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Doctores de la Iglesia (II)

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P.
Eduardo M. Barrios, SJ |
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El mes pasado comenzamos a presentar resúmenes biográficos de
aquellos santos o santas que, por la solidez y profundidad de
sus escritos, sirven de guía a los fieles de todos los tiempos.
La Iglesia los honra con el título de doctor o doctora de la
Iglesia.
Vamos a ceñirnos a los del siglo IV, que bien puede considerarse
siglo de oro de los tiempos patrísticos.
1) San Atanasio (296-373). Nació en Alejandría de Egipto, ciudad
de la que llegaría a ser obispo en el 328. Siendo aún diácono
acompañó a su prelado al primer gran Concilio Ecuménico, el de
Nicea (325). Sufrió mucho, incluso cinco exilios, por defender
la fe. Se opuso a la herejía de Arrio, que negaba la divinidad
del Hijo en la Santísima Trinidad, y, por ende, la divinidad de
Jesucristo. Además de escritos doctrinales, escribió la primera
hagiografía de que se tenga noticia, la de un santo conocido
como San Antonio Abad, San Antonio Ermitaño, San Antonio el
Grande o San Antonio el Copto. Ese santo fue pionero de la vida
consagrada, tanto de la eremítica (en soledad) como de la
cenobítica (en comunidad). Con ese libro, San Atanasio influyó
mucho en las vocaciones religiosas. El Papa San Pío V lo
proclamó doctor en 1568.
2) San Basilio Magno (329-379), y 3) San Gregorio Nacianceno
(330-390). Los presentamos juntos, porque fueron muy amigos en
vida, incluso compañeros de estudios en Atenas. Ambos fueron
declarados doctores también por San Pío V en 1568.
a) San Basilio se ganó el título de “Magno” por su riqueza de
talentos. Lo mismo valía para enseñar sublimes doctrinas como
para organizar y administrar en la Iglesia. Llegó a ser obispo
de su ciudad natal, Cesarea de Capadocia (hoy Turquía). En su
magisterio sobresalen sus escritos sobre el Espíritu Santo.
Escribió una regla para religiosos que le ganó el nombre de
“Padre del monacato en el Oriente”.
b) San Gregorio tendía a la soledad y a la contemplación, pero
su preparación teológica y su elocuencia hicieron que lo
nombraran obispo de Nacianzo. Más tarde ocupó la importantísima
sede de Constantinopla, donde presidió el Concilio Ecuménico del
381. Algunos lo llamaban “el Demóstenes cristiano”; otros,
simplemente, “el Teólogo”.
4) San Jerónimo (343-420). Nació en Dalmacia, hoy Croacia. De
joven se dio a los viajes y estudios, llegando a dominar cinco
idiomas. Se convirtió en fervoroso cristiano, recibiendo el
bautismo a los 25 años de edad y el sacerdocio a los 38. Optó
por vivir en el recogimiento, dándose mucho a las penitencias,
pero el Papa San Dámaso no podía privarse de hombre tan erudito,
y le encomendó la hercúlea tarea de traducir la Biblia al latín,
obra que se conoce como la Vulgata. Con el tiempo pudo
liberarse de sus compromisos en Roma, y se mudó a Belén de
Judea, donde continuó su producción literaria en materia de
Sagrada Escritura y pastoreó grupos de vida religiosa. Tenía
carácter irascible, y con frecuencia se le iban palabras
cáusticas contra sus detractores, señal de que los santos no son
del todo perfectos. Es el patrono de los estudiosos de la
Biblia. Se cita mucho esta frase suya: “La ignorancia de la
Escritura es ignorancia de Cristo”. El Papa Bonifacio VIII lo
declaró doctor en 1295.
5) San Efrén el Sirio (306-373). Sólo llegó a ordenarse de
diácono. No pasó de ahí, pero fue un gran catequista. No sólo
educaba al pueblo llano, sino también a los monjes y clérigos
con sus exégesis bíblicas y tratados teológicos. Combatió con
sus escritos las herejías que pululaban en su tiempo. Además de
profundidad doctrinal, sus obras tienen gran valor literario por
su lirismo. Escribió himnos litúrgicos que todavía hoy la
Iglesia emplea en su culto público. También fue uno de los
primeros mariólogos, pues le dedicó atención a la Virgen María
en sus libros. Por la belleza de su prosa y poesía lo llamaban
“Arpa del Espíritu Santo”. Fue nombrado doctor tardíamente; lo
hizo el Papa Benedicto XV en 1920.
6) San Juan Crisóstomo (347-407). Bautizado a los 20 años, luego
formó parte del clero en su ciudad, Antioquía, y fue ordenado
sacerdote a los 32 años. Llegó a ser nada menos que obispo de
Constantinopla, pero fue desterrado dos veces por criticar el
estilo de vida en la corte imperial. La emperatriz Eudoxia no
aceptaba críticas de nadie.
Nuestro Juan se ganó el sobrenombre de “Crisóstomo” (boca de
oro) por la elocuencia en sus sermones. Todavía se leen como si
estuviesen escritos para hoy, pues trata temas de justicia
social y solidaridad con los pobres. Es doctor de la Iglesia
desde 1568 por iniciativa de San Pío V.
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