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La comunidad del Señor Resucitado

Numerosos contemporáneos de Jesús, seguros de la inmediatez de
la llegada de un tiempo final, formaron una comunidad que debía
eliminar el mal de Israel. Una comunidad integrada solamente por
aquellos que fueran considerados legalmente “puros” y, por
tanto, capaces de ser supremamente fieles a la Torah. Pertenecer
a esta comunidad era algo que no estaba determinado por la
conciencia, sino por el cumplimiento estricto de un infinito
número de reglas de pureza legales.
De esta comunidad escatológica quedaban fuera las mujeres
(sujetas, por su condición femenina, a una constante situación
de “impureza”); los niños, porque eran solamente “futuros”
israelitas; los analfabetos, por su incapacidad de leer y
estudiar la Ley; los enfermos de cualquier dolencia, ya que esto
era considerado entonces como posesión diabólica; los
profesionales cuyo desempeño acarreara situaciones de “impureza”
(todos los empleados del Estado que tenían trato con los romanos
eran “impuros”); los curtidores de pieles, carniceros y
zapateros, por su contacto con animales muertos; los borriqueros
y los arrieros; los médicos y los curanderos; los pastores, los
enterradores, etc.
Una “comunidad de salvación” que se estrecha cada vez más y
lanza fuera a todo aquel cuya forma de vida contradiga sus
normas, preceptos y obligaciones.
El grupo que por entonces comienza Jesús a organizar, aparece
como una comunidad-contraste: Jesús convoca a su grupo para que,
al igual que Él, salga a buscar y recoger todo lo que la
comunidad judía había excluído.
Un proceder que aparece descrito en la magistral parábola de
Lucas, donde un señor, sumamente molesto por las excusas de sus
primeros invitados, ordena salir a las plazas y calles para
invitar a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos, al
gran banquete de sus bodas.
La comunidad que Jesús va formando es, ante todo, una familia
que debe tener sólo a Dios por Padre, para ser siempre signo de
su amor y de su ser en medio del pueblo; una familia que trabaja
día a día para integrar en ella a los rotos, los abandonados; a
los que están solos y enfermos; a los pecadores; a los
desgraciados, desventurados y confundidos; a los perdidos, los
desintegrados, marginados y pecadores.
Una comunidad que tiene como fin servir y recuperar al que está
herido o dañado, y, por expreso deseo de su maestro, dispuesta
en todo momento a salvar, perdonar y acoger; capaz de dejarlo
todo para salir al camino, por si el hijo perdido al fin
regresa, y que se alegra de corazón y hace fiesta grande cuando
desde lejos lo ve venir, testigo de un Dios tan bueno que todos
los días hace asomar su sol sobre justos y pecadores.
Para Jesús, su comunidad es un espacio de constante conversión,
donde la escala de valores sólo funciona cuando se evalúa con
las Bienaventuranzas. Una familia sumamente original, donde la
autoridad no existe para oprimir, ni subyugar, sino para servir
como sagrada mediación de salvación; en la que toda
responsabilidad o poder se ejerza a la manera de Jesús,
agachándose, inclinándose, como el que lava los pies: por
debajo.
Una comunidad cuyo fin no es excluir, sino acoger; convivir,
comprender y arrimar el hombro a toda desventura humana; donde
unos ayudan a otros para, entre todos, enderezar lo que está
torcido.
Jesús no reúne a un selecto grupo de “perfectos” y “puros”;
llama a los que quieren salir del pecado y auxiliar a otros que
quieran salir de él. Allí metió a Mateo y, de tramposo que era,
lo convirtió en apóstol; a Zaqueo, en honrado y dadivoso; a
Pablo, en valiente misionero; a la Magdalena, en tenaz
anunciadora de la Resurrección. Una comunidad en la que suceden
los verdaderos milagros; auténticos prodigios ante los que
parecen más bien opacos todos los otros signos del Nuevo
Testamento, porque la mayor y más extraordinaria intervención de
Dios sucede cuando se cambia el corazón y la vida de las
personas.
El reino que Jesús anuncia, se realiza en todos los que se dejan
invadir de la vida y la soberanía de un Dios que, con certera
intención, lanza su semilla sobre las piedras, los caminos, las
espinas, y no exclusivamente en la tierra noble y generosa. Un
desconcertante Señor que, siempre a la espera de que alguien se
convierta, prefiere que el trigo y la cizaña convivan dentro de
su comunidad hasta el fin de los tiempos, en la firme confianza
y esperanza de que la mala hierba pueda, finalmente,
transformarse en espiga de buen trigo.
Una comunidad de hombres y mujeres cuyo compromiso principal es
ser la transparencia de Dios en medio de la sociedad, los
amigos, la familia o el trabajo; donde todos están contagiados
de la divina tendencia de salir en busca del otro; porque toda
salida hacia el otro, si es con desinterés, es un signo
inequívoco de un actuar típicamente divino.
Vivir dentro de la comunidad del Resucitado es acometer la
permanente propuesta pascual de dejar que Dios sea Dios en
nosotros. No es tarea fácil, pero bien vale la pena intentarlo
cada día.
Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
rzelada@theadom.org
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