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Descubrir la felicidad infinita que sólo da Dios
El Papa Benedicto XVI medita
sobre el sentido de la Cuaresma.
ACI / Redacción de LVC
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El
Cardenal Jozef Tomko (der.) traza la Señal de la Cruz sobre la
cabeza del Papa Benedicto XVI en la Basílica Santa Sabina, de
Roma, donde se celebró la Misa por el Miércoles de Ceniza, el 6
de febrero de 2008. EFE/Osservatore
Romano |
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El Papa Benedicto XVI, al meditar en la Audiencia General sobre
el significado del tiempo de la Cuaresma que se inició el 6 de
febrero con el Miércoles de Ceniza, destacó que el llamado a la
conversión pide a los cristianos acoger a Dios como Padre y como
el único ser que puede colmar de alegría infinita el corazón
humano.
Miles de fieles y peregrinos de todas partes del mundo se dieron
cita en el Aula Pablo VI, en la Ciudad del Vaticano, para
participar en la Audiencia General. Ante ellos, el Santo Padre
se refirió a la Cuaresma como “un tiempo litúrgico fuerte,
que mientras nos prepara para las celebraciones de la Pascua
–corazón y centro del año litúrgico y de toda nuestra
existencia– nos invita a imprimir un decidido impulso a nuestra
existencia cristiana”.
El Pontífice hizo notar que “los compromisos, los afanes y las
preocupaciones nos hacen caer en la rutina, nos exponen al
riesgo de olvidar cuán extraordinaria es la aventura en la que
Jesús nos ha comprometido” y que por esto “necesitamos, cada
día, iniciar nuevamente nuestro exigente itinerario de vida
evangélica, entrando en nosotros mismos mediante pausas que
restauren el espíritu”.
“Con el antiguo rito de la imposición de las cenizas, la Iglesia
nos introduce en la Cuaresma como en un gran retiro espiritual
que dura cuarenta días”, dijo Benedicto XVI.
“Entramos en el clima cuaresmal, que nos ayuda a redescubrir el
don de la fe recibida con el Bautismo y nos impulsa a dirigirnos
al Sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestros esfuerzos
de conversión bajo el signo de la misericordia divina”.
El Santo Padre citó también las palabras que el celebrante dice
al imponer las cenizas: “Recordad que sois de polvo y al polvo
regresaréis”, y “Convertíos y creed en el Evangelio”.
“Ambas fórmulas”, prosiguió el Pontífice, “constituyen un
llamado a la verdad de la existencia humana: somos criaturas
limitadas, pecadores necesitados siempre de penitencia y de
conversión”. Asimismo, afirmó que “cuando el hombre proclama su
total autonomía de Dios, se convierte en esclavo de sí mismo y
con frecuencia se encuentra en una soledad sin consuelo alguno”.
“La invitación a la conversión es un impulso a regresar a los
brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso; a confiar de Él,
a confiarse en Él como hijos adoptivos regenerados por su amor”,
agregó.
Más adelante, el Papa formuló una pregunta a los presentes: “La
conquista del éxito, la avaricia por el prestigio y la búsqueda
de las comodidades, cuando absorben totalmente la vida hasta
excluir a Dios del propio horizonte, ¿conducen verdaderamente a
la felicidad?” A tal pregunta, respondió diciendo: “La
experiencia demuestra que uno no es feliz porque satisfaga las
expectativas y exigencias materiales. En realidad, el único gozo
que colma el corazón humano es aquel que viene de Dios: tenemos
en efecto necesidad de un gozo infinito”.
“El testimonio de los santos”, señaló, “demuestra que en la Cruz
de Cristo, en el amor que nos dona, se encuentra aquella
profunda serenidad que es fuente de generosa dedicación a los
hermanos, especialmente a los pobres y a los necesitados”.
El Papa recordó algunos medios que la Iglesia propone para el
“itinerario de renovación interior” durante la cuaresma: “La
oración, el ayuno y la limosna”, aprendiendo “así a hacer de
nuestra vida un don total”.
Sin la
oración, el ser humano se encierra en sí mismo
El Papa Benedicto XVI destacó que “sin la dimensión de la
oración, el yo humano termina por encerrarse en sí mismo, y la
conciencia, que tendría que ser eco de la voz de Dios, corre el
riesgo de reducirse al espejo del yo”, en su homilía de la Misa
por el Miércoles de Ceniza, celebrada el 6 de febrero en la
Basílica de Santa Sabina, en Roma.
Tras precisar que este encerrarse en sí mismo, lleva a un “
coloquio interior (que) se convierte en un monólogo, dando lugar
a miles de autojustificaciones”, el Papa destacó que
“precisamente porque invita a la oración, a la penitencia y al
ayuno, la Cuaresma constituye una ocasión providencial para
hacer más viva y sólida nuestra esperanza”.
Luego de explicar que la oración “es la primera y principal
arma para afrontar victoriosamente la lucha contra el
espíritu del mal”, el Santo Padre subrayó que “la oración, por
tanto, es garantía de apertura a los demás: quien se hace libre
para Dios y sus exigencias, se abre al otro, al hermano que
llama a la puerta de su corazón, y pide ser escuchado, atención,
perdón, a veces corrección, pero siempre en la caridad
fraterna”.
“La verdadera oración nunca es egocéntrica, sino que siempre
está centrada en el otro. Es el motor del mundo, porque lo
mantiene abierto a Dios, y, por ello, sin oración no hay
esperanza, sólo existe ilusión”.
“No es la presencia de Dios lo que aliena al hombre, sino su
ausencia. Sin el verdadero Dios, Padre del Señor Jesucristo, las
esperanzas se convierten en ilusiones”, precisó el pontífice.
Benedicto XVI indicó que “el ayuno y la limosna, unidos
armónicamente con la oración, también pueden ser considerados
lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza cristiana”.
“Gracias a la acción conjunta de la oración, el ayuno y la
limosna, la Cuaresma forma a los cristianos para que sean
hombres y mujeres de esperanza, siguiendo el ejemplo de los
santos”, afirmó.
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