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Aprender a “soltar”
Cierta vez, Mafalda se encontró a Guille llorando
desconsoladamente:
–¿Qué te pasa, Guille?
–Me duelen los pies, responde él entre pucheros.
Mafalda se fija en los pies del crío y le explica:
–Claro, Guille, te has puesto los zapatos cambiados de pie, al
revés.
Guille, tras un instante para comprobar el hecho indiscutible,
comienza a berrear más fuerte. Mafalda le interrumpe:
–¿Y ahora?
–¡Ahora me duele mi orgullo!
El orgullo se resiente en los fracasos, pero éstos son algo
connatural al hombre. Todos nos equivocamos, y normalmente más
de lo que creemos. Pero equivocarse no es una tragedia. Debemos
aprender de los errores, porque errores los cometemos todos. La
diferencia es que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y
humildad, mientras que otros sólo obtienen amargura y pesimismo.
El mayor de los fracasos suele ser dejar de hacer las cosas por
miedo a fracasar.
El orgullo se cura con una receta de humildad. La humildad es
andar en verdad, decía Santa Teresa. La humildad nada tiene que
ver con una absurda simulación de falta de cualidades. La
humildad no está en exaltarse ni en infravalorarse, sino que va
unida a la verdad y a la naturalidad. Sabemos que no se logra la
humildad en la familia humillando a los demás, ni regateando los
legítimos y prudentes elogios a las buenas acciones de los
otros, ni consiste tampoco en echarse encima toneladas de
desprecios… “Son muchas las personas”, explicaba con gracia C.
S. Lewis, “que piensan que humildad equivale a mujeres bonitas
tratando de creer que son feas, o a personas inteligentes
tratando de creer que son tontas”.
En la vida hay que luchar.
Aquella noche Jacob se quedó solo, sin familia, sin nada. “Sus
pertenencias pasaron al otro lado y él se quedó solo aquella
noche en el campamento” (Gn. 32:22). Y habiéndose quedado solo,
estuvo luchando alguien con él hasta despuntar el alba. Pero,
viendo el otro que no podía con Jacob, le tocó en la
articulación femoral, y se dislocó el fémur de Jacob mientras
luchaban.
Su contrincante le dijo: “Suéltame, que ha rayado el alba”.
Jacob respondió: “No te suelto si no me bendices” (Gn. 32:27).
La vida nos enseña a luchar, a levantarnos, a soltar amarras. La
vida es una lucha continua. En ella perdemos todo y nos quedamos
solos en la otra orilla del río. La vida nos obliga
constantemente a soltar, a encajar las pérdidas para librarnos
de una tristeza profunda que acabe en depresión.
Elías había luchado por el celo de Dios y había acabado con los
cuatrocientos profetas de Baal. No tenía miedo a nada ni a
nadie; sin embargo, llegó un momento en que sintió miedo ante
las amenazas de Jezabel, se levantó y huyó para salvar su vida y
llegó a Berseba de Judá. Y dejando allí a su siervo, siguió
caminando por el desierto durante un día entero, hasta que,
cansado, se sentó a la sombra de un arbusto y sintió ganas de
morir. Y dijo a Yahvé: “¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis
padres!”
Se recostó y quedó dormido bajo una retama, pero un ángel le
tocó y le dijo: “Levántate y come, pues todavía te queda un
camino muy largo”. Se levantó y comió, y con la fuerza de
aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches (1 R.
19:1-9).
En los momentos de decaimiento es bueno abandonarse en Dios, en
la vida, y hacerlo como el nadador que permanece flotando en el
agua, sin hacer nada, a merced de la corriente. La corriente lo
mece, lo lleva; él sólo disfruta el momento presente. La vida
nos obliga a soltar amarras para poder navegar. No nos podemos
aferrar a lo seguro, al puerto.
Abraham soñaba, como agricultor, tener grandes posesiones de
tierra y, sin embargo, tuvo que dejar tierra y posesiones, y
disponerse a sacrificar lo más querido: a su hijo. Y por fiarse
de Dios, por empezar a caminar rumbo a lo desconocido, fue
bendecido con tierra y familia innumerable.
El Evangelio nos habla de estar dispuesto a perder; a vender y a
dar; a dejar; a no almacenar ni atesorar. Pero esto sólo es
posible cuando se arriesga el perder la vida. Para soltar, para
dejar, es necesario encontrar el tesoro. Si no, se sigue
almacenando, como esos que recogen todo lo que encuentran, y
todo se les acaba. El Evangelio emplea estas imágenes: ladrones,
polillas, orín, herrumbre… ¿No será el momento de decidirnos a
“soltar”, y de emprender la aventura de ser conducidos?
Sacerdote carmelita descalzo.
eugona46@hotmail.com
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