ligera. Es por eso que debemos analizar,
con lógica e inteligencia, el sentido primordial de esas
palabras, colocando sobre los raíles del tren de la vida la
compasión y la misericordia.
Por ese motivo, Dios nos pone en la disyuntiva de revisar la
vida de nuestros hermanos que sufren, para que podamos examinar
con detenimiento nuestra propia vida.
Puesto que no podemos palpar el significado real, debido a que
somos egoístas e insensatos, esquivamos con efectividad el tema,
para satisfacer nuestro propio ego y equilibrar con cautela el
significado de este delicado argumento. Pretendemos obviar lo
que realmente sucede a nuestro alrededor, ya que estamos
sumergidos en los problemas y las luchas diarias. Por esta
razón, no captamos con profundidad el quejido alarmante que sale
del prójimo más cercano.
La calidad de vida del ser humano tiene que ver con los débiles,
los enfermos y los humildes. Aquellos que no pueden alzar su voz
debido a los tubos introducidos en sus gargantas, o a las sondas
que interfieren el poder caminar con dignidad y soltura.
Sin ir muy lejos, podemos desmenuzar ese aspecto, donde los
protagonistas son aquellos que han dejado de sufrir a
consecuencia de su estado vegetativo, personas olvidadas por sus
familiares y amigos al estar relegadas al cuarto de un hospital.
Vemos también criaturas que nacen y viven con defectos físicos
para toda la vida. Los niños abusados por sus propios padres,
los ancianos olvidados por sus hijos, los inocentes encarcelados
y las personas con dolencias mentales.
Al detenernos a escudriñar la lista interminable de los
terribles padecimientos físicos o del alma de nuestros hermanos
en Cristo, podemos meditar con conciencia sobre la condición y
la calidad de nuestra propia vida.
Dios, en su abundante misericordia y amor hacia los que sufren,
les dio el bien básico de la vida, regalo que donó a cada ser
viviente y a cada persona que respira. Y no es porque la vida no
sea digna de vivirse para estas personas, sino para que ellas
vivan con dignidad y para que su propia estima no desfallezca en
medio de la dificultad.
Aquellos que sufren son hijas e hijos amados por Dios, con las
mismas necesidades, con los mismos deseos de bienestar que
nosotros. Aunque lleven en sus cuerpos dolencias más arraigadas,
más hondas y más incomprensibles a nuestros ojos humanos, son
también criaturas igualmente exclusivas y sumamente amadas ante
los ojos misericordiosos de nuestro Señor Jesucristo.
En este nuevo año, reflexionemos internamente sobre lo que
significan las palabras “calidad de vida”. No nos dejemos llevar
por el consumismo y las frivolidades de la vida, sino recordemos
las palabras del Papa Juan Pablo II refiriéndose al término
calidad de vida: “El valor de la vida de un ser humano, no
puede ser sometido a un juicio de calidad expresado por otros
seres humanos”.
Con estas palabras del Santo Padre, consagrémonos al sentido
vital de esta auténtica situación, al conectarnos
entrañablemente con la Palabra de Dios: “Pues ustedes, que
sobresalen en todo: en fe, en facilidad de palabras, en
conocimientos, en buena disposición para servir y en amor que
aprendieron de nosotros, igualmente deben sobresalir en esta
obra de caridad” (2 Corintios 8:7).
Columnista y reportera independiente.
Autora del libro
¡Mujer, levántate!
Noris@brisauniversal.com
http://www.brisauniversal.com/
|