Cincuenta años con la misma compañera (I)

 Mons. Agustín A. Román

Este año celebraré cincuenta años de haber vivido con la misma compañera. Ella ha sido la primera que me habla en la mañana. Ella es la última en hablarme antes de dormirme. Sus palabras penetran en mí de tal manera que no pocas veces entran en mis sueños. Sus palabras me animan durante el día, pues me dice frases que son como los rayos de una lámpara en la que nunca se agota el aceite, y que me despierta de mis múltiples y frecuentes distracciones.

Es una compañera que a pesar de los años se mantiene joven, más bien se ha rejuvenecido en el tiempo. Si era hermosa cuando la recibí en 1958, aún más lo fue en 1961 y puedo decir que después de 1970 es muchísimo más hermosa.

Mi compañera tiene un nombre y tiene un apellido. Su nombre es “La Liturgia” y su apellido es “de las Horas”. El 29 de junio de este 2008 se cumplirán 50 años de que la Iglesia puso en mis manos el tesoro de la Liturgia de las Horas, que entonces llamaban Oficio Divino o Breviario.

Hace cinco décadas el entonces cardenal de Montreal, Canadá, Paul Emil Legé, entonces arzobispo de aquella arquidiócesis, me ordenaba de subdiácono en la capilla del Seminario de Misiones Extranjeras, en una pintoresca ciudad llamada Pont Viau. Al recibir la Liturgia de las Horas la Iglesia me pedía que orara con ella cada día de mi vida. Nos pedía que no olvidáramos levantar nuestro corazón, intercediendo por la gran familia de la Iglesia para que se mantuviera servidora con el Señor de todos los hombres y mujeres creyentes y no creyentes. Nos pedía recordar a los niños que nacían, y a aquellos hermanos que partían al morir hacia la patria celestial. Con el libro en mis manos siempre he tratado de recordar a los que conocen al Señor y, sobre todo, a los que no lo conocen para que lleguen a conocerlo, y aún más a los que equivocadamente lo rechazan.

La Liturgia de las Horas me ha hecho sentir la comunión de los Santos. Pudiera bien decir que al comenzar a rezarla cada día me distraigo pensando en tantos que sufren la pobreza, la opresión de sistemas totalitarios, enfermedades, sufrimientos físicos y morales. También me alegro con aquellos que sonríen y saben disfrutar de su vida de fe.

Con ella recorro el mundo, pero no solo: el Señor me acompaña con su Divina Palabra, tanto al oír las lecturas bíblicas, tan bien distribuidas durante el año en sus distintos tiempos litúrgicos, como al ofrecerme los Salmos para que yo le hable a Él con sus propias palabras.

Comencé aquel 29 de junio en latín, en una edición del Santo Padre Pío XII. En el año 1961, cuando me expulsaron al exilio tuve el consuelo, al pasar por Roma, de adquirir la nueva edición que había publicado Su Santidad Juan XXIII, y que reunía los cuatro volúmenes en uno solo bajo el nombre de Totum. Con esta edición pasé mis años en Chile, y recuerdo que viví las misiones entre los indios mapuches; por eso guardo este gastado libro como una joya, por los buenos recuerdos que siempre me trae de aquellos tiempos de evangelización.

En 1970 me llegó la tercera edición, del Santo Padre Pablo VI, precioso fruto del trabajo del Concilio Vaticano II. Con los años yo me he envejecido, pero mi compañera, como les decía, se ha rejuvenecido, no en contenido, pues es el mismo de siempre, pero sí en la presentación, tan apropiada para orar en cada tiempo.

Yo invito a todos los que no conocen la Liturgia de las Horas a que la conozcan y descubran el tesoro que ella esconde, y que tanto ayuda a experimentar la catolicidad de la Iglesia de Cristo, donde Cristo es para todos los hombres y todos los hombres somos para Cristo.

Gracias, Señor, por este medio siglo de grata compañía con la Liturgia de las Horas.

Obispo Auxiliar Emérito de Miami.