Héroes de la Fe:
Beato José Calasanz Marqués, S.D.B.

 Rogelio Zelada

Una fea llovizna de enero tiñe de gris el cielo de Valencia, helando todavía más el silencio de sus calles, donde pequeños grupos susurran las últimas noticias y rumores de la guerra. A esta ciudad, ahora feudo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y anarquistas, se ha trasladado la capital y la sede del gobierno que preside Francisco Largo Caballero.

En la sesión parlamentaria del día presenta su informe Manuel de Irujo Ollo, ministro sin cartera del gobierno republicano y delegado a las Cortes por Guipúzcoa, quien tiene a su cargo los asuntos de justicia en la zona republicana. Sin que aflore ni una gota de pena o compasión, su reporte recoge la pavorosa situación que están viviendo los católicos en España desde julio de1936:

 Padre José Calasanz Marqués.
Foto: Cortesía de Rogelio Zelada

Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos. Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios (...) destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde.

El 19 de julio de 1936, las turbas del Frente Popular asaltan las armerías de Valencia y toman el control de la ciudad. Como muestra de su poder prenden fuego a la hermosísima iglesia de los Santos Juanes y saquean el convento de los Dominicos y el Colegio de Santo Tomás de Villanueva.

En ese mismo momento, el P. José Calasanz Marqués dirige los ejercicios espirituales de la comunidad salesiana. Hasta allí llegaron los milicianos que, al encuentrar todas las puertas cerradas, intentan entrar por la fuerza. Inútil fue llamar a la policía, o al gobierno civil: al amanecer caían las verjas del internado, mientras los sacerdotes consumían las hostias que habían quedado en el sagrario.

Todos los religiosos fueron detenidos y llevados a la Cárcel Modelo. Durante los siete días de angustia e incertidumbre que duró el encierro, el P. Calasanz animó y alentó constantemente a sus hermanos de congregación.

El entonces provincial salesiano de Barcelona era un enérgico religioso, ejemplar, laborioso, sereno; una persona de exquisito trato y grandes cualidades humanas y espirituales; de gran corazón, preocupado por los jóvenes y por los pobres, y había estado en Cuba desde 1917 hasta 1922.

 

Su presencia en Cuba

Llegó a la isla en la primavera de 1917 para fundar, en Camagüey, el Colegio de Artes y Oficios, y la Institución Inclán en la ciudad de La Habana. Allí fue capellán del Colegio Cristo Rey, de las religiosas de Jesús María, y vicario en la parroquia de Jesús del Monte, donde Mons. Evelio Díaz Cía, Arzobispo de La Habana –que en sus tiempos de seminarista le había servido de monaguillo–, lo recordaba como “un sacerdote de fe profunda; de carácter bondadoso y afable, que celebraba la Misa con gran devoción y recogimiento”.

La edificación del colegio de Artes y Oficios de Camagüey fue una prueba de fuego para el P. Calasanz. La buena voluntad del donante quedaba expresada claramente en el contrato firmado por la Srta. Dolores Betancourt y Agramonte, una acaudalada benefactora camagüeyana, que había conocido en Nueva York la obra de los hijos de Don Bosco; pero sus familiares, que veían esfumarse la cuantiosa fortuna que esperaban heredar, ponían dilaciones, trabas y dificultades inimaginables, que ponían en serio peligro el destino de la fundación en Cuba. La lucha se prolongó por doce largos años, hasta que en 1934 se pudo empezar la construcción del colegio, que fue inaugurado en 1939.

Hombre de gran sentido común, el P. José Calasaz sabía bien lo que significa comenzar como es debido; por eso escribía al P. Binelli, superior mayor de la congregación, para solicitar educadores de excelencia que atendieran bien las fundaciones salesianas en Cuba: “Y en cuanto al personal, permítame que le hable muy claro. Aun a costa de cualquier sacrificio, envíen gente que valga. Es mucha la expectación de algunos respecto a lo que son los salesianos, y Dios nos libre que la primera impresión fuera desfavorable”.

 

Camino al martirio

A la media noche del 28 de julio de 1936, el oficial de guardia informó a los salesianos que podían abandonar la prisión. El P. Calasanz fue el último en salir. Pero, a medio camino, fueron detenidos nuevamente, y llevados al Comité Local, donde la sotana que el Padre llevaba en su pequeña maleta encendió la ira de los milicianos. Finalmente los dejaron marchar, pero uno de ellos, junto con un grupo de sus compinches, y molesto por el salvoconducto que habían dado a los religiosos, los siguió hasta la estación de Mislata y los detuvo casi a punto de tomar el tren.

Les rompieron el salvoconducto y los obligaron a montar en una camioneta descubierta. Tomaron rumbo a Valencia y, mientras el vehículo daba tumbos y saltaba por el camino, el líder del grupo se divertía apuntando con su fusil al P. Calasanz, que iba de pie, aguantándose como podía, al fondo de la camioneta. Cuando la marcha aminoró al llegar al puente de San José, el miliciano disparó su arma y destrozó al instante la cabeza del P. Calasanz, que sólo atinó a gritar: “¡Dios mío!”

La sangre que manaba de su cara deshecha empapó a todos y corrió por las rendijas hasta el camino, mientras los milicianos reían y hacían chistes.

Desde 1936 hasta 1939, más de diez mil católicos fueron martirizados en toda España, en la más grande persecución que la Iglesia haya sufrido desde los tiempos del Imperio Romano; superior en saña e intensidad, incluso, a la de la revolución francesa. Fue precisamente la arquidiócesis valenciana la que llevó una de las más altas cuotas de sangre: 361 sacerdotes, 466 laicos (mujeres, hombres y jóvenes de Acción Católica) y varios centenares de religiosos y religiosas de diversos institutos y congregaciones.

El P. José Calasanz Marqués, junto con otros 31 compañeros suyos de la familia salesiana, fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el domingo 11 de marzo de 2001, y la celebración de su fiesta litúrgica fue establecida el 22 de septiembre de cada año.

Aquel hombre, todo corazón, que siempre recordó y amó muy especialmente a Cuba, escribió el 26 de abril de 1936, sólo cuatro meses antes de su martirio: “Por mi cariño a Cuba y hasta por las actuales circunstancias de España, habría de ser para mí de gran satisfacción que de nuevo me destinaran a esa tierra. Pero dado que mis años me han hecho ya muy viejo, ¿qué podría hacer yo por ahí? ¡Tan sólo sería un estorbo! Yo me he de morir sin ver de nuevo esa tierra. La veré desde el cielo”.

Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
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