La comunidad del Señor Resucitado

 Rogelio Zelada

Numerosos contemporáneos de Jesús, seguros de la inmediatez de la llegada de un tiempo final, formaron una comunidad que debía eliminar el mal de Israel. Una comunidad integrada solamente por aquellos que fueran considerados legalmente “puros” y, por tanto, capaces de ser supremamente fieles a la Torah. Pertenecer a esta comunidad era algo que no estaba determinado por la conciencia, sino por el cumplimiento estricto de un infinito número de reglas de pureza legales.

De esta comunidad escatológica quedaban fuera las mujeres (sujetas, por su condición femenina, a una constante situación de “impureza”); los niños, porque eran solamente “futuros” israelitas; los analfabetos, por su incapacidad de leer y estudiar la Ley; los enfermos de cualquier dolencia, ya que esto era considerado entonces como posesión diabólica; los profesionales cuyo desempeño acarreara situaciones de “impureza” (todos los empleados del Estado que tenían trato con los romanos eran “impuros”); los curtidores de pieles, carniceros y zapateros, por su contacto con animales muertos; los borriqueros y los arrieros; los médicos y los curanderos; los pastores, los enterradores, etc.

Una “comunidad de salvación” que se estrecha cada vez más y lanza fuera a todo aquel cuya forma de vida contradiga sus normas, preceptos y obligaciones.

El grupo que por entonces comienza Jesús a organizar, aparece como una comunidad-contraste: Jesús convoca a su grupo para que, al igual que Él, salga a buscar y recoger todo lo que la comunidad judía había excluído.

Un proceder que aparece descrito en la magistral parábola de Lucas, donde un señor, sumamente molesto por las excusas de sus primeros invitados, ordena salir a las plazas y calles para invitar a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos, al gran banquete de sus bodas.

La comunidad que Jesús va formando es, ante todo, una familia que debe tener sólo a Dios por Padre, para ser siempre signo de su amor y de su ser en medio del pueblo; una familia que trabaja día a día para integrar en ella a los rotos, los abandonados; a los que están solos y enfermos; a los pecadores; a los desgraciados, desventurados y confundidos; a los perdidos, los desintegrados, marginados y pecadores.

Una comunidad que tiene como fin servir y recuperar al que está herido o dañado, y, por expreso deseo de su maestro, dispuesta en todo momento a salvar, perdonar y acoger; capaz de dejarlo todo para salir al camino, por si el hijo perdido al fin regresa, y que se alegra de corazón y hace fiesta grande cuando desde lejos lo ve venir, testigo de un Dios tan bueno que todos los días hace asomar su sol sobre justos y pecadores.

Para Jesús, su comunidad es un espacio de constante conversión, donde la escala de valores sólo funciona cuando se evalúa con las Bienaventuranzas. Una familia sumamente original, donde la autoridad no existe para oprimir, ni subyugar, sino para servir como sagrada mediación de salvación; en la que toda responsabilidad o poder se ejerza a la manera de Jesús, agachándose, inclinándose, como el que lava los pies: por debajo.

Una comunidad cuyo fin no es excluir, sino acoger; convivir, comprender y arrimar el hombro a toda desventura humana; donde unos ayudan a otros para, entre todos, enderezar lo que está torcido.

Jesús no reúne a un selecto grupo de “perfectos” y “puros”; llama a los que quieren salir del pecado y auxiliar a otros que quieran salir de él. Allí metió a Mateo y, de tramposo que era, lo convirtió en apóstol; a Zaqueo, en honrado y dadivoso; a Pablo, en valiente misionero; a la Magdalena, en tenaz anunciadora de la Resurrección. Una comunidad en la que suceden los verdaderos milagros; auténticos prodigios ante los que parecen más bien opacos todos los otros signos del Nuevo Testamento, porque la mayor y más extraordinaria intervención de Dios sucede cuando se cambia el corazón y la vida de las personas.

El reino que Jesús anuncia, se realiza en todos los que se dejan invadir de la vida y la soberanía de un Dios que, con certera intención, lanza su semilla sobre las piedras, los caminos, las espinas, y no exclusivamente en la tierra noble y generosa. Un desconcertante Señor que, siempre a la espera de que alguien se convierta, prefiere que el trigo y la cizaña convivan dentro de su comunidad hasta el fin de los tiempos, en la firme confianza y esperanza de que la mala hierba pueda, finalmente, transformarse en espiga de buen trigo.

Una comunidad de hombres y mujeres cuyo compromiso principal es ser la transparencia de Dios en medio de la sociedad, los amigos, la familia o el trabajo; donde todos están contagiados de la divina tendencia de salir en busca del otro; porque toda salida hacia el otro, si es con desinterés, es un signo inequívoco de un actuar típicamente divino.

Vivir dentro de la comunidad del Resucitado es acometer la permanente propuesta pascual de dejar que Dios sea Dios en nosotros. No es tarea fácil, pero bien vale la pena intentarlo cada día.

Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
rzelada@theadom.org